Hoy se cumplen 25 años de los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono. También se cumplen 53 años del golpe militar que derrocó a Salvador Allende en Chile. Que ambas fechas coincidan no es coincidencia del almanaque: es una invitación a leer el mundo con más cuidado.
El 11 de septiembre de 2001 mató a 2.977 personas en suelo estadounidense. El 11 de septiembre de 1973 instaló una dictadura que mató, torturó y desapareció a miles de chilenos durante 17 años. Los métodos fueron distintos. La lógica, la misma: destruir para imponer.
Acento rechaza el terrorismo en todas sus formas. Lo rechazó cuando Al Qaeda estrelló aviones contra civiles inocentes. Lo rechaza cuando actores estatales —con uniforme, con decreto o con silencio cómplice— ejercen violencia sistemática contra sus propios pueblos. No hay terrorismo bueno ni malo según quién lo padezca. Hay víctimas, y hay responsables.
BBC Mundo, medio aliado nuestro, ha reportado que Khalid Sheikh Mohammed, el arquitecto confeso de los ataques del 11-S, lleva 23 años detenido sin juicio definitivo. En julio de 2025, un tribunal rechazó el acuerdo de culpabilidad que habría evitado la pena de muerte. En agosto de 2026, un juez militar fijó el juicio para junio de 2028. Veintisiete años después del crimen más documentado de la historia reciente, el proceso sigue sin cerrarse.
Eso no es justicia. Es la demostración de que construir un sistema de excepción, cárceles sin garantías, interrogatorios con tortura, tribunales militares paralelos, termina por corroer la credibilidad del Estado que lo administra. Estados Unidos quiso castigar el terrorismo y creó, en el camino, una zona gris legal que hoy le impide condenar a su propio acusado con autoridad moral intacta, reporta BBC
Y es que hay una trampa en la que caen con frecuencia los análisis del 11-S: reducirlo a un problema de seguridad. Más vigilancia, más controles, más fronteras. Esa respuesta produjo guerras que costaron más vidas que los propios ataques, regímenes de vigilancia masiva que erosionaron libertades civiles y una islamofobia que todavía contamina la política occidental.
Al Qaeda no surgió de la nada. Surgió de décadas de intervenciones militares, de apoyo a dictaduras convenientes, de exclusión económica y de humillación cultural. Eso no justifica ningún crimen. Pero ignorarlo garantiza que el ciclo se repita.
El autoritarismo —el que viste uniforme militar y el que viste traje y gana elecciones— fabrica el resentimiento que luego explota. Chile lo vivió al revés: fue la democracia la que cayó bajo las botas. Pero el mecanismo es el mismo. Cuando las instituciones fallan, cuando la desigualdad se vuelve insoportable y cuando el disenso se criminaliza, el extremismo encuentra terreno fértil.
Hoy es una fecha que también late para la República Dominicana, aquí no se estuvo ajeno al 11-S. Ciudadanos y ciudadanas del país, migrantes y los que tienen raíces en esta patria, murieron en las torres. La diáspora en Nueva York vivió el horror de cerca. Y las consecuencias, el endurecimiento migratorio, el perfilamiento racial, la desconfianza hacia comunidades de origen árabe y latinoamericano, afectaron a miles de dominicanos en Estados Unidos durante años.
Tampoco somos ajenos a la historia del 11 de septiembre de 1973. América Latina entera pagó el precio de la doctrina que convirtió a los golpes militares en política exterior. La Operación Cóndor conectó a las dictaduras del Cono Sur con métodos que hoy reconocemos sin dudar como terrorismo de Estado.
Las Torres no están. El Palacio de La Moneda fue bombardeado. Pero las preguntas que dejaron esas fechas siguen abiertas: ¿Cómo construimos sociedades donde el extremismo no encuentre oxígeno? ¿Cómo juzgamos los crímenes del poder sin convertirnos en aquello que condenamos? ¿Cómo honramos a los muertos sin usar su memoria para justificar nuevas violencias? No hay respuestas sencillas. Pero renunciar a las preguntas es la única derrota que no tiene vuelta atrás.
En definitiva, recordar ambas fechas juntas, desde Santo Domingo, no es un ejercicio solo de memoria. Es asumir que la violencia política no respeta fronteras y que la democracia —frágil, imperfecta, indispensable— se defiende todos los días, no solo en los aniversarios.
Compartir esta nota