El pasado 24 de junio, Venezuela fue sacudida por dos fuertes terremotos o sismos, de magnitudes 7.2 y 7.5 en la escala Ritcher. Los muertos, heridos, damnificados y daños materiales son incalculable. A la fecha pasan de mil las víctimas humanas y de millones de dólares los daños en la infraestructura. Estos sismos se sintieron en varios países vecinos. Yo los sentí en Santo Domingo, República Dominicana; y por su magnitud me recordaron el terremoto de Haití el 12 de enero de 2010, que alcanzó 7.1. Este lo percibí, cuando esa tarde oía la misa consagrada a mi compueblano Amaury German Aristy y sus compañeros Palmeros en la iglesia de Las Mercedes en la Ciudad Colonial. El movimiento de los bancos me produjo cierto mareo, y ante la creciente inquietud de los feligreses el cura clamó desde el pulpito: ¡Cálmense es un terremoto! Entonces, salimos horrorizados.
Mi abuelo Alejo Galván relataba que una tarde en su rancho en Las Garitas, poblado de Sánchez, escuchó un ruido como de un trueno, entonces comenzó a ver las gramas y las matas meneándose como un remolino y exclamó: “Esto no es cosa de Dios!” Era el terremoto de Matancita, en Nagua, ocurrido el 6 de agosto de 1946, con magnitud 8.1. Según el ingeniero Rafael Corominas Pepín, maestro de generaciones en su disciplina, fue el terremoto más importante del siglo XX ocurrido en la isla de Santo Domingo y en la región del caribe y de los más potentes del mundo.
Al inolvidable amigo, el Ing. Corominas, lo he citado en otras ocasiones, y también a su libro Lecturas para la gente de un país que espera su terremoto, en el cual explica que los movimientos telúricos ocurren por la liberación de enorme cantidad de energía acumulada en ciertas fallas tectónicas o en la corteza terrestre; y que la dimensión de los daños depende de dos factores: la preparación previa de la población y la calidad de las construcciones. En lo que respeta a calidad, hay dos elementos condicionantes: la naturaleza del terreno sobre el que se asientan los inmuebles y la carga total de sus estructuras. No es lo mismo construir sobre roca firme que sobre arena. Tampoco es igual levantar obras livianas que edificaciones pesadas sobre un terreno de baja capacidad de soporte. ¡Para esos existen los estudios de suelo!
El ingeniero Corominas planteaba asimismo que los terremotos son repentinos, violentos e impredecibles, pero que constituyen el único fenómeno natural que provoca daños al ser humano principalmente a causa de sus propias construcciones. Por tanto, toda obra constructiva debe tener como requisito mínimo indispensable evitar la pérdida de vidas y reducir al máximo las posibilidades de su colapso total o parcial. Con los avances de la ciencia y la técnica las construcciones pueden dañarse porque no son infalibles y, de ocurrir, deben esperar a ser demolidas; y no desplomarse sobre la gente. ¿Qué pasó en Venezuela, donde tantos edificios se derrumbaron sobre las personas?
Tal vez lo único útil que tiene esta tragedia sea identificar las acciones humanas que pudieron haberse hecho para minimizar los daños; y de esa pesquisa extraer las enseñanzas que permitan evitar su repetición. En estas gestiones el ingeniero Corominas viajó por Japón, Chile, Estados Unidos, Mexico y otros lugares.
Como afirma un editorial del periódico Acento: «Hay una forma correcta de responder ante una tragedia de esta magnitud. Es la que están practicando miles de personas: donar y amplificar los canales oficiales de ayuda y, sobre todo, recordar que detrás de cada cifra hay un nombre, una familia y una historia».
Ante el hecho consumo, lo que procede es la solidaridad, y para ello se han dispuesto los expendios de Cacharepas y centros de acopio en Plaza Sambil, Central, Blue Mall, la Cruz Rojas, y otros lugares con el fin de recibir las donaciones para los damnificados en Venezuela.
Como estamos en la misma franja de fallas tectónicas del caribe y Suramérica, y los casos citados lo confirman. Cabe formular una pregunta inevitable: ¿Cumplen las autoridades del sector construcción con la responsabilidad de actualizar, fortalecer y hacer cumplir los códigos y normas sísmicas para prevenir pérdidas humanas y materiales? ¿Nuestros dirigentes, tanto del gobierno como los empresariales y comunitarios, entrenan a la población para enfrentar estas calamidades?
Descanso eterno para las víctimas de esta tragedia y que los sobrevivientes y el noble pueblo venezolano, reciban toda la solidaridad, el apoyo y la esperanza que hoy necesitan y merecen.
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