El mundo tiene los ojos puestos en otra parte. Desde el 11 de junio, la atención global está dividida entre las canchas del Mundial de Fútbol 2026 y el conflicto en Oriente Medio, donde la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y sus aliados sigue generando acuerdos de alto el fuego con ataques que lo violan casi de inmediato y negociaciones que fracasan repetidamente.

"Las (nuevas) negociaciones comenzarán en un plazo de 60 días con el objetivo de alcanzar un acuerdo final", declaró el vicecanciller iraní, Kazem Gharibabadi, tras confirmar anoche que un último acuerdo con Estados Unidos pone un "fin inmediato a la guerra" iniciada en febrero.

La otra guerra, la que libran Rusia y Ucrania, entró en febrero en su quinto año y se encuentra a gran escala, pero casi en silencio. Para Kiev, cada titular que no habla de Ucrania es, en cierta medida, una victoria para Moscú.

La guerra entre Rusia y Ucrania parece haber llegado a un punto en el que la diplomacia ha dejado de ser un camino alternativo a la confrontación militar para convertirse en una herramienta más dentro de la propia guerra.

Las propuestas de diálogo ya no buscan necesariamente alcanzar un acuerdo inmediato, sino mejorar la posición política y estratégica de cada actor antes de una negociación que ninguno considera todavía conveniente.

La nueva ofensiva diplomática impulsada por Volodímir Zelenski debe interpretarse bajo esa lógica.

El presidente ucraniano envió a comienzos de junio una carta abierta a Vladímir Putin proponiéndole una reunión directa en un país neutral y un alto el fuego completo durante las negociaciones.

La respuesta del Kremlin fue revelar que no consideraba necesario detener los combates para iniciar conversaciones, lo que mantuvo las posiciones de ambos líderes en extremos opuestos.

El propio Zelenski reconoció el 9 de junio, en una rueda de prensa con líderes nórdicos y bálticos, que ese era exactamente el resultado que buscaba: «Tenía un objetivo cuando le envié la carta a Putin. Creo que obtuve el resultado que necesitaba», declaró, confesando que su propósito era demostrar ante la opinión pública internacional quién está dispuesto a la paz y quién no.

Ese mensaje está dirigido principalmente a sus aliados occidentales. Después de más de cuatro años de guerra, el principal desafío de Kiev no consiste únicamente en contener el avance ruso, sino en evitar el desgaste político de quienes financian su resistencia.

La prolongación del conflicto aumenta el cansancio social, multiplica las presiones económicas y alimenta en varios países europeos corrientes políticas favorables a revisar el nivel de apoyo militar.

Por esa razón, el respaldo de Reino Unido, Francia y Alemania a una negociación directa con Moscú tiene una lectura que va más allá del plano diplomático.

Hace una semana, el 7 de junio, Starmer, Macron y Merz recibieron a Zelenski en el número 10 de Downing Street y emitieron una declaración conjunta en la que apoyaron «un diálogo directo entre Ucrania y Rusia, con la participación activa de Estados Unidos y Europa, para alcanzar un alto el fuego».

Europa intenta recuperar capacidad de influencia en un conflicto cuya conducción política ha quedado durante largos períodos bajo el liderazgo de Washington. La propuesta constituye también una forma de recordar que la estabilidad del continente dependerá, en gran medida, de las condiciones bajo las cuales termine la guerra.

La respuesta del Kremlin confirma, sin embargo, que la percepción estratégica rusa sigue siendo distinta. El silencio de Putin ante la carta de Zelenski y la ausencia de compromisos concretos indican que Moscú considera prematuro abrir una negociación que pueda limitar sus objetivos políticos o militares.

El canciller ruso Serguéi Lavrov fue más explícito aún: sostuvo que el rumbo de la guerra en Ucrania lo decidirán los soldados, no las negociaciones.

En las guerras prolongadas, el tiempo también es un recurso estratégico, y Rusia parece convencida de que el desgaste favorece sus intereses.

La adhesión a la UE como señal de largo plazo

Precisamente hoy 15 de junio, la Unión Europea abre formalmente en Luxemburgo las negociaciones de adhesión de Ucrania y Moldavia, inaugurando el primer bloque de negociaciones conocido como «Fundamentos».

El anuncio lo hizo la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y los Veintisiete desbloquearon el proceso el 12 de junio tras el levantamiento del veto húngaro.

En plena guerra, la UE envía una señal de que el horizonte político de Ucrania está en Europa, independientemente de cuándo y cómo termine el conflicto armado. Es también una forma de anclar el apoyo occidental a Kiev en una estructura institucional que va más allá de los ciclos electorales de cada país miembro.

