Dos niñas se dan la mano mientras bailan descalzas. Se miran a los ojos con ternura y complicidad, felices, ajenas a la crueldad del mundo. Esa imagen, congelada para siempre en bronce frente al mar de Santa Cruz de Tenerife, es todo lo que queda de Olivia y Anna Gimeno: las pequeñas que el 27 de abril de 2021 fueron asesinadas por su propio padre, Tomás Gimeno, en uno de los crímenes de violencia vicaria más estremecedores de la historia reciente de España.

Cinco años después, su caso sigue presente en la memoria colectiva de Canarias y de toda España como símbolo de la crueldad más extrema que puede ejercerse contra una mujer: arrebatarle a sus hijos.

El crimen que marcó a una sociedad

Olivia tenía seis años y Anna apenas uno cuando su padre se las llevó en su embarcación y nunca las devolvió. Tomás Gimeno, que atravesaba un proceso de separación de la madre de las niñas, Beatriz Zimmermann, desapareció junto a ellas sin dejar rastro.

Meses después, en junio de 2021, el cuerpo de Olivia fue hallado en el fondo del mar dentro de una bolsa atada a un ancla, a unos mil metros de profundidad frente a las costas de Tenerife. El cuerpo de Anna y el de Tomás Gimeno nunca fueron encontrados. La causa judicial fue archivada provisionalmente en 2022 ante la ausencia del único investigado.

Una madre que rehízo su vida

Beatriz Zimmermann, quien nunca volvió a ver a sus hijas con vida, logró rehacer su camino. Hoy tiene dos hijas con su actual marido. Quienes la conocen la describen como “una persona muy espiritual”, que siente que Anna y Olivia siguen estando con ella, acompañándola en cada paso.

Su historia, lejos de quedar en el silencio, se convirtió en un símbolo de resiliencia y en una voz que el movimiento contra la violencia vicaria adoptó como propia.

La escultura que las inmortalizó

Para que el mundo no las olvide, las dos niñas quedaron inmortalizadas en una escultura instalada frente al mar en Santa Cruz de Tenerife. La obra las representa tal como eran: bailando descalzas, tomadas de la mano, con la mirada cómplice de dos hermanas que se amaban.

El monumento es hoy un símbolo de rechazo a la violencia vicaria —aquella que se ejerce sobre la mujer a través del daño a sus hijos— y un recordatorio permanente de la necesidad de proteger a la infancia.

Un caso que cambió el debate

El crimen de Olivia y Anna visibilizó en España, y más allá de sus fronteras, una forma de violencia que hasta entonces era poco nombrada. La violencia vicaria pasó a ocupar un lugar central en el debate público, en las políticas de protección a la infancia y en la agenda legislativa.

Cinco años después, su memoria sigue siendo una herida abierta y, al mismo tiempo, una llama que no se apaga: la de quienes luchan para que ninguna madre vuelva a perder a sus hijos de esa manera.

Abraham Marmolejos

Periodista y estratega de comunicación, con experiencia en medios digitales, docencia y creación de contenido.

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