La nota publicada por el Banco Central de la República Dominicana (BCRD) en su foro Página Abierta, sobre la dinámica reciente del tipo de cambio y el esquema de metas de inflación, merece un espaldarazo técnico explícito. El documento no se limita a fijar posición institucional: expone su marco analítico, presenta las cifras que lo sustentan y las somete al escrutinio público. Ese ejercicio de rendición de cuentas analítica es, en sí mismo, una señal de madurez institucional, y sus conclusiones resisten el examen técnico. Esta columna las respalda y agrega criterios adicionales que refuerzan la argumentación.
El primer acierto es conceptual. Bajo un esquema de metas de inflación, el tipo de cambio no constituye ni objetivo ni instrumento de política: es un precio endógeno y, sobre todo, un amortiguador de choques externos. Desde 2012 el ancla nominal de la economía dominicana no es el dólar, sino la meta de 4 % ± 1 %. Exigir la defensa de un nivel cambiario determinado equivale a solicitar el abandono de esa ancla y el retorno a un régimen donde la política monetaria queda subordinada al sostenimiento de una paridad. La trinidad imposible lo resume con precisión: con cuenta de capital abierta y política monetaria autónoma, la flotación no es una preferencia de estilo, es una consecuencia aritmética.
El segundo acierto es empírico, y conviene subrayarlo con más énfasis del que la propia nota le concede. El BCRD informa compras de divisas por US$415 millones en lo que va de año, sin ventas en el mercado spot. La dirección de esa operación es determinante: comprar dólares es apoyar al dólar, es decir, atenuar la apreciación y no provocarla. No existe mecanismo por el cual una moneda se aprecie mediante la compra sistemática de la divisa contraria.
El fortalecimiento del peso responde al ingreso de unos US$ 2,800 millones adicionales de divisas frente a igual periodo del año anterior, provenientes de exportaciones (US$ 8,746 millones), turismo (US$ 6,716 millones), remesas (US$ 6,291 millones) e inversión extranjera directa (US$ 3,277 millones), en un entorno de debilitamiento global del dólar. El fenómeno es además regional: Colombia acumula 20.2 %, Costa Rica 10.7 %, Paraguay 10.6 % y Brasil 7.3 %, frente al 8.1 % dominicano.
A esa argumentación pueden sumarse tres criterios técnicos adicionales de apoyo:
El primero es la caída del coeficiente de traspaso cambiario a precios. En los episodios de 2003 y 2004, cada punto de variación del dólar se trasladaba a la inflación en una proporción muy elevada. Hoy el peso se aprecia 8.1 % sin que ello desate expectativas deflacionarias ni reajustes generalizados de precios, precisamente porque los agentes anclan sus expectativas en la meta anunciada y no en la pizarra cambiaria. Ese descenso del traspaso es la evidencia empírica más sólida de que el esquema funciona, y es un logro acumulado, no coyuntural: catorce años de operación con una inflación interanual promedio de 4.0 %, exactamente el centro del rango objetivo.
El segundo criterio adicional atañe a la sostenibilidad externa. Un déficit de cuenta corriente proyectado en torno al 1.3 % del producto interno bruto, financiado casi tres veces por inversión extranjera directa, describe un financiamiento de calidad y de largo plazo, no de capitales golondrina sujetos a reversión abrupta. Bajo ese perfil, la apreciación observada resulta congruente con los fundamentos y no con una desalineación cambiaria. La reclasificación del régimen dominicano de administrado a flotación por parte del Fondo Monetario Internacional en 2025 confirma esa lectura desde una fuente externa e independiente.
El tercer criterio proviene de la banca, dimensión que la nota no aborda y que refuerza su tesis. Un régimen de flotación creíble obliga a las entidades de intermediación financiera a gestionar el riesgo cambiario de manera efectiva, en lugar de descansar en un seguro implícito de la autoridad monetaria. Ello disciplina la posición neta en moneda extranjera, mejora la evaluación de deudores no generadores de divisas y favorece la desdolarización gradual del fondeo. Más importante aún, el anclaje de expectativas es la condición que hace viable el crédito en pesos a plazos largos y la construcción de una curva de referencia en moneda nacional, dos piezas sin las cuales no existe mercado hipotecario ni de capitales profundo. La flotación con metas de inflación no es solo un arreglo monetario: es infraestructura financiera.
Sobre esa base, la agenda de fortalecimiento apunta a consolidar lo alcanzado: divulgar de forma periódica el marco y los criterios de intervención, así como la metodología de estimación del tipo de cambio efectivo real de equilibrio. La credibilidad se robustece cuando es verificable.
La confianza en las autoridades monetarias constituye hoy el principal activo intangible de la economía dominicana. No se decreta ni se sostiene con comunicados: se construye entregando la meta año tras año y explicando las decisiones con datos. La nota de Página Abierta se inscribe en esa práctica y, por ello, merece respaldo.
Compartir esta nota