Mientras el país se prepara para celebrar este domingo el Día del Padre con el calor de los hogares dominicanos, en los laboratorios del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC) dos mujeres de ciencia seguirán trabajando en algo que también tiene que ver con el futuro de las familias: cómo hacer que los materiales que usamos a diario dejen de envenenar el planeta que les heredamos a nuestros hijos.

Hay algo profundamente simbólico en que la yuca —el tubérculo que alimentó a los taínos y que sigue siendo base de la cocina dominicana— pueda convertirse en la materia prima de un nuevo tipo de plástico que no destruya el ambiente. Eso es exactamente lo que investigan Pamela Tejada Tejada y Yadieli Vargas desde el Laboratorio de Reactores y Biorreactores del INTEC: cómo transformar lo que se descarta en algo que construya un futuro más limpio.

¿Qué es un bioplástico y en qué se diferencia del plástico común?

Esta es una de las preguntas más buscadas en internet sobre el tema, y la respuesta no es tan simple como parece.

El plástico convencional, explica Tejada Tejada, es un material derivado del petróleo, extremadamente versátil y útil, pero con un problema central: es persistente. Puede tardar cientos de años en degradarse, acumulándose en suelos, ríos y océanos. Los bioplásticos, en cambio, se elaboran a partir de materias primas de origen vegetal o renovable, como el almidón de yuca o la cascarilla de arroz, y están diseñados para tener un ciclo de vida más corto y menos dañino para el ambiente.

"No hablamos de una sustitución del plástico, sino de una complementariedad", aclara la encargada de la Unidad de Innovación en Bioplásticos y Biomateriales del INTEC.

"El plástico es un material muy valioso. Lo que buscamos es que, principalmente los plásticos de un solo uso, los desechables, puedan incorporar la parte biobasada".

Pamela Tejada Tejada

¿Biodegradable significa que se degrada en cualquier lugar?

No. Y este es quizás el malentendido más extendido entre los consumidores.

Tejada lo explica con una analogía precisa: "La biodegradabilidad es como un nombre. Mi nombre no es solamente Pamela, es Pamela Tejada. La biodegradabilidad funciona igual: tiene nombre y apellido. Es biodegradable, pero en qué medio".

Un material puede ser biodegradable en suelo, pero no en el mar. Puede degradarse en condiciones de compostaje industrial, pero permanecer intacto en un río durante décadas. Por eso, cuando se habla de bioplásticos, la pregunta clave no es solo si se degrada, sino dónde y bajo qué condiciones.

"Si el fin de vida de un envase de detergente va a terminar en un río, no me interesa que sea biodegradable en compost", señala la investigadora. La aplicación del material debe determinar el tipo de biodegradabilidad que se busca, y esa información debería estar claramente detallada en las etiquetas de los productos.

¿Qué significa realmente que algo sea "ecofriendly"?

Otro término que domina las búsquedas de consumidores y consumidoras —y que genera mucha confusión— es ecofriendly. Las investigadoras del INTEC son directas al respecto: la palabra sola no garantiza nada.

"Es un término tan amplio que una sola prueba se queda corta", advierte Tejada. "Hay que tener bases científicas y objetivas para poder validarlo. Si algo es ecofriendly, dime cómo: en qué sentido, si se hizo un análisis de ciclo de vida completo, qué tanto influye en emisiones, en uso de agua".

El análisis de ciclo de vida es esa "radiografía total" del producto: desde dónde se obtiene la materia prima hasta dónde termina cuando se descarta. Sin ese análisis, el ecofriendly es, en el mejor de los casos, una promesa incompleta.

¿De qué están hechos los bioplásticos que investigan en el INTEC?

Aquí es donde la investigación se vuelve especialmente local y poderosa. Yadieli Vargas, estudiante de término de Biotecnología, trabaja con dos residuos agroindustriales abundantes en la República Dominicana: la cascarilla de arroz y el almidón de yuca de descarte.

"En nuestro país consumimos mucho arroz. Asimismo como se consume, es la cantidad de residuos", explica Vargas. "Actualmente tenemos una gran cantidad de cascarilla de arroz que muchas veces se quema, otras veces se usa para abono, pero la mayoría de las ocasiones se desperdicia y termina generando más emisiones de dióxido de carbono".

