Si en una ocasión hablo de unión de personas estoy hablando de la relación entre un hombre y una mujer, la reflexión es sobre la amistad.
El 14 de febrero, popularmente asociado a la memoria de San Valentín, suele reducirse a un intercambio de gestos, flores y palabras afectuosas. Sin embargo, más allá de su dimensión comercial o sentimental, este día puede convertirse en una ocasión privilegiada para pensar filosóficamente el misterio del amor y el valor insustituible de la amistad.
Amar no es simplemente sentir. El sentimiento es inestable, variable, sujeto al ritmo de nuestras emociones. Amar, en sentido fuerte, es un acto de la libertad: es querer el bien del otro en cuanto otro. Ya lo intuía Aristóteles cuando afirmaba que la amistad perfecta es aquella en la que dos personas desean el bien mutuamente por virtud. No se trata de utilidad ni de placer, sino de una comunión fundada en el reconocimiento del valor del otro.
En este sentido, el amor es un acto ontológico antes que psicológico: afirma el ser del otro. Decir “te amo” significa, en el fondo, “es bueno que existas”. Aquí el amor se convierte en una afirmación radical del ser, una especie de consentimiento gozoso ante la existencia del otro. En un mundo marcado por la prisa, el individualismo y la instrumentalización de las relaciones, amar es resistir a la lógica del uso. Es negarse a reducir al otro a objeto.
La amistad, por su parte, es la forma más pura de reciprocidad amorosa. No nace de la necesidad, sino de la gratuidad. El amigo no es medio para un fin; es fin en sí mismo. En la amistad verdadera se comparte la vida, no por obligación, sino por elección. Es una comunión de horizontes, una coincidencia de búsquedas, una complicidad en el bien.
Desde una perspectiva existencial, el amor y la amistad nos revelan algo decisivo: el ser humano no está hecho para la soledad cerrada. Somos seres en relación. Nuestra identidad se construye en el encuentro. Nadie se comprende plenamente a sí mismo sin el espejo del otro. Por eso el amor no nos disminuye; nos expande. Nos saca de la clausura del yo y nos introduce en la aventura del nosotros.
Pero amar implica riesgo. Quien ama se expone. La vulnerabilidad es la condición del vínculo auténtico. No hay amor sin posibilidad de herida. Sin embargo, ese riesgo no es irracional; es la condición de la grandeza humana. Una vida sin amor puede ser más segura, pero será inevitablemente más pobre.
El 14 de febrero, entonces, no debería ser solo una celebración romántica, sino una invitación a examinar la calidad de nuestras relaciones. ¿Amamos desde el interés o desde la donación? ¿Buscamos poseer o buscamos servir? ¿Nuestra amistad está fundada en la utilidad o en la virtud?
En última instancia, el amor y la amistad nos recuerdan que la plenitud humana no se alcanza acumulando cosas, sino cultivando vínculos verdaderos. Allí donde hay amor auténtico, hay crecimiento moral. Allí donde hay amistad sincera, hay escuela de humanidad.
Celebrar el amor y la amistad es, en definitiva, celebrar la posibilidad de trascender el egoísmo y abrirse al otro como misterio, como don y como tarea. Y quizá esa sea la enseñanza más profunda de este día: que solo quien aprende a amar, aprende verdaderamente a vivir.
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