El presidente que juró terminar el conflicto en horas proclamó un "gran acuerdo" con Irán este viernes, pero momentos después acusó a Teherán de filtrar términos falsos y de no negociar de buena fe y tras ello nuevamente se habló de guerra y a la vez de firmar en los "próximos días" ese acuerdo de paz. Si es por declaraciones, la paz anunciada se hace y deshace en tiempo real.
Hay una frase que resume cien días de guerra mejor que cualquier parte de batalla. Cuando Donald Trump ordenó la ofensiva contra Irán, a finales de febrero, prometió que el conflicto estaría resuelto en "dos o tres días". Este viernes 12 de junio, mientras sus aviones seguían en alerta sobre el Golfo Pérsico, el mismo presidente proclamaba desde el Despacho Oval haber alcanzado un "gran acuerdo" con la República Islámica. Horas después, en Truth Social, acusaba a Teherán de filtrar términos falsos y de no negociar de buena fe.
La contradicción no es un error de comunicación. Es el método. Y el método, a estas alturas, ha dejado de engañar a cualquiera que mire el mapa con honestidad.
Lo que está en juego en Oriente Medio no es solo el destino de un acuerdo cuya existencia ambas partes discuten. Es la credibilidad del único actor que podría, en teoría, imponer una salida negociada: Estados Unidos. Y esa credibilidad lleva semanas erosionándose a un ritmo que ningún anuncio triunfalista en una red social puede detener.
Una paz que se deshace antes de firmarse
El giro del jueves 11 de junio fue espectacular en su forma y revelador en su fondo. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, había anunciado ataques "contundentes y claros" para la noche del viernes. Pocas horas después, Trump los canceló, proclamó el fin de la guerra y adelantó que el vicepresidente J. D. Vance viajaría a Europa para rubricar el acuerdo.
"Hoy hemos puesto fin a la guerra con Irán y ellos han aceptado no fabricar nunca armas nucleares", declaró.
Teherán respondió con cautela. El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Ismail Baghaei, reconoció que hay conversaciones, pero subrayó que no se ha tomado "ninguna decisión final". La distancia entre ambas versiones ya era significativa. Pero lo que ocurrió durante el viernes la convirtió en un abismo.
A través de Truth Social, Trump acusó a Irán de filtrar a los medios términos del acuerdo que, según él, no tienen "nada que ver" con lo pactado por escrito: "Los términos que Irán filtró a las 'noticias falsas' no tienen nada que ver con los términos acordados por escrito. Lo que dijeron, incluida su declaración débil y patética sobre la existencia de un acuerdo, no guarda relación alguna con la verdad".
La acusación tiene una lógica interna imposible de ignorar: si Teherán miente sobre los términos del acuerdo, ¿qué sentido tiene enviar al vicepresidente a firmarlo? La respuesta más probable es que Trump no tiene respuesta. O que la respuesta es, una vez más, la ambigüedad calculada.
El límite del poder militar como instrumento político
Más allá de la coyuntura de las últimas horas, lo que estos cien días han puesto de manifiesto es una lección que la historia repite con obstinada regularidad: la superioridad tecnológica y militar no garantiza resultados políticos.
Israel y Estados Unidos han demostrado una capacidad destructiva formidable. Han golpeado instalaciones estratégicas en Teherán, Tabriz e Isfahán. El aeropuerto de Mehrabad llegó a cerrar sus operaciones. Pero la República Islámica no ha colapsado. Ha resistido. Y esa capacidad de supervivencia frente a la ofensiva más poderosa del mundo es, en sí misma, un resultado político de primer orden.
Hamás continúa operando en Gaza. Hezbolá mantiene su influencia en el Líbano y sigue bombardeando el norte de Israel, provocando desplazamientos masivos en ambos lados de la frontera. Irán conserva su capacidad de proyección mediante misiles y drones, y ha consolidado algo aún más valioso: su posición como potencia de disuasión en el estrecho de Ormuz, cuyo control efectivo le otorga una palanca de enorme influencia sobre el comercio energético mundial.
