Los países de América Latina han desarrollado acciones diversas para establecer alianzas, constituir plataformas estratégicas de acción y de seguimiento a los procesos de la región. De igual manera, han establecido puntos de encuentro para analizar y tomar posición sobre asuntos de interés general. Los esfuerzos desarrollados han sido fragmentados y no siempre con la participación de todo el liderazgo de la región. Por ello, dentro de la zona se observan países más cercanos entre ellos y otros más distantes; y algunos excluidos de las relaciones y de la participación. Se puede afirmar que los países de la región han mostrado, también, intereses distintos. Unos son cautelosos para no afectar su relación con Estados Unidos; otros, mantienen una postura silente. Los hay que evidencian una postura que parecería oportunista.

Lo cierto es que, por múltiples razones, los países de América Latina y el Caribe han establecido alianzas teniendo como foco aspectos diferentes, como los de carácter económico, los de índole política y los vinculados a los problemas geopolíticos de la región. El impacto de estas alianzas no ha reflejado mucha efectividad en la región, aunque todavía permanecen vivas. Estas instancias, incluyendo la Organización de Estados Americanos (OEA), simplemente sobreviven. ALBA, Alianza Bolivariana para los pueblos de Nuestra América; CELAC, Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños; Mercosur, Mercado Común del Sur; Alianza Pacífico; la Asociación Latinoamericana de Integración y Comunidad Andina son plataformas importantes, pero su incidencia no genera transformaciones en la realidad de desigualdad y exclusión en la región. Estos espacios estratégicos tampoco reaccionan ante intervenciones militares, económicas y políticas.

América Latina y el Caribe cuentan con países que muestran un desarrollo aceptable y una presencia internacional de alto significado, como el caso de Brasil, Chile y México. Argentina exhibe un desarrollo inestable y una incidencia baja en la región. Todos estos y otros factores influyen para que los países de la región, excepto algunos, mantengan una postura ambigua ante pronunciamientos y acciones del liderazgo político de Estados Unidos que, a su vez, erosiona el liderazgo de la región latinoamericana y caribeña. Sin hacer un recorrido histórico y con solo nombrar el caso actual de Venezuela, se constata que estamos ante una gobernanza regional asustadiza, cautelosa en exceso y con escasa valentía para defender el respeto a los acuerdos internacionales que rigen y orientan la solución de problemas que incidan en ámbitos más allá del local.

En estos días, una pregunta recurrente es: ¿Qué capacidad de previsión y de negociación tiene la Organización de las Naciones Unidas (ONU)? Esta organización, de alcance mundial, parece que se encuentra estancada o atada por poderes externos con una fuerza extraordinaria que la paraliza y la disminuye. Por ello, se está convirtiendo en un espacio que llega tarde; le busca solución a hechos consumados. Esta dinámica de funcionamiento la convierte en una instancia que pierde credibilidad y la fuerza necesaria para garantizar respeto y cumplimiento de los acuerdos internacionales que se han establecido desde su creación. No pactamos con ningún líder político, tampoco con ningún país que se asocie a programas, proyectos o redes que fomenten y sostengan la corrupción, el narcotráfico, el terrorismo, el crimen organizado; pero mucho menos con los líderes que se consideran como la segunda versión del Salvador del mundo.

Los países del continente tienen que desarrollar esfuerzos de mayor solidaridad. Ahora, más que nunca, se necesita que las naciones de la región estrechen los lazos, se liberen del miedo y defiendan la soberanía de sus países hermanos. Es alarmante observar la indiferencia con la que se admite y se celebra el poder de una nación sobre otra, con reacciones a partir de hechos consumados. Ahora, más que nunca, es importante revisar y reconstruir espacios y estrategias que fortalezcan la democracia, la soberanía y los derechos de cada país. Fuera el uso abusivo del poder. Fuera la vuelta a procedimientos y acciones obsoletas y con aire regresivo. Abajo todo irrespeto a las normas internacionales que regulan los conflictos, los problemas entre las naciones y en el ámbito regional.

Atrás el miedo paralizante ante el endiosamiento de líderes marcados por excentricidades, individualismo y transgresión de principios y normas definidas y admitidas por las naciones del mundo. Las lecciones que el silencio de muchos países de la región le presenta a la juventud son realmente preocupantes. Los jóvenes observan impávidos cómo el país que lo vio nacer se oculta, desaparece, mientras otro recibe el peso de la nación más poderosa del mundo. Esto tiene repercusión en la enseñanza, en los aprendizajes, en la práctica cotidiana de la sociedad. No hay necesidad de quemar gomas; basta con manifestarse públicamente y defender los tratados internacionales que presentan estrategias y medios para proceder ante situaciones problemáticas, al tiempo que se respetan los derechos de las personas y de los pueblos en su conjunto.

Ahora, más que nunca, se necesita aunar fuerzas, construir colectivamente para defender la integridad de los países de la región; para fortalecer las capacidades colectivas; para trenzar políticas integrales en favor de la paz, de la libertad y de la acción conjunta. Ahora, más que nunca, es preciso tolerancia cero al uso desequilibrado del poder, a la eliminación de la soberanía de los pueblos de América. Repudio total a cualquier doctrina aislacionista; a toda práctica que legitime el control del otro para elevar la riqueza personal, política y económica de otros. Ahora, más que nunca, América Latina y el Caribe tienen que construir la unidad en la diversidad, para salvarse a sí misma; y para aportarle al mundo otra forma de convivencia y de impulsar el desarrollo.

Ahora, más que nunca, la región latinoamericana y caribeña tiene que salir del letargo; ha de abandonar el rezago; ha de mantenerse despierta y unida. Tiene que afinar su inteligencia natural; ha de conservar una mirada multidimensional para reaccionar con calidad y a tiempo; y para responder con lucidez y efectividad ante los problemas propios y de las naciones hermanas. Sí, es ahora, no después.

Dinorah García Romero

Educadora

Exrectora del Instituto Superior de Estudios Educativos Pedro Poveda (ISESP). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro Titular de la Carrera Nacional de Investigadores. Miembro de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Investigadora del ISESP. Dra. en Sicología de la Educación y Desarrollo Humano.

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