La yuca, por su parte, proviene de biomasa en proceso de descomposición: tubérculos que ya no pueden venderse ni consumirse. De esa yuca descartada se extrae el almidón, que funciona como matriz polimérica —la base del bioplástico— y se refuerza con las fibras de la cascarilla de arroz para mejorar sus propiedades mecánicas.

El resultado es un biocompuesto: un material resistente, de origen vegetal, elaborado íntegramente con lo que antes era basura.

¿Por qué es tan difícil hacer bioplásticos con residuos?

El proceso no es sencillo. Vargas lo describe con honestidad: "Suena muy fácil decir 'extraer almidón de yuca de una biomasa en descomposición'. Sin embargo, todo eso conlleva un proceso de esterilidad y microbiología, porque esa yuca ya viene con fermentación hecha por microorganismos".

Esos microorganismos pueden continuar fermentando el almidón extraído, arruinando el material antes de que pueda usarse. Para controlarlo, Vargas realiza mensualmente pruebas microbiológicas de identificación —mediante una técnica llamada MALDI-TOF— y análisis fisicoquímicos como espectroscopía infrarroja, medición de actividad de agua, humedad y pH.

"Eso me permite saber qué tanto tiempo, bajo las condiciones en que lo almaceno, puedo utilizarlo para crear el biocompuesto".

Yadieli Vargas

La cascarilla de arroz, por su parte, requiere tratamientos alcalinos, ácidos o enzimáticos para exponer su celulosa y lograr que se adhiera correctamente al almidón. "Así tenemos un material con buena composición y que la fibra se mantenga adherida a la matriz", detalla.

¿Pueden estos bioplásticos fabricarse a escala industrial?

Sí, y ese es precisamente el horizonte que persigue la Unidad de Innovación en Bioplásticos y Biomateriales del INTEC.

Las maquinarias que utilizan en el laboratorio son equivalentes a las de la industria. El proceso incluye la producción de pellets —pequeños gránulos similares al pienso animal— que luego se procesan para obtener láminas y otros materiales. Esas láminas son sometidas a pruebas físicomecánicas, térmicas, morfológicas y de biodegradabilidad antes de considerarse listas para escalar.

"Buscamos que todo lo que se cree tenga un enfoque no solo a nivel de laboratorio, sino que pueda salir y brindar una alternativa real a la situación que estamos enfrentando", afirma Tejada.

La próxima vez que veas un envase que dice "ecofriendly" o "biodegradable", ya sabe qué preguntar: ¿biodegradable dónde, bajo qué condiciones y con qué evidencia? Esa pregunta, que parece técnica, es también un acto de ciudadanía ambiental.

Una guía para toda la región

El trabajo del INTEC trasciende las fronteras dominicanas. La institución participó en la elaboración de la Guía Técnica Regional de Plásticos Biobasados, Bioplásticos y Compostables, desarrollada en conjunto con el proyecto SICA Azul, la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo (CCAD) y con financiamiento del gobierno de Taiwán.

La guía abarca a los países de la región SICA —Centroamérica y República Dominicana— y busca clarificar los términos que generan más confusión: qué es un bioplástico, qué es biobasado, qué es biodegradable y qué es compostable. También incluye los métodos de validación y las normas internacionales para certificar que un material cumple realmente con esas características.

Dos mujeres de ciencia en el centro de la conversación

Pamela Tejada Tejada comenzó su camino en la investigación como estudiante de Biotecnología en el INTEC, donde se graduó en 2019 con una tesis sobre la caracterización del sargazo. Hoy es encargada del Laboratorio de Reactores y Biorreactores y cursa la Maestría en Ciencias Ambientales, con una tesis enfocada en el desarrollo de nuevos materiales biobasados a partir de residuos locales.

Yadieli Vargas se incorporó a la investigación desde el segundo año de universidad. Su proyecto de tesis de grado gira en torno a los biocompuestos de almidón de yuca reforzados con cascarilla de arroz, un trabajo que combina microbiología, química de materiales y visión de sostenibilidad.

Ambas representan algo que el país necesita con urgencia: científicas jóvenes, dominicanas, trabajando con lo que tenemos —la yuca, el arroz, el coco, el sargazo— para resolver problemas globales desde una perspectiva local.

Indhira Suero y Elvira Lora

Periodistas

Periodistas y conductoras de Mirada Femenina, matutino de Acento TV; de lunes a viernes a las 7:00 a.m.

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