Esta semana volvió a circular con fuerza una pregunta que el mundo político se hace desde hace una década: ¿es verdad que Donald Trump tiene un problema particular con las mujeres?

Los nombres que alimentan el debate ahora mismo son dos: Giorgia Meloni, la primera ministra italiana que hasta hace poco era su aliada más celebrada en Europa, y María Corina Machado, la líder opositora venezolana con quien Trump llegó a expresar admiración pública antes de que la relación se enfriara por diferencias estratégicas sobre Venezuela.

Ambos casos son recientes. Ambos involucran a mujeres de enorme visibilidad internacional. Y ambos, mirados de cerca, revelan algo más complejo que una simple animadversión de género.

El caso Meloni: de aliada natural a "orden de restricción"

El lunes 6 de julio, horas antes de que ambos líderes se vieran las caras en la cumbre de la OTAN en Ankara —su primer encuentro desde el inicio de su ruptura pública—, Donald Trump publicó en Truth Social una imagen de sí mismo junto a Giorgia Meloni, sonriente y mirándolo hacia arriba.

El texto que acompañaba la foto era escueto y deliberadamente humillante: "restraining order needed" —orden de restricción necesaria.

Trump y las mujeres: ¿patrón de género o estilo político personal?

El meme es una referencia oblicua a la afirmación de Trump de que Meloni le había "suplicado" una foto en la cumbre del G7 celebrada el mes pasado en Francia para mejorar su popularidad interna.

Meloni lo desmintió con dureza, acusando al presidente de favorecer a los enemigos de Occidente. Lo que siguió fue una cadena de ataques cruzados en redes sociales sobre la popularidad de cada uno entre sus propios votantes.

La raíz del conflicto, sin embargo, no es una foto. Es geopolítica.

Entre el estilo político, los hechos probados y las percepciones

Durante años se ha repetido una afirmación que forma parte del imaginario político estadounidense e internacional: que Trump mantiene una relación particularmente conflictiva con las mujeres.

La idea aparece con frecuencia en campañas electorales, en debates televisivos y en análisis de prensa, pero rara vez se examina con el mismo rigor que otras características de su liderazgo.

La cuestión merece un análisis más cuidadoso porque en ella confluyen tres planos distintos que con frecuencia se confunden: el político, el comunicacional y el judicial. Cada uno ofrece evidencias diferentes y conduce a conclusiones distintas.

En el plano político, Trump ha protagonizado enfrentamientos con dirigentes de prácticamente todo el espectro ideológico y con aliados y adversarios por igual.

Su forma de ejercer el liderazgo se caracteriza por la confrontación personal, el uso de sobrenombres despectivos, la exposición pública de desacuerdos y una utilización constante de las redes sociales como herramienta de presión política. Ese patrón no distingue entre hombres y mujeres.

En el plano comunicacional, sin embargo, diversos investigadores, organizaciones dedicadas al seguimiento del discurso público y numerosos analistas han señalado que, cuando sus críticas se dirigen a mujeres, el lenguaje utilizado suele incorporar referencias a la apariencia física, la personalidad o estereotipos de género con una frecuencia mayor que en sus ataques a dirigentes masculinos.

Esta observación no implica necesariamente que todas sus disputas tengan origen en el género, pero sí ha contribuido a consolidar una percepción pública ampliamente extendida.

Trump confronta con todo el mundo

Joe Biden fue blanco permanente de sus burlas. Ted Cruz recibió el apodo de "Lyin' Ted" y vio cómo Trump cuestionaba la apariencia de su esposa. Marco Rubio fue "Little Marco". Adam Schiff se convirtió en "Pencil Neck". El presidente no tiene reparos en atacar a quien considera un adversario, independientemente de su género.

Y si hay casos que ilustran con especial claridad que la confrontación de Trump no reconoce fronteras de género, ideología ni institución, son los de los papas y el de Elon Musk.

Con el Papa Francisco —Jorge Bergoglio, el primer pontífice latinoamericano, nacido en Buenos Aires— Trump mantuvo una relación tensa y pública durante años. Francisco criticó abiertamente la política migratoria de Trump, a quién calificó de "no cristiano" por construir muros en lugar de puentes.

