"No tenía esperanza de darle un hogar a mis hijos". La frase de Aris Martínez resume una realidad que comparten miles de familias dominicanas: trabajar todos los días y, aun así, ver cómo gran parte del salario desaparece cada mes en el pago del alquiler y acceder a una canasta básica.
En República Dominicana acceder a una vivienda propia sigue siendo uno de los mayores desafíos para los hogares de ingresos bajos y medios. Según la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (Enhogar 2025), el 60.7 % de las viviendas ubicadas en zonas urbanas son alquiladas o no pertenecen a quienes las ocupan, mientras que solo el 33.2 % corresponde a viviendas propias. En las zonas rurales ocurre lo contrario: el 57.3 % de los hogares posee su vivienda y el 27.6 % vive en alquiler.
La dificultad para convertirse en propietario también está vinculada a la oferta disponible en el mercado. El Registro de Oferta de Edificaciones (ROE), elaborado por la Oficina Nacional de Estadística (ONE), revela que las viviendas con precios de hasta RD$3 millones representan apenas el 6.8 % del área total en oferta de los proyectos activos del país.
En contraste, el mercado inmobiliario se concentra en segmentos de mayor valor. Las viviendas con precios entre RD$ 3 millones y RD$ 5 millones representan el 24.1 % del área ofertada, mientras que aquellas valoradas entre RD$ 8 millones y RD$ 15 millones concentran otro 24.2 %.
El desplazamiento hacia inmuebles de mayor costo también se aceleró durante 2025: la participación de las viviendas entre RD$ 8 millones y RD$ 15 millones pasó de 15.2 % a 23.4 % entre el primer y segundo semestre del año, y las unidades con precios entre RD$ 15 millones y RD$ 25 millones aumentaron de 5 % a 10.8 %.
Detrás de esas estadísticas están historias como las de Aris Martínez y Laura Maribel de la Cruz. Ambas son madres de tres hijos y durante años hicieron malabares para sostener a sus familias mientras el alquiler absorbía buena parte de sus ingresos.


Aris, nacida y criada en Montecristi, trabajó durante seis años como cajera en una banca de apuestas. Ganaba alrededor de RD$ 6,100 por quincena, de los cuales RD$ 5,500 se destinaban al alquiler. Con el tiempo, la renta aumentó a RD$ 7,500 y, además, el propietario imponía recargos cuando el pago no se realizaba exactamente el día acordado.
"Era una situación fuerte", recuerda. Además de criar sola a sus tres hijos, también tenía bajo su cuidado a un sobrino y, en ocasiones, debía recurrir a la ayuda de sus padres para completar los gastos del hogar.
Laura vivía una situación similar. Trabajaba como conserje en una empresa de motores por el salario mínimo, unos RD$ 10,000 mensuales, mientras pagaba RD$ 7,000 de alquiler.
"Sobrevivía", dice al resumir aquellos años.
Para completar los ingresos limpiaba casas y aceptaba trabajos ocasionales en bancas de apuestas. Las jornadas eran largas y el dinero nunca parecía suficiente.
Cuando alguno de sus hijos enfermaba, la única salida era pedir dinero prestado mediante préstamos informales con intereses de hasta un 20 %, lo que terminaba duplicando el monto recibido.
Las historias de ambas comenzaron a cambiar cuando recibieron una vivienda construida por Hábitat para la Humanidad República Dominicana. Desde entonces, el dinero que antes desaparecía en el alquiler tiene un destino distinto.
Aris asegura que ahora puede invertir más en la alimentación de sus hijos. "Uno puede rendir mejor la compra quincenal", afirma. Además, vive cerca de su madre, quien la ayuda a cuidar a los niños mientras trabaja como cajera en una farmacia.
Laura, por su parte, ya piensa en ampliar su vivienda. Quiere construir una nueva habitación y mejorar las condiciones del hogar para sus hijos, uno de los cuales padece anemia falciforme y requiere atención médica especializada en Santiago.
Aunque ambas reconocen que las dificultades económicas no desaparecieron, coinciden en que la tranquilidad de tener un techo propio cambió por completo su manera de enfrentar el futuro.
Para Aris, el mayor alivio es saber que nadie volverá a tocar la puerta para exigir el alquiler o amenazar con un desalojo. Laura lo resume con una frase sencilla: "Soy libre".
Las dos comparten también una misma prioridad: la educación de sus hijos. Aris procura que crezcan con valores y oportunidades. Laura, que tuvo que abandonar la universidad cuando fue madre, sueña con que sus tres hijos lleguen a ser profesionales.
Más allá de una vivienda, ambas encontraron estabilidad. Después de años de vivir al límite entre salarios insuficientes, alquileres y deudas, hoy pueden destinar sus ingresos a la alimentación, la salud y la educación de sus familias, objetivos que antes quedaban relegados por una obligación que llegaba cada fin de mes: pagar un techo que nunca sería suyo.
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