Las mujeres recibimos este 8 de marzo en un momento en que el mundo enfrenta una crisis de violencia armada cada vez más intensa, los conflictos se multiplican y comunidad internacional muestra una alarmante incapacidad para garantizar la paz, la seguridad y el respeto al derecho internacional.
La encrucijada es permitir que la fuerza sustituya a la ley o reafirmar un orden global basado en la cooperación, la igualdad y la dignidad humana. En este escenario, las mujeres son las primeras en sufrir las consecuencias.
En cada guerra, retroceso de derechos, en cada ocupación, las más golpeadas son ellas: desplazadas, las madres cargan con el dolor del exilio, las niñas ven truncados sus sueños, las lideresas comunitarias arriesgan la vida para defender los derechos humanos. Y casi nadie mira hacia ese lado.
No puede haber igualdad bajo bombardeos. No puede haber empoderamiento en medio del asedio. No puede haber justicia social si las mujeres y las niñas siguen siendo las víctimas invisibles de los conflictos armados.

El 8 de marzo conmemoramos la lucha histórica de las mujeres por la igualdad y siempre es oportuno refrescar la memoria con algunos hitos clave de esta fecha:
- 1857 y 1908 (Nueva York): Manifestaciones masivas de trabajadoras textiles que exigían reducción de la jornada laboral, mejores salarios y el derecho al voto. La consigna “Pan y rosas” sintetizó la lucha por condiciones de vida dignas.
- 1910 (Copenhague): Durante el II Encuentro de Mujeres Socialistas, Clara Zetkin propuso establecer el 8 de marzo como un día internacional para reivindicar los derechos de las mujeres.
- 1911 (Incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist): Más de cien mujeres murieron en un incendio en una fábrica de Nueva York, evidenciando las pésimas condiciones laborales de la época.
- 1917 (Rusia): Las mujeres rusas iniciaron huelgas el 8 de marzo exigiendo “pan y paz”, el fin de la guerra, un acontecimiento crucial que consolidó la importancia de la fecha.
- 1975 (Naciones Unidas): La ONU declaró oficialmente el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer.
Más de un siglo después, seguimos recordándole al mundo, con la misma firmeza y la misma esperanza, que las mujeres aún reclamamos pan, paz y rosas: condiciones dignas para vivir, libertad para decidir y justicia para florecer.
En mi rol de presidenta mundial de la Internacional Socialista de Mujeres, al frente de una institución que lleva más de cien años trabajando por la igualdad real, es alentador mirar la historia y reconocer los avances que hemos logrado en derechos, en educación, en participación política y en la visibilización de nuestras luchas.
Sin embargo, debo decir con claridad que no existe una zona de confort para las mujeres, porque a diario vemos cómo nuestros derechos se conquistan y también cómo pueden perderse.
Vivimos un momento histórico en el que el mundo parece girar hacia la derecha y la historia nos muestra, con hechos, que cuando las fuerzas conservadoras gobiernan, los derechos de las mujeres suelen retroceder.
Como mujer política trabajo cada día para que la valentía, la sororidad y el compromiso sigan vivos en cada una, en cada país y en cada proyecto democrático que garantice libertad, seguridad e inclusión.
En honor a nuestras ancestras y por las próximas generaciones, las invito a ser mujeres fuertes, decididas y luchadoras; a que juntas continuemos construyendo una sociedad de bienestar y un país de oportunidades para todos y todas.
La República Dominicana que queremos es una nación con cultura de paz e igualdad. Como expresó Rosa de Luxemburgo, lucho por un mundo en el que seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres.
Este 8 de marzo, más que una conmemoración simbólica, es un acto político y moral. Es la reafirmación de que la lucha por los derechos de las mujeres es inseparable de la defensa de la paz, la justicia y la dignidad humana.
Es un grito que atraviesa fronteras porque la igualdad no puede esperar, la justicia no puede ser negociada, la dignidad no puede ser postergada.
Mi voz es la de millones que no aceptan retrocesos, que no se resignan a la injusticia y que saben que la igualdad no es un privilegio, sino un derecho.
Porque cuando el mundo retrocede y la injusticia intenta imponerse, las mujeres no retrocedemos, resistimos, nos organizamos y seguimos labrando el camino hacia la igualdad.
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