"El artista dominicano no carece de talento. Carece de Estado". La sentencia del gestor cultural Danilo Ginebra resonaba como un eco invisible ayer martes en el vestíbulo de la Sala Carlos Piantini. Mientras el Teatro Nacional Eduardo Brito desplegaba su alfombra roja y sus mejores galas para la entrega del Premio Nacional de Literatura 2026, la celebración oficial colisionaba con una realidad que pocos mencionan entre brindis: la cultura en República Dominicana sigue siendo, para la inmensa mayoría, una "hazaña privada" de supervivencia.
La tesis de Ginebra, que el Estado financia el "evento" final, pero ignora el proceso creativo y la seguridad social del artista, encontró rostros y voces en la antesala de la ceremonia.
Allí, entre saludos protocolares y la presencia de funcionarios, los escritores invitados desnudaron la otra cara de la moneda: la de la resistencia en un mercado que aplaude el éxito pero no sostiene el oficio.
"Escribir es morirse de hambre"
Mientras los flashes iluminaban la llegada del protagonista de la noche, en los corrillos de las mujeres amantes de un buen libro, cómo lo son América, Patricia Lions y Teonilda López, se hablaba de la economía real del escritor. Teonilda López no recurrió a eufemismos: "Escribir es morirse de hambre, prácticamente". Su declaración, cruda y directa, valida la denuncia de la "polivalencia forzada": el creador que debe ser docente, publicista o gestor para subsidiar su propia obra.
A la precariedad económica se suma un nuevo desafío: la invisibilidad en la era del "scroll" infinito. Para la ávida lectora América, el problema ya no es solo la falta de políticas públicas, sino la batalla por la atención en una sociedad distraída: "Ahora somos unos seres que nos interesa muchísimo un titular… una sola línea… la lectura exige otras condiciones".
La exigencia de una estructura, no de una dádiva
En medio del bullicio, voces autorizadas como la de Mateo Morrison (Premio Nacional de Literatura 2010) recordaron que la "pasión" no paga facturas ni construye bibliografía nacional. "Escribir literatura, que ya es una especialidad, ameritaría un respaldo del Estado y del sector privado", afirmó el poeta, elevando la mirada más allá del asistencialismo.
Morrison citó como ejemplo de política efectiva su gestión en el Taller Literario César Vallejo de la UASD, un espacio que remunera a sus estudiantes, demostrando que cuando hay voluntad institucional, la creación deja de ser un sacrificio. Una postura que secundó el profesor y ensayista León David: "Es muy difícil darle precio a las cosas del espíritu, pero indudablemente los escritores deben vivir de algo".
Incluso Yi-yoh Robles, artista multidisciplinario, describió al creador dominicano como una "entidad creativa no común", capaz de olvidar comer por terminar una obra, pero advirtió: "Sería muy bueno que el Estado respaldara… eso ayuda a que la literatura florezca".
El "soñar despierto" vs. la realidad
Paradójicamente, la necesidad de un sistema de apoyo fue admitida en el propio discurso central de la ceremonia. Desde el atril, el ministro de Cultura, Roberto Ángel Salcedo, definió el galardón no solo como un aplauso a la excelencia, sino como la afirmación de un principio político:
"La creación literaria requiere instituciones, lectores, políticas que sostengan el libro, la formación y la memoria intelectual del país".
Una declaración oficial que valida el reclamo de los escritores, aunque el contraste con la realidad seguía latente. Mientras Salcedo citaba al novelista inglés Graham Greene diciendo que "escribir es una forma de soñar despierto", en los pasillos la sensación era más terrenal: escribir es una forma de resistir despierto.
La semblanza oficial de Pedro Vergés también subrayó una verdad incómoda: su carrera no fue solo literaria. Se destacó su labor como embajador, director del Instituto de Cultura Hispánica y exministro de Cultura. Es decir, incluso el premiado encarnó esa "polivalencia" necesaria, alternando la pluma con el servicio público para sostener su obra y legado, como la Biblioteca Dominicana Básica.
Pedro Vergés: La persistencia como respuesta
Y entonces, en el centro de todas las miradas, apareció Pedro Vergés.
El hombre de la noche, el autor de Solo cenizas hallarás (Bolero), caminaba con la serenidad de quien ha cruzado el desierto y finalmente llega al oasis. Pero su actitud no era de triunfo vanidoso, sino de validación tranquila.
Al ser abordado por Acento minutos antes de recibir el máximo galardón de las letras dominicanas -otorgado por el Ministerio de Cultura y la Fundación Corripio-, Vergés ofreció la contraparte a la tesis del abandono: la resistencia individual.
"Me siento muy agradecido y muy satisfecho, porque al fin y al cabo es un poco el reconocimiento de un trabajo de toda la vida", confesó Vergés.
Ante el panorama de dificultades descrito por sus colegas y la pregunta de qué decirle a los jóvenes que sienten que el país no los valora, el nuevo Premio Nacional no ofreció falsas esperanzas, sino una verdad de hierro:
"Que persistan. Esta es una carrera interminable. Y al final, si se hace bien, te dan el premio".
Un deseo entre lágrimas y una herida abierta
Sin embargo, la serenidad se quebró en el atril. Ya con el galardón en las manos, un Pedro Vergés visiblemente conmovido dejó escapar unas lágrimas. No utilizó su momento para ajustar cuentas, sino para formular un deseo con una humildad desarmante: pidió que se realice un evento similar a aquel Primer Congreso Crítico de 1993, y que este abra paso a un tercero y un cuarto, "así hasta que Dios quiera".
"Créanme que al país le haría muy bien. Y créanme también que no es una demanda, ni un reclamo. No es ni siquiera una solicitud. Es una simple sugerencia que me permito hacer en solitario en nombre de nadie… pero sí creo que respondiendo al deseo de ser mejores y conocernos más", expresó con la voz entrecortada.
Pero detrás de esa "simple sugerencia" había historia y una herida institucional. Aquel anhelado Segundo Congreso no es una idea abstracta; fue un proyecto que el propio Vergés dejó montado, presupuestado y convocado durante su gestión como ministro para agosto de 2018. Sin embargo, su sucesor, Eduardo Selman, lo suspendió sin explicaciones claras, provocando la renuncia indignada del coordinador Diógenes Céspedes y dejando en el aire un esfuerzo intelectual vital.
El llanto de Vergés no fue solo de gratitud, sino el recordatorio elegante de esa frustración: la prueba de que, en la cultura dominicana, los proyectos de Estado suelen derrumbarse cuando cambia el incumbente, obligando a los creadores a empezar siempre desde cero.
La noche en el Teatro Nacional cerró con aplausos. El "Estado evento" cumplió su rol de celebrar la cosecha final y reconocer, en voz de su propio ministro, que hacen falta instituciones. Pero queda flotando en el aire la advertencia de Danilo Ginebra: para que el próximo Pedro Vergés no tenga que depender únicamente de una heroica persistencia individual frente a la falta de seguridad social, el país necesita que esas palabras del atril se conviertan en política diaria, una que no se borre con el próximo cambio de ministro.
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