Donald Trump tiene desde hace tiempo defensores que pregonan su imprevisibilidad como el leitmotiv de su liderazgo, si no como su superpoder estratégico. Por eso seguramente estarán eufóricos ante la andanada de giros de política, malaproprismos geográficos, ataques a los aliados de Estados Unidos y la caprichosidad general que caracterizaron sus primeras intervenciones en la cumbre de la OTAN de esta semana en Ankara.

El presidente estadounidense pareció llegar de muy mal humor. Los líderes europeos de la OTAN habían esperado que la cumbre pudiera esquivar otro enfrentamiento público con Estados Unidos, evitar seguir socavando la unidad de la Alianza y centrarse en cómo reforzarla en un momento de aguda incertidumbre. En sus mentes estaba cómo reimaginarla y reequiparla para la guerra en el siglo XXI. En cambio, fueron obsequiados con un carnaval de caprichos trumpianos de la mejor cosecha.

Reprendió a los líderes europeos por su falta de apoyo a su guerra en Irán, que volvió a encenderse durante la cumbre. Pareció confundir a Japón con Irán, al afirmar que la «república islámica de Japón» había disparado 111 misiles contra el USS Abraham Lincoln. Amenazó con cortar las relaciones comerciales con España, calificándola de «causa perdida» y «un socio terrible en la OTAN». (España es uno de los países rezagados en el intento de cumplir el objetivo de la Alianza de destinar el 5 por ciento del PIB a defensa y resiliencia para 2035.)

De forma más grave y preocupante para la Alianza, Trump volvió a su obsesión de que Groenlandia debería formar parte de Estados Unidos, lo que provocó una firme respuesta de Dinamarca en el sentido de que Groenlandia no está en venta. En definitiva, para los diplomáticos chinos y rusos que observaban desde lejos, esto no fue precisamente una demostración capaz de inspirar asombro sobre el estado de la Alianza que garantizó la paz en la mayor parte de Europa después de 1945.

Hubo un segundo capítulo en la cumbre —y para los europeos, más feliz—. Se dice que Trump fue más conciliador en privado. Pronunció algunos de los comentarios más pro-ucranianos de su presidencia, al afirmar que estaba dispuesto a autorizar a Kiev a coproducir los misiles interceptores Patriot, fundamentales para repeler los misiles balísticos rusos. Antes de que Trump se marchara, dejó claro que Estados Unidos permanecería en la Alianza —aunque es una señal de lo sombrío que ha sido el panorama el hecho de que tal declaración no fuera algo dado por sentado—.

Los funcionarios de la OTAN también se animaron con los anuncios que sugieren que su estrategia de asumir una mayor parte de la carga de Estados Unidos está dando frutos. Entre ellos figura la compra conjunta de aviones de vigilancia y transporte. Estos acuerdos contribuirán a reducir la dependencia de la OTAN del material estadounidense y son una señal positiva de que Europa empieza a impulsar iniciativas de adquisición. El anuncio de Alemania de que comprará misiles Tomahawk a Estados Unidos es igualmente bienvenido. Washington había anunciado a principios de este año que cancelaba sus planes de desplegar en Alemania un batallón equipado con ellos.

Son pasos adelante para Europa en su intento de asumir una mayor responsabilidad en su defensa. Pero los aliados de Estados Unidos han aprendido a no dar demasiado crédito a las declaraciones de Trump. Nadie se sorprendería si la semana que viene arremetiera contra Ucrania y se desdijera de sus comentarios sobre los Patriot.

El único miembro de la OTAN que tuvo razones para estar verdaderamente satisfecho esta semana fue el anfitrión, Turquía. Trump sugirió que revertiría su veto de 2019 a la compra de cazas F-35 por parte de Turquía. Añadió que Estados Unidos levantaría las sanciones impuestas a Turquía al año siguiente. Para Recep Tayyip Erdoğan, el autocrático presidente de Turquía, que acaba de supervisar una nueva represión contra sus opositores, fue un resultado extraordinario.

Para los líderes europeos de la OTAN, se evitó el peor escenario —que Trump se marchara—. Pero su batalla para transformar la Alianza apenas ha comenzado. En líneas generales, su política consiste en condescender con Trump y guardarse sus reservas para no contrariarlo. No es de extrañar que haya poco entusiasmo por celebrar una cumbre de líderes el año próximo.

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