El año pasado, la destreza estadounidense en inteligencia artificial (IA) compensó con creces los efectos económicos perjudiciales de los aranceles de Donald Trump. Ahora, otras fortalezas —entre ellas la independencia energética, un ejército de inversionistas minoristas y el estatus del dólar como refugio seguro— están salvando a la economía y a los mercados estadounidenses de los peores efectos de su excursión en Irán.
Desde que comenzó la guerra el 28 de febrero, los precios de la gasolina han subido más del 20 por ciento en EE. UU., pero más pronunciadamente en muchos otros países. Los precios del gas natural apenas se han movido en EE. UU., mientras que se han disparado en el resto del mundo. En toda Europa y Asia, la escasez de energía está provocando un aumento de los precios de la electricidad, cierres de fábricas, suspensiones escolares, semanas laborales más cortas e insolvencias corporativas.
Aunque ningún país se está beneficiando de la guerra, económicamente los mayores perdedores se encuentran fuera de EE. UU. La señal de los mercados de bonos globales es que anticipan que la crisis energética impulse la inflación más rápidamente en países fuera de EE. UU. El equipo de Trump está presentando el alza de los precios del petróleo como un dolor a corto plazo para los consumidores, pero, en general, como algo positivo para un exportador neto de energía como EE. UU., cuyos productores podrían recibir una cuantiosa ganancia.
La relativa resiliencia de la economía estadounidense está alimentando la arrogancia del poder de EE. UU., la cual estaba presente mucho antes de Trump y está muy arraigada en la clase dirigente. Al fin y al cabo, la Administración Biden llevó la instrumentalización del dólar estadounidense a otro nivel al imponerle sanciones a Rusia. Últimamente, cuando yo les pregunto a los líderes de Silicon Valley y Wall Street sobre las amenazas a la economía estadounidense —desde la imprevisibilidad de las políticas hasta la disminución de la inmigración y los déficits presupuestarios récord—, ellos suelen encogerse de hombros como diciendo: "¿A dónde más va a ir el dinero?". La enorme ventaja estadounidense en el campo de la IA está reforzando esta narrativa.
La condición de ser una superpotencia naturalmente genera arrogancia. Y ningún país ha dominado el panorama financiero en la medida en que lo ha hecho EE. UU. en los últimos años, con una participación en los flujos del mercado global muy superior a su participación en la economía mundial.

Uno de los pilares del mercado estadounidense es su interminable ejército de inversionistas minoristas, los cuales siguen comprando acciones, y ese entusiasmo no se ha visto empañado por los sombríos titulares procedentes de Irán. Ellos han sido compradores netos prácticamente todos los días desde que comenzó la guerra y, como resultado, el mercado bursátil estadounidense se ha mantenido mejor que los mercados internacionales.
Aunque los extranjeros critican a Trump por una guerra desestabilizadora y de elección, no responsabilizan a EE. UU. en términos financieros. Ellos también siguen comprando acciones estadounidenses y apenas se aprecia una prima de riesgo Trump en los activos estadounidenses.
De hecho, el dólar se ha apreciado este mes frente a todas las demás divisas importantes del mundo. Esto ha revertido un período de depreciación que parecía indicar el fin de una larga racha alcista del dólar. Así que, de manera irónicamente paradójica, la aventura de Trump en Irán ha rescatado, al menos temporalmente, el papel del dólar como moneda refugio.
El leve impacto interno de la guerra hasta ahora sugiere que, una vez más, Trump está siendo rescatado por las fortalezas estadounidenses preexistentes. El poderoso dólar, el dominio de los mercados estadounidenses y las tecnologías revolucionarias tienen raíces que lo preceden.
Trump está sumando una caótica guerra armada a una guerra arancelaria mal concebida y, en gran medida, se está saliendo con la suya, en parte porque otras naciones se han vuelto demasiado dependientes de EE. UU., militar, tecnológica y, sobre todo, financieramente. Algunos países recientemente han intentado desacoplarse de EE. UU. aumentando el gasto en defensa; ordenando a los bancos centrales que mantengan menos dólares en sus reservas; o firmando acuerdos comerciales que no incluyan a EE. UU. Pero las desproporcionadas repercusiones económicas del conflicto con Irán demuestran que deben hacer mucho más.
La ley de la selva prevalece, y la mejor manera de que las potencias más pequeñas sobrevivan en un mundo donde el poder hace la fuerza es actuar en grupo. Las naciones podrían formar coaliciones de negociación para responder a las amenazas arancelarias, en lugar de permitir que Trump imponga acuerdos a un objetivo desproporcionadamente débil uno a la vez. Los europeos podrían centrarse más en crear una estructura militar unificada y darle prioridad al gasto destinado a lograr la independencia energética. Muchos países podrían fortalecer sus propios mercados financieros animando a los inversionistas nacionales y a los fondos soberanos a invertir más dentro de sus fronteras.
Hasta que Trump no se enfrente a un serio rechazo interno por sus diversas guerras, seguirá ejerciendo el poder estadounidense de manera desenfrenada. El 90 por ciento de los republicanos alineados con el movimiento MAGA de Trump respaldan la campaña contra Irán, por lo que otras naciones no pueden limitarse a esperar que su base se rebele. Estas naciones necesitan hacer más para fortalecerse, colectiva e individualmente, o seguirán sufriendo más daños por los caprichos de un errático líder estadounidense.
(Ruchir Sharma. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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