Mientras Trump aumenta la presión sobre la isla, el nieto de Raúl Castro encabeza sus negociaciones
En algunos países, el poder no proviene de un cargo, sino de aparecer en las fotos correctas.
El viernes pasado, el líder cubano Miguel Díaz-Canel aprovechó una reunión de altos funcionarios para confirmar públicamente que el Gobierno estaba manteniendo conversaciones con una Administración Trump que ha alardeado de que Cuba será su próximo objetivo. Sentado en la primera fila estaba Raúl Guillermo Rodríguez Castro, de 41 años. Cuando Díaz-Canel ofreció después una conferencia de prensa, Rodríguez Castro, luciendo una camisa azul impecablemente planchada y un corte de pelo prolijo, estaba una vez más en la delegación oficial.
Para los cubanos, Rodríguez Castro no es precisamente un rostro nuevo: es, al fin y al cabo, el sobrino nieto de Fidel Castro y el nieto de Raúl Castro, quien a sus 94 años, y pese a haberse retirado hace cinco años, sigue siendo considerado la máxima autoridad política en la isla.
Sin embargo, Rodríguez Castro —ampliamente conocido como Raúlito, o de forma menos halagadora como "el Cangrejo" por la forma inusual de su dedo— no ocupa un cargo de alto rango ni en el Gobierno ni en el Partido Comunista. Su principal reclamo de fama han sido las ocasionales revelaciones en redes sociales sobre su estilo de vida festivo.
No obstante, ha emergido como el principal interlocutor en las conversaciones sobre la apertura de la economía y la política cubanas, un papel reportado por primera vez por Axios. Del lado estadounidense, las negociaciones están lideradas por Marco Rubio, el secretario de Estado cubanoamericano que ha hecho de la deposición de la familia Castro su misión política definitoria.
La presencia de Raúlito es un recordatorio de que, aunque Díaz-Canel ha sido el líder del Partido Comunista desde 2021 y está rodeado por una generación de funcionarios con posturas de línea dura hacia EE. UU., muchos de los caminos políticos en La Habana siguen pasando por la familia Castro.
"El hecho de que el Cangrejo sea una figura central en todo este drama, y no el jefe del Partido Comunista o el presidente del país, es una señal de que estás viendo a una dinastía familiar que busca sobrevivir y conservar sus privilegios, su poder", dice Orlando Pérez, profesor de la Universidad del Norte de Texas en Dallas. El régimen del Partido Comunista de Cuba y los Castro han estado profundamente entrelazados desde la revolución de 1959.
La economía cubana ha estado en crisis desde que la covid golpeó su industria turística, y se ha deteriorado recientemente después de que la Administración Trump impusiera un bloqueo energético. Los diplomáticos reportan hambre generalizada y el colapso de los servicios médicos. El lunes, un apagón sumió a todo el país en la oscuridad.
Si bien el régimen ha sobrevivido a crisis anteriores, ha habido destellos de lo que podría ocurrir si la situación actual continúa. El viernes pasado, manifestantes en la localidad de Morón incendiaron la sede del Partido Comunista. Washington está provocando abiertamente a los líderes cubanos. El lunes, Donald Trump dijo que podría tener el "honor" de "tomar Cuba de alguna forma".
Esta no es la primera vez que Washington intenta trabajar a través de un Castro más joven. La Administración Obama mantuvo conversaciones secretas con Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl y tío de Raúlito, en preparación para el intento de normalización de relaciones de 2015, que se diluyó durante el primer mandato de Trump.
Ricardo Zúñiga, uno de los dos funcionarios estadounidenses involucrados en aquellas conversaciones, dice que "contactar a Raúlito tiene cierto sentido". Y añade: "Puede parecer una elección extraña dado su historial y su falta de experiencia, pero es obvio que habla mucho con Raúl".
El principal rol de Raúlito ha sido actuar como jefe de seguridad personal de su abuelo. A través de su padre, un exgeneral que dirigió Gaesa, la principal empresa estatal, antes de fallecer en 2022, tiene una red de contactos en el ámbito militar y empresarial.
Pero también ha aparecido en sitios web de emigrados que buscan exponer el estilo de vida de la élite cubana: de fiesta en un yate de lujo o, en una ocasión, vertiéndose una bebida en la cabeza en un club nocturno mientras llevaba una camiseta personalizada de los Yankees de Nueva York.
Michael Bustamante, experto en Cuba de la Universidad de Miami, dice que la imagen de Raúlito es la de alguien que ha "disfrutado de la vida nocturna de una manera que se parece más a una imitación de Miami que a la Habana revolucionaria". Y añade: "No me da la impresión de ser alguien realmente comprometido con el sistema, sino con su propio interés en protegerse".
Raúlito tampoco es el único Castro que ha saltado recientemente a la palestra. En un intento por mostrar que Cuba está abriendo su economía, el Gobierno anunció el lunes que los ciudadanos cubanos residentes en el exterior podrían ahora invertir en el país. El anuncio fue hecho por Óscar Pérez-Oliva Fraga, el viceprimer ministro, quien es sobrino nieto de Raúl y Fidel Castro. (Debido al apagón de ese día, muchos cubanos solo pudieron enterarse a través de sus radios).
Un riesgo de negociar directamente con los Castro es una reacción adversa entre los cubanoamericanos de Florida, la comunidad de origen de Rubio. María Elvira Salazar, que representa al sur de Miami en el Congreso, ha sido contundente: "Los Castro y sus matones no tienen ningún papel en el futuro de Cuba", afirma.
Zúñiga, el exfuncionario de Obama, dice que también podría ser un error sobreestimar la influencia de la familia Castro dentro del régimen. La experiencia de Obama demostró que "hay que tratar con toda la dirigencia".
"Tratamos con Alejandro y, a través de él, con Raúl, pero los de línea dura los derrotaron. Fue una revelación para todos los involucrados", dice. "No es lo mismo que en tiempos de Fidel, ni siquiera en tiempos de Raúl. Ahora es un consorcio".
(Geoff Dyer and Jude Webber. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. Todos los derechos reservados. Por favor, no copie ni pegue artículos del FT ni los redistribuya por correo electrónico o publique en la web).
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