Mi amiga Mariela caminó hasta la puerta entreabierta de su casa, atraída quizás por el vuelo de una paloma o por la luz del sol que penetraba hasta la sala. Miraba hacia el cielo cuando un hombre que pasaba por la calzada se le acercó. Se detuvo delante de ella, se bajó el zíper, y se restregó su miembro ante la mirada de espanto de la niña, que corrió detrás de la falda de su madre sin poder articular palabras. Durante muchos años, Mariela se mantuvo espantada ante la presencia amenazadora de una bragueta masculina.

Mi amiga Jimena era una adolescente cuando caminaba feliz hacia el Malecón al lado de una de sus amigas de la escuela. Estaban ilusionadas porque se dirigían a disfrutar un concierto de Fernando Villalona. Era una época en la cual la multitud enardecía detrás del Mayimbe. Cuando llegaron al lugar, todos alborotados por la excitación, esperaban que anunciaran la entrada del artista. Cuando Villalona subió al escenario, se alzó la algarabía del público y todos se confundieron en un solo aplauso. En ese momento, Jimena sintió una mano burda que penetró debajo de su falda con una violencia que la dejó paralizada. Tal bestialidad le provocó un fuerte dolor en su entrepierna y un pánico que le impidió disfrutar del concierto. Siendo ya una mujer madura, Jimena tiene aún fobia a las multitudes y no ha podido disfrutar jamás de un concierto popular.

Toda mujer ha sido acosada, ya sea en la niñez, en la adolescencia o en su vida adulta. El acoso no se queda solo en palabras; te pueden tocar las nalgas en la calle y hasta pellizcarte con una lascivia ofensiva. Si fuéramos a contar los casos de acoso a los que nos enfrentamos las mujeres a diario, en las calles, en los trabajos y en espacios familiares, escolares y religiosos, serían innumerables las páginas que habría que llenar.

Todo esto, claro está, ha sido respaldado por siglos de atraso, donde se sigue viendo al sexo femenino como una vilipendiada muñeca de trapo. Porque el acoso no se trata de un problema entre dos personas; se trata más bien de una cultura organizada de forma tal que tolera el hostigamiento y el abuso. Por eso, cuando una mujer joven, que conoce sus derechos, hace un llamado de atención para que le permitan transitar en paz, consigue ser atacada. Lo que demuestra que estamos ante una sociedad con un desconocimiento alarmante de los derechos fundamentales del ser humano.

Todo acoso es ofensivo y no estamos obligadas a tolerarlo; por el contrario, debemos rechazarlo. Sin lugar a dudas, esta normalización de la aberrante ofensa femenina es lo que ha conducido y sigue conduciendo a los múltiples maltratos, violaciones y, posteriormente, a los feminicidios que desangran a diario a este pueblo infeliz.

Moraima Veras

Moraima Veras, nativa de Altamira, Puerto Plata, República Dominicana. Doctora en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Con especialidades en Derecho Público y en Gestión para el Desarrollo, a través de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Larga experiencia en el ejercicio del derecho. Con experiencia en reforma del Estado y en trabajos comunitarios con financiamiento internacional. Práctica de investigación comparando realidades político-locales nacionales e internacionales. Amante de la literatura con varios escritos inéditos. En el año 2022 publica Lía en Granada (novela corta). Instagram: @moraimaveras / @liaengranada Facebook: Isabel Veras

Ver más