La semana pasada se publicaron los resultados de PISA 2025. Como ocurre cada tres años, aparecieron inmediatamente titulares, rankings, comparaciones y explicaciones. Algunas destacaron pequeñas mejoras. Otras recordaron que la República Dominicana continúa entre los países con resultados más bajos.
Pero quizás estamos mirando el problema desde una perspectiva demasiado educativa.
PISA no es solamente una prueba sobre escuelas. Es también una mirada anticipada al mercado laboral que tendremos dentro de diez años.
Los jóvenes evaluados hoy tendrán alrededor de 25 años en 2035. Serán los técnicos, empleados, emprendedores, programadores, supervisores, ingenieros y profesionales que deberán sostener una economía dominicana que aspira a competir en inteligencia artificial, manufactura avanzada, semiconductores, nearshoring y servicios de mayor valor agregado.
Y los resultados deberían preocuparnos.
PISA no pregunta cuánto memorizamos
El Programme for International Student Assessment (PISA) de la OCDE evalúa cada tres años a estudiantes de aproximadamente 15 años. En 2025 participaron más de 760,000 jóvenes de 91 países y economías, representativos de unos 33 millones de adolescentes. El estudio se concentró esta vez especialmente en ciencias, además de evaluar lectura, matemáticas y resolución computacional de problemas.
La diferencia fundamental con muchos exámenes escolares es que PISA no busca saber simplemente si un estudiante recuerda una fórmula o una definición. Evalúa si puede utilizar lo que sabe.
¿Puede comprender un texto y extraer una conclusión? ¿Interpretar información? ¿Resolver un problema matemático relativamente sencillo? ¿Leer un gráfico y determinar si los datos respaldan una afirmación científica?
El nivel 2 es considerado por la OCDE como el umbral de competencia básica. No estamos hablando de cálculo avanzado, física cuántica o literatura clásica. Como explica el propio informe, por debajo de ese nivel un joven puede tener dificultades para entender textos sencillos, interpretar datos básicos o relacionar cantidades y precios en situaciones cotidianas.
Precisamente por eso PISA importa. Permite comparar sistemas educativos utilizando la misma vara y, sobre todo, relacionar educación con la capacidad futura de una economía para generar productividad y prosperidad. La propia OCDE describe PISA no como una simple tabla de posiciones, sino como una brújula que permite identificar qué hacen diferente los sistemas educativos que obtienen mejores resultados.
361, 346 y 339
Los resultados dominicanos de 2025 son 361 puntos en ciencias, 346 en lectura y 339 en matemáticas. Los promedios de la OCDE son respectivamente 482, 461 y 463.
Frente a 2022 prácticamente no nos movimos: ciencias quedó prácticamente igual; matemáticas permaneció en 339; y lectura cayó de aproximadamente 351 a 346. Si ampliamos la mirada a una década, la imagen es algo mejor, pero difícilmente tranquilizadora. República Dominicana participó por primera vez en PISA en 2015. Entonces obtuvo aproximadamente 332 puntos en ciencias, 358 en lectura y 328 en matemáticas. En una década hemos avanzado en ciencias y algo en matemáticas, mientras que hemos retrocedido en lectura.
Hay, por tanto, progreso. Especialmente en ciencias. Pero progreso no es lo mismo que convergencia.
La propia OCDE reconoce una particularidad dominicana que debemos tener en cuenta: desde 2015 aumentó considerablemente la proporción de jóvenes de 15 años cubierta por PISA. Esto significa que hoy el sistema incorpora a estudiantes que anteriormente podían haber quedado fuera de la educación secundaria y que, en promedio, suelen pertenecer a grupos más vulnerables. República Dominicana, Camboya y El Salvador fueron los únicos países con un fuerte aumento de cobertura que además consiguieron mejorar al menos una materia.
Es un dato positivo, pero tampoco debería convertirse en una excusa. Los jóvenes más vulnerables que hoy están dentro del sistema son precisamente quienes deberían haberse beneficiado de trece años de una inversión pública educativa mucho mayor.
Y aquí aparece el dato que debería dominar la discusión nacional: 69.3% de los estudiantes dominicanos se encuentra por debajo del nivel básico simultáneamente en matemáticas, lectura y ciencias.
La OCDE denomina a estos jóvenes low performers. En el promedio de la OCDE, aproximadamente 20% de los estudiantes está hoy por debajo del nivel básico en las tres materias.
A veces se utiliza para este fenómeno la expresión “analfabetismo funcional”. Técnicamente no es exacta: PISA mide competencias mucho más amplias que alfabetización. Pero económicamente la señal es incluso más preocupante. Estamos hablando de jóvenes escolarizados que, después de años dentro del sistema, no alcanzan simultáneamente el nivel básico para aplicar lectura, matemáticas y ciencias a situaciones reales.
Trece años del 4%
Esto nos lleva inevitablemente al dinero. La Ley General de Educación 66-97 ya establecía el objetivo del 4% del PIB para educación. Pero fue a partir de 2013, después de una fuerte movilización social y del mandato incluido en la Estrategia Nacional de Desarrollo, cuando el país comenzó efectivamente a asignar esos recursos al MINERD.
