Hace quince años nació Acento. Pero no fue solo el lanzamiento de un medio; fue la afirmación de una convicción: que la comunicación no es un accesorio de la vida democrática, sino su condición de posibilidad.
Aquella vez tuve el privilegio de conducir el acto inaugural. Hoy, como articulista de Acento, celebro no solo su permanencia, sino el sentido profundo de su apuesta editorial.
Recordemos que la comunicación está omnipresente en nuestras vidas.
Sin embargo, según el uso que le demos, puede contribuir a la construcción de ciudadanía o a la degradación del debate público. Todos creemos comunicar.
El oficio de “comunicador” se ha vuelto tendencia.
Pero la pregunta decisiva sigue siendo otra: ¿para qué comunicamos?
El filósofo y pedagogo estadounidense John Dewey sostuvo que la sociedad no solo existe por la comunicación, sino que existe en la comunicación.
Para él, comunicar no es transmitir datos de un emisor a un receptor; es crear experiencia compartida, es sostener la vida democrática.
Desde esa perspectiva, un periódico no es simplemente un canal informativo: es un espacio donde la sociedad conversa consigo misma. En contraste, las corrientes funcionalistas —como la teoría de la “Aguja Hipodérmica” o el modelo de Harold Lasswell— concibieron la comunicación como un mecanismo de impacto directo sobre audiencias pasivas.
¿Quién dice qué, en qué canal, a quién y con qué efecto? Esa lógica sigue operando hoy en la propaganda política, en campañas agresivas y en la proliferación de noticias falsas. La comunicación entendida como manipulación.
La Escuela de Frankfurt, con Theodor Adorno y Max Horkheimer, advirtió otro riesgo: la conversión de la cultura en “industria cultural”, capaz de estandarizar conciencias y pacificar la crítica.
Cuando la información se subordina al mercado o al poder, la deliberación pública se empobrece y la democracia se debilita. Entre esas tensiones se mueve el ejercicio periodístico contemporáneo.
Y ahí radica el mérito de Acento en estos quince años: haber optado por la comunicación como ejercicio crítico y responsable, no como instrumento de dominación. En un ecosistema mediático marcado por la inmediatez y la economía de la atención, sostener un espacio para el análisis, la pluralidad y la investigación es, en sí mismo, un acto de compromiso democrático.
Pero comunicar no es solo publicar titulares. También es tono, enfoque, selección de voces, jerarquización de temas. Es decidir qué merece ser debatido y cómo. Cada gesto editorial configura realidad. Cada silencio también.
En América Latina —y en República Dominicana en particular— la comunicación es campo de disputa. Disputa por la narrativa, por la legitimidad, por la memoria. En ese escenario, los medios que asumen su rol con ética contribuyen a reconstruir la experiencia colectiva. No son neutrales frente al deterioro institucional ni frente a la desigualdad; son responsables frente a la ciudadanía.
Quince años no son solo una cifra. Son prueba de resiliencia, de coherencia y de vocación pública. Son testimonio de que es posible comunicar sin “vender el alma al diablo”, sin renunciar a valores para ganar clics.
La pregunta final no es solo para los medios, sino para cada uno de nosotros: ¿entendemos la comunicación como herramienta de manipulación o como ejercicio colectivo para fortalecer la democracia y mejorar la convivencia?
Acento ha elegido, durante quince años, la segunda opción. Y mientras exista esa elección consciente, habrá esperanza de que la sociedad siga existiendo —y mejorándose— en la comunicación.
Enhorabuena, Acento.
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