Trump respondió en términos inusualmente duros para referirse a un líder religioso, cuestionando incluso la fe del pontífice, en uno de los intercambios más insólitos de la política contemporánea: un presidente estadounidense en guerra verbal con el jefe de la Iglesia católica.

Con su sucesor, el Papa León XIV —Robert Prevost, el primer papa nacido en Estados Unidos, originario de Chicago—, la relación tampoco arrancó en calma. Prevost, antes de ser elegido pontífice, había cuestionado públicamente en redes sociales las políticas de deportaciones masivas de la administración Trump, lo que generó bulla desde el inicio de su papado.

Para Trump, que un compatriota en el trono de Pedro no lo respaldara fue, según quienes lo conocen, una irritación difícil de disimular.

El plano judicial

Existe además un tercer plano, el judicial, que debe analizarse de forma independiente. Donald Trump ha enfrentado múltiples procesos civiles y penales a lo largo de su carrera empresarial y política.

Algunos de esos procedimientos han estado relacionados con denuncias formuladas por mujeres. Otros no guardan relación alguna con cuestiones de género. La importancia de distinguir entre acusaciones, demandas, resoluciones judiciales y condenas definitivas resulta esencial para cualquier análisis responsable.

Separar estos tres niveles permite formular preguntas más precisas y evita reducir un fenómeno complejo a una única explicación.

Más allá de los estereotipos

Sin embargo, tampoco puede ignorarse que algunas de las controversias públicas más recordadas de Trump han tenido precisamente a mujeres como protagonistas: periodistas, candidatas presidenciales, juezas, fiscales o líderes políticas. En varios de esos episodios, el debate trascendió el desacuerdo político para centrarse en la forma elegida para expresar las críticas.

En 2017, durante la primera visita de Emmanuel Macron a Washington como presidente, Trump se dirigió a Brigitte Macron —la esposa del mandatario francés, 24 años mayor que él— y le dijo, mirándola de arriba abajo: "Estás en muy buena forma".

Trump y las mujeres: ¿patrón de género o estilo político personal?

"Estás en muy buena forma", le dijo Trump a Brigitte Macron, esposa del mandatario francés, 24 años mayor que él.

El comentario, hecho delante del propio Macron y captado por las cámaras, fue interpretado de forma generalizada como una evaluación física de la primera dama francesa, no como un saludo diplomático.

Macron, que en aquel momento buscaba construir una relación funcional con Trump, respondió en esa ocasión y en otras posteriores en las que el estadounindese aludió a Brigitte Macron que el americano es un tipo que pronuncia palabras "poco elegantes".

Burlándose de la diferencia de edad entre los Macron y comparando implícitamente a Brigitte con Melania, el asunto es significativo porque el blanco no fue un adversario político: fue la esposa de uno, una mujer sin cargo ni poder institucional, reducida públicamente a su cuerpo y a su edad.

El ejemplo de Giorgia Meloni

Trump y las mujeres: ¿patrón de género o estilo político personal?

Uno de los episodios recientes que alimentó nuevamente el debate fue el deterioro de la relación entre Donald Trump y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni.

Durante varios años ambos dirigentes fueron considerados aliados naturales dentro del espacio conservador occidental. Compartían posiciones relativamente cercanas en asuntos como inmigración irregular, soberanía nacional y críticas a determinadas políticas culturales promovidas por sectores progresistas.

Sin embargo, las coincidencias ideológicas nunca eliminaron las diferencias derivadas de los intereses nacionales de cada país.

Las tensiones aumentaron conforme surgieron desacuerdos sobre cuestiones de política internacional, especialmente en materia de defensa, seguridad europea y estrategia frente a conflictos en Oriente Medio. Como ocurre con frecuencia entre gobiernos aliados, los intereses nacionales comenzaron a prevalecer sobre las afinidades políticas.

Diversos intercambios públicos posteriores, incluidos comentarios difundidos en redes sociales y declaraciones de ambas partes, reflejaron ese deterioro de la relación. Algunos de esos mensajes fueron interpretados por comentaristas políticos como especialmente personales o despectivos, alimentando nuevamente la discusión sobre el tono utilizado por Trump cuando polemiza con dirigentes mujeres.

Ahora bien, atribuir esa ruptura exclusivamente a una cuestión de género simplificaría excesivamente una situación mucho más compleja.