La experiencia reciente confirma, además, que los vacíos de poder se llenan con rapidez. La eliminación de líderes o la destrucción de instalaciones estratégicas no altera las dinámicas políticas que alimentan los conflictos. Solo prolonga los ciclos de violencia bajo nuevas formas.
Netanyahu y la trampa de su propia estrategia
Para Benjamín Netanyahu, el balance es particularmente incómodo. Durante décadas construyó buena parte de su discurso político alrededor de la necesidad de neutralizar la amenaza iraní. La guerra iniciada a finales de febrero debía ser la culminación de esa estrategia.
El dilema que enfrenta el primer ministro israelí es estructural. Reducir las operaciones militares puede leerse como debilidad frente a Irán y ante una opinión pública israelí que exige resultados tangibles. Mantenerlas implica desafiar abiertamente a Washington, de cuyo respaldo militar, tecnológico y diplomático Israel depende de manera existencial.
La distancia creciente entre Trump y Netanyahu —aliados que lanzaron juntos esta guerra— es hoy una de las fracturas más reveladoras del conflicto. Dos líderes que comparten objetivos declarados, pero que ya no comparten la misma lectura sobre cómo alcanzarlos, ni sobre quién manda.
La prolongación del conflicto también ha deteriorado la imagen internacional de Israel de manera acumulativa. Las operaciones en Gaza y la elevada cifra de víctimas civiles han incrementado las críticas desde distintos sectores de la comunidad internacional, debilitando parte del respaldo diplomático que históricamente acompañó las acciones militares israelíes. El genocidio se va confirmando.
La paradoja del triple relato de victoria
Hay una lógica en el caos aparente. Trump ha conseguido, por el momento, frenar la escalada de los precios del petróleo y evitar el pánico en los mercados bursátiles. Le conviene la ambigüedad: una guerra que no termina de estallar, una paz que no termina de firmarse.
El equilibrio de baja intensidad le permite llegar a las elecciones de mitad de mandato de noviembre sin un desastre declarado, sortear el Mundial de fútbol y la celebración del 250 aniversario de la Independencia estadounidense sin un escándalo mayor.
El resultado es una paradoja que define el momento: ninguno de los actores obtuvo una victoria concluyente, pero los tres tienen razones para presentar el desenlace como un éxito ante sus respectivas opiniones públicas.
Trump proclama haber impuesto la paz y eliminado la amenaza nuclear iraní —el mismo que prometió lograrlo en "dos o tres días" y lleva más de cien en el intento, y que ya acusa otra vez a Teherán de mentir—. Netanyahu puede argumentar que golpeó la capacidad militar de su principal adversario estratégico. Y Teherán reivindica haber resistido sin ceder su estructura de poder ni sus instrumentos de influencia regional.
Pero esa estrategia de dilación tiene un límite. La credibilidad de la disuasión estadounidense se erosiona cada vez que Trump anuncia el fin de una guerra que sus tropas siguen librando. Y la derrota estratégica frente a un régimen que resistió sin colapsar no podrá ocultarse indefinidamente detrás de declaraciones triunfalistas.
Lo que viene después del anuncio
La historia reciente de Oriente Medio enseña que las treguas suelen ser provisionales y que la verdadera prueba de cualquier acuerdo comienza cuando desaparece el efecto político del anuncio. Las partes deben entonces convertir las declaraciones en compromisos verificables, y eso exige precisamente lo que hoy está en disputa: una versión compartida de lo que se acordó.
Hoy, ese momento parece más lejano que ayer. Lo que queda, al cabo de cien días, es la imagen de un presidente que prometió resolver el conflicto en horas, que declara la paz mientras sus aviones siguen en alerta, y que el mismo día en que anunci aun acuerdo acusa a su contraparte de no negociar de buena fe.
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