Las elecciones de medio término de Estados Unidos han dejado un veredicto claro. Desde 2006 no ocurría que las dos cámaras del Congreso fueran ganadas por uno de los dos partidos tradicionales de Estados Unidos; en este caso, por el opositor Partido Demócrata.
El presidente Donald Trump tiene que hacerse a la idea de que sus dos últimos años de mandato contarán con un Congreso controlado por completo por la oposición. El nuevo Congreso asumirá el 3 de enero de 2027 y decidirá sobre asuntos tan importantes como el presupuesto y una posible ley especial de migración o una reforma a la legislación vigente.
Los votantes entrevistados tras ejercer el sufragio coincidían en señalar que el alto costo de la vida fue el motivo principal para decidir a quién debían elegir, además del rechazo al exceso de violencia en la política de persecución a los migrantes indocumentados.
Y ese voto mayoritario no debe leerse como un mandato a los demócratas para que emprendan la venganza, sino como un mandato para gobernar en armonía y volver a unir a la sociedad estadounidense, afectada por el discurso extremista. La victoria fue amplia, un claro mensaje de desaprobación a la administración republicana, pero no es un cheque en blanco para los demócratas. La gente espera cambios positivos y resultados.
Ahora toca la gobernanza. Su legado en estos dos años finales dependerá menos de lo que logre imponer y más de lo que logre acordar.
Al presidente Donald Trump le corresponde reconocer la realidad del nuevo mapa político sin rencor. Su reacción inicial —“Yo no estaba en la papeleta y, si lo hubiera estado, ¡habríamos ganado por una victoria aplastante!”— pertenece a la campaña. Ahora toca la gobernanza. Su legado en estos dos años finales dependerá menos de lo que logre imponer y más de lo que logre acordar.
A los demócratas les corresponde igual responsabilidad. Usar la mayoría para oponerse por oponerse a cualquier propuesta del Ejecutivo y enfocarse solo en las elecciones presidenciales de 2028 sería tan dañino como la tentación republicana de ignorar el mensaje de las urnas.
Los demócratas lograron un gran triunfo. Ahora falta lo más difícil: demostrar que la alternancia no es enemistad y que la oposición puede trabajar de común acuerdo con el Ejecutivo.
Que de estas elecciones nazca un nuevo pacto de entendimiento. Que la Casa Blanca y el Capitolio vuelvan a hablarse, a escucharse y a gobernar juntos. Estados Unidos se lo debe a sus ciudadanos. Y el mundo, que no necesita más tensiones ni crisis, lo agradecerá.
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