Desde entonces han transcurrido trece ejercicios completos hasta 2025.
Sumando la ejecución anual publicada por el propio MINERD, entre 2013 y 2025 se gastaron aproximadamente RD$2.37 billones en educación preuniversitaria. Solo en 2025 fueron más de RD$300,000 millones.
Es una cantidad extraordinaria de recursos. El problema, por tanto, ya no puede plantearse solamente como falta de dinero. Y tampoco debemos cometer el error de llamar automáticamente “inversión” a todo ese gasto. Una inversión debería generar un retorno. Dentro del presupuesto educativo existen salarios, infraestructura y formación docente, pero también gastos administrativos, publicidad y muchas otras partidas. Por eso, después de trece años, la pregunta relevante no es solamente cuánto hemos destinado a educación, sino qué resultados hemos obtenido con esos recursos.
La comparación internacional es reveladora. Países latinoamericanos que gastan cantidades comparables (y en algunos casos inferiores) por estudiante consiguen resultados considerablemente mejores.
Uruguay obtiene 445 puntos en ciencias frente a nuestros 361. Chile llega a 442. Costa Rica, Colombia, México y Brasil también se encuentran claramente por encima de República Dominicana.
No significa que debamos gastar menos. Significa que debemos preguntar algo mucho más incómodo:
¿Cuánto aprendizaje estamos comprando con cada peso del 4%?
La propia OCDE advierte que gastar más no garantiza automáticamente mejores resultados. Lo expresa con un ejemplo extremo: Luxemburgo registra el mayor gasto acumulado por estudiante entre los países analizados, pero obtiene resultados en ciencias inferiores a Irlanda, Francia e Italia, que gastan menos de la mitad. Lo que importa no es únicamente cuánto se gasta, sino cómo se utilizan esos recursos.
Importan la calidad de los docentes, lo que ocurre dentro del aula, el currículo, la disciplina, la gestión y la capacidad de concentrar los recursos donde realmente producen aprendizaje.
También existen nuevas señales de alerta. PISA 2025 dedica una atención considerable al impacto de la digitalización. La OCDE encuentra que un uso moderado de dispositivos digitales para aprender puede estar asociado con mejores resultados, mientras que el uso excesivo y la distracción digital se relacionan con resultados inferiores.
Esto tampoco significa que la tecnología sea el problema. Significa que entregar dispositivos o conectividad no produce automáticamente aprendizaje. La tecnología amplifica un buen proceso educativo, pero difícilmente puede sustituirlo.
Queremos semiconductores, IA y nearshoring
Aquí aparece una contradicción que atraviesa muchos de los temas que hemos discutido en esta columna durante los ultimos años. Queremos atraer inversión extranjera de mayor valor agregado. Queremos aprovechar el nearshoring. Hemos desarrollado una estrategia para fomentar la industria de semiconductores y queremos formar talento en microelectrónica.
También queremos convertirnos en un hub regional de inteligencia artificial. Se anuncian becas, programas de capacitación en IA, cloud computing, programación y competencias digitales.
Todo esto me parece positivo. Pero existe una pirámide de talento que no podemos saltarnos. En la punta están los ingenieros, científicos de datos, especialistas en ciberseguridad, diseñadores de chips y expertos en inteligencia artificial. Debajo están los técnicos, programadores y operadores especializados. Debajo de ellos está la educación universitaria y técnico-profesional.
Y en la base de toda esa pirámide hay algo mucho menos glamoroso: saber leer, comprender, calcular y razonar.
Podemos entregar miles de becas de inteligencia artificial. Debemos hacerlo. Pero si una parte muy grande de la población joven tiene dificultades para comprender un texto o resolver un problema matemático básico, corremos el riesgo de que esas oportunidades lleguen principalmente a quienes ya poseen una buena base educativa.
Y entonces aparece una paradoja: una política diseñada para cerrar la brecha digital podría terminar ampliándola.
Eso no significa que debamos reducir las becas tecnológicas. Al contrario. Significa que necesitamos actuar simultáneamente en los dos extremos: desarrollar una élite tecnológica capaz de competir internacionalmente y elevar drásticamente las competencias básicas del conjunto de la población.
La propia PISA 2025 ofrece una advertencia particularmente relevante para la era de la inteligencia artificial. La OCDE señala que las competencias que más necesitamos ahora son precisamente aquellas que están bajo presión: evaluar información, conectar distintas fuentes y pensar críticamente sobre lo que leemos.
La preparación digital, recuerda el informe, no comienza con los dispositivos. Comienza con la capacidad de concentrarse, interpretar, sintetizar y razonar.
El costo económico llegará después
La consecuencia tampoco termina en las escuelas. Una economía con bajos niveles de competencias tiene más dificultad para aumentar productividad, atraer inversiones intensivas en conocimiento y pagar mejores salarios. Las empresas encuentran menos talento y deben invertir más en capacitación. Actividades de baja productividad sobreviven durante más tiempo y la informalidad se vuelve más difícil de reducir.
