El Senado de la República reconoció al intelectual José Mármol Peña por su destacada labor como escritor. En la nota editorial del miércoles prometíamos dar a conocer las palabras de agradecimiento del poeta galardonado. Luego de los agradecimientos protocolares, lo dicho al público presente en el Salón Polivalente Reynaldo Pared Pérez del Senado, por José Mármol fue lo siguiente:
Es un verdadero honor para mí, el hecho de que el Senado de la República me honre con un reconocimiento, en mérito a mi modesta trayectoria en la literatura y en la filosofía, dos disciplinas a las que llevo décadas vinculado, sin mayor pretensión que la de procurar expresar lo inexpresable, en la urdimbre del lenguaje, y pensar lo impensable, en el ámbito de la razón, la existencia y la verdad. Como se nota a simple vista, dos oficios que, siendo de por sí inclasificables, solo cabría clasificar en lo que desde Oscar Wilde a Nuccio Ordine se conoce como espacio del espíritu donde prevalece la utilidad de lo inútil.
Partiendo de esa premisa, es muy singular, y también esperanzador para la cultura y la educación, el hecho de que el Senado de la República, en adición a su encumbrada misión constitucional de representar al pueblo dominicano, así como de legislar, fiscalizar y ejercer los controles de rigor en defensa de los mejores intereses de la nación, tome parte de su valioso tiempo para exaltar la trayectoria de cultivadores de la palabra y de las ideas, auténticos quijotes de estos tiempos aciagos. El gesto da una señal muy clara de la nueva sensibilidad y visión de la sociedad de que están dotados nuestros legisladores.
Agradezco, pues, al honorable señor Ricardo De Los Santos, presidente del Senado de la República, así como al honorable señor Carlos Gómez, presidente de la Comisión Permanente de Cultura de esta Cámara Alta, y en ellos a cada miembro de la Comisión de Cultura y del Senado en pleno, como poder del Estado, por esta distinción que recibo con humildad y profunda gratitud. Agradezco también, en este mismo orden, a mis queridos amigos y destacados poetas y gestores culturales Mateo Morrison y Marino Berigüete, quienes, en su labor de asesoría, acompañaron a la Comisión Permanente de Cultura del Senado en la motivación para que se dictara la resolución pertinente y, sobre todo, para que fuera mi persona la escogida para este generoso acto de hoy.
Escribir literatura parecería una labor orientada a entretener o simplemente ilusionar. Sin embargo, cuando se escribe, también se tiene la intención de iluminar el espíritu y la conciencia, no solo de los lectores, sino de toda la sociedad presente y por venir. Aunque se escriba para sí mismo y para un hipotético alter ego, como sostuvo respecto de la composición musical Igor Stravinski; aunque el de crear a través del lenguaje parezca el oficio más solitario, inútil y materialmente desolador; aunque sienta el escritor, en la labor de génesis de la escritura, que pesa en su cerebro, como la roca mítica en la espalda de Sísifo, la estela histórica de toda la tradición y las rupturas de una lengua y una cultura; aunque, en demasiadas ocasiones deba el escritor ver pasar sus días al borde fatal de la más cruda marginalidad y de la extenuación del espíritu y la sensibilidad; aunque la condición de escritor nos coloque, como a un funambulista, en una cuerda que pende, en un extremo, de la muerte y en el otro, de la vida; aunque la incertidumbre reemplace la luz en el horizonte quieto de un amanecer, pasada la noche más oscura de la historia; aunque al conjugar un verbo y templar la sintaxis parezca la razón aniquilar el vuelo insumiso de la imaginación; a pesar de todos los posibles pesares, del deterioro, las heridas, el escarnio, las guerras, los tiranos escribir será siempre indicio de vivir; será siempre el más libre de los modos humanos de resistir. Y aunque todo parezca terminar, allí, en el abismo, el hálito de la poesía sobrevivirá, y con ella, palpitará el aliento iluminado de un mejor porvenir para la humanidad.
