A Pablo Mella, por tantas cosas hermosas.

¿Cuándo surgió "lo dominicano"? ¿Qué hacer con este muñeco cuasi divino, indomable, invencible, orgullo de serlo aunque no bien sepa cuáles serán sus límites, sus dimensiones?

Hace cien o trescientos o quinientos años llegaron los abuelos. Venían con una mano delante y otra detrás. Llegaban de las costas de Senegal, de Beirut, Damasco, algún campo de Galicia, de Santa Domenica Talao o un pueblucho de Baviera. Hicieron la travesía con ojos que se pusieron enormes cuando avistaron las costas de esta isla, la misma de la que no tuvieron grandes noticias, salvo que aquí bien podrían tener algo de sosiego, de hacer que el pan llegara a la mesa.

Núñez, Castillo, Abinader, Corripio, Vicini, González, Rainieri, todos llegaron con alguna maleta mínima, con el hambre pisándoles los talones, siendo lanzados a tierra próspera, gracias a su talento, su dedicación, su trabajo. Si bien accedían a una isla llena de colonos, imperios haciendo y deshaciendo, ellos supieron sembrar en lugar de lo que hacían los habituales dominicanos del momento, que solo sabían rastrillar un arma, afilar cuchillos.

Todos estos apellidos y miles más comenzaron a diluirse en un nuevo sentido de insularidad, uno donde ya no esperaban los barcos con ropa y comida desde La Habana o Veracruz. Todos estos campesinos árabes, italianos, españoles, corsos, hasta finlandeses, comenzaron a ser y no ser dominicanos. Gracias a sus empeños, a los valores que trajeron, vieron los frutos de sus trabajos y contribuyeron al país que hoy somos.

Pero junto a estos blancos visibles también llegaron muchos negros casi invisibles desde los primerísimos días de la Colonia. Y siguieron llegando desde las islas inglesas del Caribe, desde los mismísimos Estados Unidos. Gracias a todos estos negros el país pudo moverse. Comieron los colonos españoles, se pobló Samaná, se levantaron los campos azucareros del Este. Aun hoy, ellos siguen erigiendo las torres del Polígono Central y cosechando el café que te tomarás día a día.

Con el trujillato entramos a un nuevo concepto de dominicanidad, que ya no habría de ser lo amplio y solidario, martiano y hostosiano, aquello inserto en una visión amplia de nuestra región caribeña. Con Trujillo se instaló el dispositivo del miedo y del odio, conduciendo no solo a matanzas como las de 1937, sino a esa obligación de millones de dominicanos cada sábado de ser un chin blanco, de alisarse el pelo. El trujillato promovió la gran industria de los salones de belleza, aunque al final no fuésemos tan bellos como esperábamos.

Milton Ray será bisnieto de esclavos norteamericanos, bailadores de bambulá, pero también será uno de los grandes cerebros para despojar de sus papeles a cientos de miles de dominicanos de derecho.

De Manuel Núñez, mejor ni hablar, porque en el 87 por ciento de sus venas correrá toda la sangre, desde el Congo a Brazzaville, aunque tal vez se la mejoren si es que pasa por la Cruz Roja y algún Vicini le done algo de la suya.

Del resto tampoco ni hablar, ni de Angelo ni de Alofoque, que ya con esos nombres tendremos suficiente, porque ya todo será pan y circo y también muchísimo abuso.

Ahora a estos negros les quieren quitar sus congos. Pero recuerda a André Valé, que no le pidas valor, que no conoce apellido, que no ha podido coser su tambor, que tiene la piel ardiendo de tanto sol, oh Luis Días.

Cuando paso por las puertas de esas cientos de iglesias en la avenida 27 de Febrero me pregunto cómo podrán tantos cristianos a lo largo del país dominicano despreciar a sus semejantes.

Cuando caigo por el desfile del 27 de Febrero en el malecón me pregunto qué hacer con tanto armamento y soldados mientras a Juan Dolio solo puedes acceder por tres callejones de gente pobre y de las minas de Barrick mejor ni hablar.

Cuando veo al ministro de Cultura celebrando Jalouin con sus hijos o el Día de Gracias pero haciéndose el loco o el chivo con el gagá, estampándolo como no dominicano, al igual que a los guloyas, me digo que el Psiquiatra en su Hogar tendrá todo el trabajo del mundo.

¿Qué predica la Biblia? ¿No es el amor? ¿Dónde están los frutos del espíritu? ¿Gálatas 5:22 o el Apocalipsis 9? ¿Cómo teñirse tanto la boca con la palabra "bendiciones" cuando despreciamos por el color negro de la piel? ¿Somos mejores que los otros? ¿No tenemos una Biblia en el centro mismo de nuestro escudo nacional?

A veces los nietos hacen quedar mal.

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

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