Los desacuerdos respondían también a diferencias sobre prioridades estratégicas, compromisos internacionales, gasto en defensa y la posición que Italia debía adoptar frente a determinadas decisiones impulsadas por Washington.

En otras palabras, el conflicto encontraba una explicación política suficiente aun cuando algunos de los recursos retóricos empleados durante la confrontación pudieran ser considerados innecesariamente personales.

Precisamente ahí aparece uno de los elementos que con mayor frecuencia señalan los especialistas en comunicación política: no siempre es el motivo del conflicto lo que genera controversia, sino el lenguaje escogido para expresarlo.

Esa distinción resulta importante porque permite evaluar por separado el origen político del desacuerdo y la forma en que dicho desacuerdo es comunicado al público.

En el caso de Meloni, ambos aspectos coexistieron: un conflicto político real y una discusión pública acerca del estilo utilizado para escenificarlo.

María Corina Machado y el límite de una alianza 

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Trump recibe la medalla del premio Nobel de la paz ganada por Machado

Si el caso de Giorgia Meloni ilustra cómo una relación entre aliados puede deteriorarse por diferencias estratégicas, la evolución del vínculo entre Donald Trump y María Corina Machado muestra otro aspecto frecuente de la política internacional: las coincidencias tácticas no siempre sobreviven a los cambios de contexto.

Durante años, Trump convirtió al gobierno de Nicolás Maduro en uno de los principales objetivos de su política hacia América Latina. Las sanciones económicas, el reconocimiento de dirigentes opositores y la presión diplomática situaron a Venezuela entre las prioridades de su agenda regional.

En ese contexto, Machado fue considerada por numerosos sectores conservadores estadounidenses como una de las figuras más representativas de la oposición venezolana. Diversos dirigentes republicanos expresaron públicamente respeto hacia su liderazgo y respaldaron la necesidad de aumentar la presión internacional sobre Caracas.

Sin embargo, las relaciones entre gobiernos y movimientos políticos rara vez permanecen invariables. Los cambios de prioridades estratégicas, las negociaciones diplomáticas y las distintas visiones sobre cómo alcanzar determinados objetivos suelen producir tensiones incluso entre actores que comparten un mismo diagnóstico.

Cuando esas diferencias comenzaron a hacerse visibles, parte del debate público tendió a interpretar el distanciamiento como un conflicto personal o incluso como una muestra de hostilidad hacia una dirigente mujer. Sin embargo, la evidencia disponible permite sostener una explicación más prudente.

Las divergencias conocidas se referían principalmente al ritmo de la presión internacional sobre el gobierno venezolano, al alcance de las sanciones económicas, a los márgenes de negociación y a la conveniencia de determinadas iniciativas diplomáticas. Es decir, cuestiones propias de la política exterior antes que diferencias relacionadas con el género.

Trump y las mujeres: ¿patrón de género o estilo político personal?

Ello no significa que todas las declaraciones públicas emitidas durante ese período carezcan de interés desde la perspectiva del discurso político. Como ocurre con otros episodios protagonizados por Trump, el tono empleado en ocasiones ocupó tanto espacio en la discusión pública como el contenido mismo del desacuerdo.

Distinguir entre ambas dimensiones resulta esencial. Una discrepancia estratégica puede analizarse políticamente; el lenguaje utilizado para expresarla pertenece al ámbito de la comunicación política y de la valoración pública.

Los antecedentes judiciales y el deber de precisión

Si existe un terreno donde el periodismo debe extremar el rigor es el relacionado con procesos judiciales.

Donald Trump ha enfrentado, durante varias décadas, numerosos litigios civiles y penales vinculados con actividades empresariales, fiscales, electorales y personales. Algunos de esos procedimientos han sido impulsados por mujeres; otros responden a materias completamente distintas.

No todas las denuncias tienen el mismo valor jurídico.

Una denuncia constituye el inicio de un procedimiento. Una demanda civil busca la reparación de un daño. Una acusación penal requiere un estándar diferente. Una sentencia de primera instancia puede ser revisada por tribunales superiores. Y una decisión definitiva sólo adquiere estabilidad cuando se han agotado los recursos previstos por la ley o éstos ya no resultan procedentes.

Confundir cualquiera de esas categorías puede conducir a errores informativos relevantes.