Lo recalcaba el novelista y economista José Luis Sampedro, escribir es vivir. Pero, escribir es, además, un modo de pensar. Y pensar es, a su vez, una forma de sentir. Miguel de Unamuno resume con agudeza esa compleja dinámica, cuando a golpe de versos densos en su “Credo poético” de 1907 afirma: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento; (…) Lo pensado es, no lo dudes, lo sentido”. Porque, siendo la poesía, esencialmente lenguaje, “el lenguaje es ante todo pensamiento”. No por casualidad escribieron en verso los filósofos presocráticos. Es que pensamiento y poesía eran una misma expresión del espíritu. Y más tarde nos dejó Platón en forma de diálogos literarios toda la sabiduría de Sócrates, el ágrafo, y la densidad poética de su propia filosofía. La filosofía, antes que llegar al anochecer de los acontecimientos, más bien, al reflexionar sobre su propia época, sobre el ser y su espacio jurídico-político y social llega a tiempo para transformar los temores de la humanidad en premoniciones que preludian y cuestionan los riesgos para la preservación de la vida, los valores, la educación, la tradición del pensamiento mismo y la cultura. La filosofía ha sido, a la vez, memoria y prognosis del ser en el mundo, de su relación con la naturaleza y de su historia; ha sido el eje de la dialéctica entre el tiempo y el espacio, entre el ser y el no ser, entre el origen y el fin, entre lo palpable o físico y lo impalpable o metafísico. Filosofa, no quien mira hacia el pasado, sino quien prefigura la acción del ser humano en el porvenir. Filosofar es, también, vivir.
La era de la información y el dominio del medio digital y la virtualidad han dado lugar, con la creación de la Inteligencia Artificial Generativa (IA) y sus capacidades algorítmicas autónomas, a una de las mayores amenazas al pensamiento y al lenguaje como virtudes superiores y únicas del ser humano. La máquina es capaz de preguntarme si soy yo el humano. Vivimos tiempos díscolos. Lejos del conocimiento, la información es desinformación y falsedad. La verdad se tambalea ante la posverdad y la propaganda histriónica de los populismos. La nanotecnología dio al traste con la idea clásica de naturaleza, para adentrarnos a un micromundo lleno de impensables fuerzas nucleares, de laberintos cuánticos, de zigzagueos fractales y de catastróficos y letales artefactos térmicos. La filosofía, en tanto que salvaguarda de la vida, la razón y la civilización, tiene hoy la misión de poner un dique ético a la deriva inhumana y mercurial de la ciencia y la tecnología, especialmente, en la responsabilidad de su aplicación y su uso. Además, tiene el deber de oponer la acción de la buena política a la degradación de los derechos fundamentales del individuo. No se trata de un reclamo ilusorio, sino de un imperativo perentorio. De no lograrlo, todos tendremos que rezar en coro aquel verso del Bhagavad Gita que pronunció Robert Oppenheimer al ver el primer estallido de su bomba atómica: “Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”.
Sin embargo, nos queda una senda hacia un mejor porvenir: aquella que señala el espíritu imbatible de la esperanza. Porque, en palabras del filósofo Byung-Chul Han: “El espíritu de la esperanza habita en un campo de posibilidades que trasciende la inmanencia de la voluntad. La esperanza hace innecesarios los pronósticos. Quien tiene esperanza confía en lo imprevisible, cuenta con que haya posibilidades contra toda probabilidad” (El espíritu de la esperanza. Contra la sociedad del miedo, Herder, Barcelona, 2024, p.115). Contra toda probabilidad y desde esta Cámara Alta, órgano vital de uno de los tres poderes que conforman nuestro Estado, reafirmo el llamado a las presentes y futuras generaciones de dominicanos hacia un mayor compromiso con la esencia de la democracia, del estado de derecho, de la igualdad social y la libre expresión del pensamiento; como también, reitero el llamado a un infatigable compromiso con la calidad y equidad de la educación y el fomento de la cultura, porque en sus aires respira, con fuerza alentadora, el pulmón incorruptible de la democracia y del futuro.
Muchas gracias.
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