El frente económico: la "flota fantasma rusa"

La importancia creciente del frente económico: la solicitud de Zelenski para que Europa apruebe normas que permitan confiscar el petróleo transportado por la denominada «flota fantasma» rusa constituye uno de los movimientos más ambiciosos en la estrategia de sanciones desde el inicio de la invasión.

No se trata únicamente de castigar a Rusia, sino de atacar la principal fuente de ingresos que sostiene su capacidad militar.

El petróleo continúa siendo el gran soporte financiero del Estado ruso y, mientras esas exportaciones mantengan niveles elevados, las sanciones occidentales tendrán un efecto limitado sobre la capacidad del Kremlin para prolongar la guerra.

La respuesta de la UE fue concreta: la Alta Representante para Política Exterior, Kaja Kallas, confirmó que la misión naval europea Operación IRINI ya modificó sus reglas en el Mediterráneo y sus buques de guerra tienen autorización para interceptar y abordar embarcaciones vinculadas a la flota sombría rusa.

El 7 de junio, IRINI inspeccionó el buque mercante MV Sandhya, sujeto a sanciones de la UE, en una operación de verificación de pabellón. Países Bajos fue más lejos aún y el 11 de junio pidió endurecer aún más las sanciones contra esa red de transporte.

Esa presión a Rusia toca uno de sus puntos más sensibles. Su reacción a las acusaciones de «piratería» por la intercepción de un petrolero en el Canal de la Mancha y las críticas contra el Gobierno británico forman parte de una narrativa destinada a presentar las acciones occidentales como una amenaza contra la libertad de navegación y el comercio internacional, algo de lo que Occidente acusa a Irán.

La denominada «flota fantasma» simboliza la adaptación de Rusia a un sistema internacional crecientemente fragmentado, donde las sanciones ya no producen el aislamiento económico automático que Occidente esperaba.

Moscú ha construido mecanismos alternativos de comercialización apoyados en terceros países, empresas intermediarias y registros marítimos que dificultan el control efectivo de sus exportaciones.

Una guerra que se libra en múltiples frentes

Esta realidad revela una de las principales transformaciones geopolíticas derivadas de la guerra. La confrontación ha acelerado la aparición de circuitos financieros y comerciales paralelos que reducen la capacidad de las potencias occidentales para utilizar las sanciones como instrumento decisivo de política exterior.

Al mismo tiempo, Europa enfrenta un dilema complejo. Necesita aumentar la presión económica sobre Rusia sin provocar una escalada que termine afectando el comercio marítimo global o genere incidentes directos entre fuerzas militares de la OTAN y embarcaciones vinculadas al Kremlin.

Cada nueva medida restrictiva incrementa también el riesgo de una respuesta rusa en otros escenarios, desde el ciberespacio hasta las infraestructuras energéticas.

El conflicto confirma así una tendencia que probablemente marcará la política internacional durante la próxima década: las guerras entre grandes potencias ya no se desarrollan exclusivamente mediante operaciones militares, sino mediante una combinación permanente de presión económica, competencia tecnológica, diplomacia, sanciones, propaganda y control de los recursos energéticos.

Por ello, interpretar la guerra únicamente a partir de los movimientos en el frente resulta insuficiente. La verdadera disputa se libra también en los mercados internacionales del petróleo, en las cadenas logísticas, en las alianzas políticas y en la capacidad de cada bloque para sostener el esfuerzo económico que exige una confrontación prolongada.

La paz sigue formando parte del discurso oficial de todos los actores, pero las decisiones adoptadas durante las últimas semanas indican que ninguno considera haber alcanzado todavía una posición suficientemente favorable como para hacer concesiones. La diplomacia continúa abierta, aunque subordinada a la lógica del desgaste.

En la actual etapa del conflicto, la guerra ya no parece avanzar hacia una victoria decisiva de alguno de los bandos, sino hacia una prolongación en la que la resistencia económica, la cohesión política y la capacidad para administrar el cansancio social pueden resultar tan determinantes como el control del territorio. En ese escenario, la negociación no sustituye a la guerra: forma parte de ella.

Aldo Rodríguez Villouta

Radicado en República Dominicana desde 2017, donde trabaja en Acento (www.acento.com.do) y dirige la oficina dominicana de GlobeArt de Chile, su país natal. Previamente, corresponsal de Inter Press Service (IPS), Agencia EFE, Latin American New Service (Lans, EEUU), Associated Press (AP) y BBC en Ecuador, Brasil, Italia y Venezuela. Paralelamente, corresponsal en Venezuela y Ecuador de Monitor de Radio Red de México y colaborador de la Agencia France Press (AFP) y en varios medios de prensa nacionales de esos y otros países, entre ellos Ecuadoradio y Diario Meridiano, de Ecuador, y Gazeta Mercantil, versión Mercosul en Río de Janeiro.

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