Esto afecta directamente nuestro futuro modelo económico.
Durante décadas República Dominicana ha podido crecer apoyándose en turismo, zonas francas, construcción, remesas y servicios. Para mantener tasas elevadas de crecimiento durante las próximas décadas necesitaremos añadir actividades con mayor productividad y mayor contenido tecnológico.
El nearshoring tampoco consiste simplemente en estar cerca de Estados Unidos. Una multinacional compara infraestructura, estabilidad, electricidad, logística, costos y fiscalidad. Pero también pregunta:
¿Dónde están las personas capaces de operar mi empresa?
Ahí competimos con México, Costa Rica, Colombia, Uruguay y Chile, entre otros países que persiguen exactamente las mismas inversiones. Y todos ellos obtienen mejores resultados PISA que nosotros. La disponibilidad de talento se convierte así en una forma de infraestructura económica tan importante como un puerto, una carretera o una red eléctrica.
Necesitamos un leapfrog educativo
República Dominicana no puede conformarse con mejorar lentamente. Partimos demasiado atrás.
Necesitamos un leapfrog educativo.
Leapfrog significa literalmente “saltar por encima”. En desarrollo económico y tecnológico se utiliza para describir lo que ocurre cuando un país no avanza únicamente mediante pequeños pasos incrementales, sino que da un salto que le permite cerrar rápidamente una brecha acumulada, saltarse etapas intermedias e incluso colocarse por delante de quienes hasta entonces llevaban la ventaja.
Eso es precisamente lo que necesitamos en educación. Mejorar dos o tres puntos cada tres años no será suficiente para alcanzar a los países con los que queremos competir. Necesitamos cambios disruptivos que produzcan una mejora mucho más rápida y profunda en el aprendizaje.
Y disruptivo no significa experimentar sin rumbo ni sustituir todo lo que existe. Significa atrevernos a cuestionar aquello que, después de trece años y RD$2.37 billones gastados, no está produciendo los resultados necesarios.
Eso comienza por convertir el aprendizaje —no la ejecución presupuestaria, las aulas construidas, las laptops entregadas o el número de cursos impartidos— en el principal indicador de éxito del sistema.
La OCDE recomienda concentrarse en menos contenidos fundamentales pero enseñarlos con mayor profundidad; elevar las expectativas para todos los estudiantes; fortalecer las competencias pedagógicas de los docentes; alinear currículo, enseñanza y evaluación; dirigir recursos hacia los alumnos que más los necesitan; reducir las distracciones digitales; y utilizar la IA como herramienta que fortalezca el razonamiento, no como sustituto del mismo.
Yo añadiría algo más: después de trece años del 4%, necesitamos empezar a medir explícitamente el retorno educativo de ese gasto.
No solamente cuánto gastamos, sino cuánto mejora lectura por cada peso adicional. Cuánto mejora matemática. Qué escuelas logran resultados extraordinarios con poblaciones vulnerables y qué hacen diferente. Qué programas funcionan. Cuáles no. Y cuáles debemos tener el valor de dejar de financiar.
Necesitamos identificar las mejores escuelas y maestros, aprender de ellos y escalar lo que funciona. Experimentar, medir y corregir rápidamente. Vincular una parte mucho mayor de la gestión educativa a resultados verificables de aprendizaje.
Eso sí sería disruptivo.
El 4% fue el comienzo, no el objetivo
Hace trece años República Dominicana tomó una decisión histórica: gastar mucho más en educación. Fue una decisión correcta y necesaria. Ahora necesitamos dar el segundo paso.
Después de aproximadamente RD$2.37 billones gastados, estabilidad ya no puede considerarse éxito. Un país que parte desde tan abajo no necesita mantener posiciones. Necesita alcanzarlas. Y el tiempo importa.
Los estudiantes de PISA 2025 estarán entrando plenamente al mercado laboral cuando discutamos la República Dominicana de 2035 y 2036. Queremos que para entonces nuestra economía sea más grande, más productiva, más tecnológica y menos informal.
En prácticamente todas las discusiones sobre el futuro económico dominicano en mis articulos terminamos llegando a la misma palabra: talento.
Talento para inteligencia artificial. Talento para semiconductores. Talento para ciberseguridad. Talento para servicios internacionales. Talento para atraer inversión extranjera. Talento para aumentar la productividad de nuestras propias empresas. PISA nos recuerda que ese talento no aparece mágicamente a los 22 años cuando un joven entra a una universidad o recibe una beca tecnológica. Se construye mucho antes.
No existe inteligencia artificial sin inteligencia humana. No existen semiconductores sin matemáticas. No existe economía del conocimiento sin comprensión lectora.
Y no existe leapfrog económico sin un leapfrog educativo.
El 4% nos dio los recursos. PISA nos está preguntando qué hicimos con ellos.
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