República Dominicana ha organizado los Juegos Centroamericanos y del Caribe dos veces antes de Santo Domingo 2026 —en 1974 y en 1986— y en ambas ocasiones el país celebró, compitió y luego siguió igual.

Las instalaciones se deterioraron. Los programas de formación no se sostuvieron. Los atletas que brillaron en casa volvieron a entrenar sin condiciones. El ciclo se repitió.

Ahora llega la tercera vez. Y esta vez es distinta; debe serlo

El argumento del centenario no alcanza

Que los XXV Juegos coincidan con el centenario del certamen es un dato histórico real. Que Santo Domingo sea la sede de esa edición es, también, un hecho con peso simbólico, pero los símbolos no construyen pistas de atletismo ni forman entrenadores.

Lo que hace diferente a esta edición no es el número romano ni el aniversario redondo. Es la escala: 6 mil 200 atletas, 40 países, 53 disciplinas. Es la mayor edición en cien años de historia del certamen. Y eso impone una responsabilidad proporcional.

Cuando un país organiza el evento más grande de su historia deportiva, tiene dos opciones: usarlo como trampolín o usarlo como foto. República Dominicana ha elegido la foto antes.  Ahora parecer existir la voluntad real de hacer algo distinto.

El dinero llegó. Eso no es lo normal

Hay que reconocer lo que merece reconocimiento: RD$893 millones transferidos al Comité Olímpico Dominicano en cinco partidas, con los fondos depositados en cuenta antes del evento.

El ministro Kelvin Cruz lo dijo sin rodeos el 20 de mayo: "No es que vamos a esperar que llegue la Contraloría, el cheque o el trámite burocrático; es que ya los fondos están en la cuenta del Comité Olímpico Dominicano".

Eso no es retórica. En un país donde los atletas han competido en el exterior con deudas pendientes, donde las federaciones han operado con presupuestos fragmentados y tardíos, donde la burocracia ha sido históricamente el primer obstáculo del deporte dominicano, que el dinero llegue a tiempo y completo es, en sí mismo, una noticia, una buena noticia.

Pero el dinero es condición necesaria, no suficiente. La pregunta que el gobierno responderá en los hechos es qué pasa el 9 de agosto, cuando los atletas regresen a sus clubes, a sus provincias, a sus rutinas.

Lo que se construye y lo que se inaugura

El Malecón Deportivo, el pabellón de taekwondo, la pista sintética del Estadio Olímpico Félix Sánchez: son inversiones reales en infraestructura que el país necesitaba. Nadie debería minimizarlas.

Pero hay una diferencia entre construir para los juegos y construir para el deporte. La primera tiene fecha de entrega. La segunda no termina nunca.

República Dominicana tiene un historial de inaugurar instalaciones que luego no tienen mantenimiento, programas que se financian en año electoral y se recortan después, y atletas que se forman para un ciclo y luego quedan sin estructura. Si eso se repite, los XXV Juegos habrán sido una gran fiesta, pero sin mañana.

La generación que compite en casa

Hay algo que esta edición tiene que las anteriores no tuvieron: una generación entera de atletas dominicanos que ya conoce al dedillo lo que es la competencia internacional. Ya no son debutantes. Han clasificado, han ganado, han perdido, han aprendido. Competir en casa, ante su propio público, en instalaciones nuevas, con la mejor preparación económica que el Estado les ha dado, es una combinación que no se repite fácilmente.

Eso es lo que está en juego deportivamente. No solo las medallas —que importan— sino la posibilidad de que esa generación vea en el deporte una carrera viable, no un sacrificio sin recompensa.

Para que eso ocurra, los juegos tienen que ser el inicio de algo, no el punto más alto de una curva que luego baja.

En cada entrega de fondos, en cada inauguración de una instalación, en cada declaración sobre el "Plátano Power", hay una pregunta cuya respuesta no aparece aún del todo clara: ¿cuál es el plan para el deporte dominicano después del 8 de agosto de 2026? No el plan para los juegos. El plan para después.

Si esa respuesta no existe hoy, con la misma claridad con que existe el presupuesto de RD$893 millones, entonces queda poco tiempo para disipar lo que constituye un riesgo: que República Dominicana organice los juegos más grandes de la historia del certamen y los recuerde, dentro de diez años, como el momento en que todo pudo cambiar y no cambió.

El país no puede permitirse perder esta oportunidad dos veces.

Aldo Rodríguez Villouta

Radicado en República Dominicana desde 2017, donde trabaja en Acento (www.acento.com.do) y dirige la oficina dominicana de GlobeArt de Chile, su país natal. Previamente, corresponsal de Inter Press Service (IPS), Agencia EFE, Latin American New Service (Lans, EEUU), Associated Press (AP) y BBC en Ecuador, Brasil, Italia y Venezuela. Paralelamente, corresponsal en Venezuela y Ecuador de Monitor de Radio Red de México y colaborador de la Agencia France Press (AFP) y en varios medios de prensa nacionales de esos y otros países, entre ellos Ecuadoradio y Diario Meridiano, de Ecuador, y Gazeta Mercantil, versión Mercosul en Río de Janeiro.

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