Entre los casos más conocidos figura el litigio promovido por la escritora E. Jean Carroll.

En ese procedimiento, un jurado federal concluyó que Trump era civilmente responsable por determinados hechos y por posteriores declaraciones consideradas difamatorias, fijando indemnizaciones económicas cuya evolución procesal ha sido ampliamente cubierta por los medios estadounidenses.

Desde el inicio del proceso, Trump negó las acusaciones y sostuvo que las decisiones judiciales eran erróneas, ejerciendo los recursos previstos por el ordenamiento jurídico.

Desde el punto de vista periodístico, ambos elementos forman parte del mismo hecho noticioso: las conclusiones alcanzadas por los tribunales y la posición sostenida por la defensa.

Presentar únicamente uno de esos aspectos ofrecería al lector una imagen incompleta del procedimiento.

La escritora y columnista acusó a Trump de haberla agredido sexualmente en el probador de unos grandes almacenes de Nueva York a mediados de los años noventa.

En mayo de 2023, un jurado federal de Manhattan determinó que Trump era civilmente responsable de abuso sexual y difamación, y le ordenó pagar 5 millones de dólares. Trump negó los hechos, afirmó no conocer a Carroll y la llamó "mentirosa".

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Carroll, experiodista y columnista que ahora tiene 82 años, acusó al presidente de haberla agredido en un probador de un almacén de Nueva York en 1996.

En enero de 2024, el mismo jurado amplió la condena por daños a 83,3 millones de dólares adicionales por las declaraciones difamatorias que Trump hizo sobre ella después del primer veredicto.

No fue una condena penal —Carroll no presentó cargos criminales—, pero sí la primera vez en la historia que un jurado federal declaró a un expresidente y entonces candidato responsable de abuso sexual.

Este miércoles 8 de julio, un juez federal ordenó que Carroll reciba ya esos 5 millones, luego de que la semana pasada la Suprema rechazó examinar la apelación de Trump contra la sentencia original, de mayo de 2023, que le ordenaba pagar 2 millones de dólares en concepto de daños por agresión sexual y 3 millones por declaraciones difamatorias.

Cuando las acusaciones se publicaron en un libro de 2019, el multimillonario republicano la llamó "chiflada" y afirmó que había inventado el caso. Al negarse a admitir el recurso, la Corte Suprema hizo que la sentencia fuera definitiva.

Los 5 millones de dólares ya están depositados en el tribunal y listos para que "la chiflada" los retire. El fallo también exige el pago de intereses acumulados. Sobre el pago de los otros 83,3 millones, la condena fue confirmada en apelación, pero su ejecución está a la espera de la decisión de la Corte Suprema.

A finales de mayo, los medios estadounidenses informaron que Carroll estaba siendo objeto de una investigación penal, descrita como el último ejemplo de la disposición de Trump a utilizar el sistema de justicia contra sus enemigos. El Departamento de Justicia busca determinar si Carroll mintió bajo juramento.

Acusaciones, testimonios y hechos acreditados

La trayectoria pública de Trump también ha estado acompañada por diversas acusaciones formuladas por distintas mujeres a lo largo de los años.

Algunas fueron objeto de procesos judiciales. Otras nunca llegaron a juicio. En determinados casos existieron acuerdos confidenciales. En otros no prosperaron acciones legales. Y en algunos episodios las versiones enfrentadas nunca pudieron ser plenamente corroboradas por los tribunales.

Precisamente por ello resulta metodológicamente incorrecto agrupar todas esas situaciones bajo una única conclusión.

Aldo Rodríguez Villouta

Radicado en República Dominicana desde 2017, donde trabaja en Acento (www.acento.com.do) y dirige la oficina dominicana de GlobeArt de Chile, su país natal. Previamente, corresponsal de Inter Press Service (IPS), Agencia EFE, Latin American New Service (Lans, EEUU), Associated Press (AP) y BBC en Ecuador, Brasil, Italia y Venezuela. Paralelamente, corresponsal en Venezuela y Ecuador de Monitor de Radio Red de México y colaborador de la Agencia France Press (AFP) y en varios medios de prensa nacionales de esos y otros países, entre ellos Ecuadoradio y Diario Meridiano, de Ecuador, y Gazeta Mercantil, versión Mercosul en Río de Janeiro.

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