Es frecuente que comentaristas, articulistas acreditados y ciudadanos evalúen y analicen las posibilidades de algunas candidaturas de outsider en la política dominicana.
Miran las tendencias que se van asumiendo en algunos países, como Colombia recientemente, que en segunda vuelta acaba de escoger como presidente a un abogado e influencer de los medios, Abelardo de la Espriella, que carecía de un partido político, pero recibió apoyo de varios partidos tradicionales.
República Dominicana cuenta con una democracia más joven, pero al mismo tiempo en donde los liderazgos y los partidos políticos han sido siempre más influyentes y más poderosos que los partidos en otros países de la región o del continente.
Nuestra democracia surgió a la caída de la dictadura de Trujillo. De un dictador y caudillo saltó hacia un liderazgo político que se afianzó en figuras poderosas, como Juan Bosch, Joaquín Balaguer, Viriato Fiallo, Manolo Tavarez Justo o Francisco Alberto Caamaño.
La figura central en esos años fue Balaguer, que había fundado su Partido Reformista, y que reunió a los viejos trujillistas a su alrededor con posiciones siempre conservadoras. Bosch fue presidente de la República, líder del Partido Revolucionario Dominicano, y se estableció como un maestro en la política, mientras Balaguer fue siempre un intelectual y un hombre enigmático y pragmático, que jugaba con los intereses y con las personas.
En medio de esto a partir de los años setenta se perfiló la figura de Juan Bosch, como gran líder de masas. Y los partidos echaron raíces y los liderazgos se consolidaron. Siempre dominaron la política. Ninguna propuesta nueva, o partido político se consolidó, salvo la división del PRD y la creación del PLD, con Bosch a la cabeza.
Empresarios, políticos de viejas y tradicionales prácticas quisieron echar adelante y nunca lograron nada. Incluso los que se iban de los partidos, como Francisco Augusto Lora o Jacobo Majluta, o políticos más recalcitrantes como Vincho Castillo, nunca echaron raíces en la sociedad dominicana. La participación electoral de estos personajes y partidos siempre fue mediocre.
Los que siempre se tuvieron como hombres de grandes valores y principios, o que crearon famas por sus actuaciones extraordinarias, como César Estrella Sadhalá, Luis Julián Pérez, tampoco lograron éxito político.
Balaguer fue clave para que el PLD llegara al poder en 1996, aliándose a su adversario de toda la vida, Juan Bosch, y postulando a Leonel Fernández. Hipólito Mejía llegó a la presidencia en el año 2000 precariamente, por el apoyo final ofrecido por Joaquín Balaguer. Luego se produjo el retorno de Leonel Fernández, en 2004 como un político tradicional y conservador.
Danilo Medina gobernó 8 años, apoyado por la estructura política del PLD. Rosario Espinal dijo entonces lo que ahora repite, que salvo una crisis de grandes dimensiones o una división del partido en el poder, el PLD seguiría gobernando.
Ocurre lo mismo con el Partido Revolucionario Moderno. Ningún outsider tiene posibilidad de generar entusiasmo en la sociedad dominicana. Por más carismático que sea, por más insultos que propague ni por más venganza social y política que represente. Si fuera por un tema de venganza, la izquierda dominicana ya habría alcanzado el poder, y jamás ha llegado a un 2 por ciento del electorado.
Por eso, pesar que un improvisado puede ser candidato exitoso es una aventura y una exageración. Si un partido ya extinguido como el reformista asume cualquier candidatura quedará en la más absoluta pequeñez, salvo que los dueños del PRSC reciben un poco más de dinero de los que entrega el Estado a través de la JCE.
Ni la sociedad dominicana más pobre, ni las redes sociales, ni los reclamantes vengativos que se quejan de todo, ni los ricos que financian campañas, ni las viejas entelequias políticas podrían revivir una situación como la ocurrida en Perú, en Colombia o en cualquier lugar donde un outsider pretenda ganar espacio, en la República Dominicana.
El espacio político dominicano está reservado para los partidos establecidos. Y no hay posibilidad de suicidio político. En nuestro país los partidos son conservadores. No es el caso de Colombia, donde un exguerrillero del M19 llegó a la presidencia, como Gustavo Petro, y tensó las relaciones institucionales. O Perú, donde Pedro Castillo, maestro y miembro del Partido Comunista, ganó las elecciones y fue derrocado por el Congreso.
El PRM, como partido en el poder y ratificado en el gobierno en 2024, hay que decir que tardó cinco años en consolidar una candidatura presidencial sólida. Aprovechó la división del PLD, y resultó exitoso, pero trajo consigo prácticamente a toda la militancia del viejo Partido Revolucionario Dominicano. También trajo sus métodos organizativos y de trabajo, y sus debilidades. El PRD y el PRSC son entelequias políticas. Fuerza del Pueblo es un partido que se fundó partiendo de un viejo partido de izquierda, el PTD. Y aún no llega al poder, pese a contar con un líder que tiene raíces políticas.
Todos los candidatos dominicanos son de derecha, con pequeñas diferencias, y la sociedad dominicana no pondrá en riesgo la democracia ganada, con grandes deficiencias, para entrar en un período de incertidumbre y de fiesta de la ignorancia y la banalidad. La historia política y electoral nuestra no deja espacio para estupideces como la que algunos agoreros de las redes auspician.
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