Ayer, 11 de junio de 2026, el balón rodó por primera vez en el Estadio Ciudad de México para inaugurar la Copa del Mundo más grande de la historia. Cuarenta y ocho selecciones, 104 partidos, 16 ciudades sede. La FIFA prometió un torneo "abierto al mundo". Lo que el mundo vio en los días previos fue otra cosa, de acuerdo a lo que ha rescatado y sistematizado el periodista de Acento.com.do, Abraham Marmolejos, en el ponderado análisis El Mundial como escenario geopolítico: poder, tensiones y ausencias en la Copa del Mundo 2026 .
Y es que Omar Abdulkadir Artan llegó al aeropuerto de Miami el 6 de junio con su credencial de árbitro FIFA en la mano. Iba a convertirse en el primer somalí en pitar un partido mundialista. Las autoridades migratorias estadounidenses lo declararon inadmisible por "preocupaciones de verificación" y lo enviaron de regreso. Somalia exigió explicaciones. La FIFA tomó distancia. El árbitro se quedó sin Mundial. Y el torneo, apenas comenzando, ya tenía su primera crisis institucional.
No ha sido la única. La selección de Uzbekistán denunció trato diferenciado en los controles de seguridad. Irán acusó a Washington de usar los visados como filtro político: permisos que llegan tarde, delegaciones con acceso reducido, aficionados que compraron boletas y no pudieron entrar al país. El mecanismo es sutil pero eficaz: no hace falta prohibir la participación de nadie. Basta con administrar los tiempos, los formularios y las listas.
Esto no es un accidente de gestión. Es la lógica del poder autoritario, ultra-derechista, aplicada al deporte.
Si bien es cierto que el Mundial 2026 fue diseñado como símbolo de integración continental, recordemos que Estados Unidos, México y Canadá son tres vecinos con historias entrelazadas y tensiones no resueltas, pero que decidieron organizar juntos el torneo más visto del planeta. La narrativa era atractiva: Norteamérica unida, diversa, capaz. La realidad es más compleja.
Los tres países comparten estadios, pero no comparten una misma visión sobre quién puede moverse libremente por su región. La política migratoria más estricta de la administración Trump convirtió la visa en el jugador número doce de este Mundial, uno que no aparece en ningún fixture pero que puede dejar fuera a aficionados, periodistas, árbitros y funcionarios según su pasaporte de origen.
Para los ciudadanos del Caribe y América Latina, esa realidad no es nueva. La jerarquía del pasaporte existe antes del Mundial y existirá después. Pero el torneo la vuelve visible de una manera que choca frontalmente con el discurso de unidad que la FIFA vende cada cuatro años.
En ese contexto, el regreso de Haití al Mundial después de 52 años es una de las historias más poderosa del torneo. No por lo que dice del fútbol, sino por lo que dice del país. Una nación en crisis política, económica y de seguridad, que clasificó sin poder jugar en su propio territorio, que llega al Grupo C junto a Brasil, Marruecos y Escocia cargando el peso de una bandera que para muchos haitianos es hoy uno de los pocos símbolos capaces de generar orgullo colectivo.
Haití logró lo que el resto del Caribe no pudo. Y esto induce a una pregunta en voz alta: ¿Cuánto se ha invertido realmente en convertir el fútbol caribeño en un proyecto regional competitivo? República Dominicana, Cuba, Jamaica, Trinidad y Tobago siguen mirando desde afuera. El Mundial amplió su formato a 48 selecciones precisamente para abrir puertas históricamente cerradas.
Para nosotros, los dominicanos y las dominicanas, esa ausencia debería colocarnos en reflexión. Más, cuando América Latina llega deportivamente fuerte. Argentina campeona vigente, Brasil como favorito histórico, Colombia, Ecuador, Uruguay y Paraguay con equipos competitivos. La región produce buena parte del encanto de este Mundial. Pero producir encanto no es lo mismo que tener poder.
Los grandes beneficios comerciales, tecnológicos y organizativos de este torneo se concentran en economías con mayor capacidad de negociación. América Latina aporta el talento y la pasión. Otros capturan el negocio. Esa contradicción no es nueva, pero el Mundial 2026 la expone con una claridad particular, porque se juega en el patio trasero de la potencia que más influye sobre la región.
Para República Dominicana, el torneo tiene una dimensión adicional. El país no está en la cancha, pero sí en el entorno diplomático de un evento organizado por sus tres socios estratégicos más importantes. La relación con Washington, marcada hoy por el memorando del Escudo de las Américas y la presión migratoria creciente. La relación con México, referencia regional en el debate sobre frontera y soberanía. La relación con Canadá, vinculada a la diáspora caribeña y a la crisis haitiana que compartimos por historia y por geografía.
El Mundial siempre ha sido el telar del mundo. En 2026, muestra un orden global donde las potencias organizan, las marcas financian, los Estados controlan fronteras y los países con menos poder intentan competir en condiciones que no siempre dependen del mérito deportivo.
El fútbol nunca ha sido solo fútbol… Mientras el Azteca se llenaba de historia, esa frase volvió a cobrar sentido con una fuerza particular. El torneo más grande de la historia también es el más contradictorio. Y leerlo solo como espectáculo deportivo sería, precisamente, el gol en contra más fácil de evitar.
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