Escribir con pasión, entrega y dedicación, no es sino una práctica voluntaria, que viene dada por el llamado de la vocación, mediada por la experiencia y la sabiduría.
Justamente por ello, los escritores tendrían la necesidad inevitable de encarnar en palabras, ideas, conceptos y representaciones, su extraña y genuina manera se pensar, sentir, oír y percibir.
No obstante, diríase, que no pocos de ellos, se llenan de miedo, inseguridad, pavor y temblor ante la página en blanco.
En una ocasión, digna de recordación, Vargas Llosa escribiría:
“Para mí, la parte más difícil, el aspecto más complicado, es el comienzo. Es especialmente difícil porque necesito luchar contra mi inseguridad, que dudo que pueda superar alguna vez. La única forma en que puedo romper esa situación deprimente es escribiendo de una forma casi mecánica, similar a lo que surrealistas llaman escritura mecánica. De entrada escribo siempre un borrador de la novela en que no intento desarrollar la historia ni la trama, sino las posibilidades de la trama. Escribo sin pensar mucho, intentando superar todo tipo de autocrítica, sin detenerme, sin considerar el estilo o estructura de la novela (…).”
Además, habría dicho que la parte que más le apasionaba del proceso de escritural era corregir, porque lo hacía con libertad y, quizás, más allá del tedio y el desaliento.
Claro, siempre consciente de obtener muy buenos resultados.
A pesar su vasta experiencia escritural, nunca dejaría de temer a la página en blanco.
Dicha inseguridad, traducida en temor, probablemente, tendría razón de ser en el hecho de no escribir un texto mejor que el anterior.
Por fortuna, el pánico que sentiría al inicio de cada proyecto, nunca lograría sofrenar su talento creativo.
Frente la página en banco, Vargas Llosa, sentiría, entre otras cosas:
-Temor.
-Inseguridad.
-Indecisión.
– Miedo.
-Desaliento.
-pesadumbre.
-Duda.
– Y Pesadumbre.
Como si se tratase de un designio intrínseco del oficio de escribir, viviría la terrible dificulta del comienzo de cada obra.
Sobre “La casa verde”, novela magistral, de voces diversas y planos intercalados, expresaría:
“Cuándo termine la novela, en 1964, me sentí inseguro, lleno de zozobra respecto al libro. Desconfiaba principalmente de los capítulos situados en Santa María de Nieva. Mi intención no había sido, desde luego, escribir un documento sociológico, un ensayo disfrazado de novela. Pero tenía la molesta sensación de, a pesar de mis esfuerzos, haber idealizado (para bien o para mal) el ambiente y la vida de la región amazónica. Tomé la determinación de no publicar el libro mientras no hubiera retornado a la selva (…)”.
No sin esfuerzo, Vargas Llosa superaría esa engorrosa dificultad y llevaría dicha novela a niveles de perfección jamás imaginados.
Lo conseguiría:
1- Con un primer borrador
2- Investigando
3- Observando
4- Con disciplina.
5- Voluntad inquebrantable.
6- Perseverancia.
7- Coraje.
8- Rebeldía.
9- Entendimiento.
10- Luciodez
11-Imaginación creativa.
12- Y buen manejo de la ficción.
Fundamentado en ello, vencería, con plena seguridad, la inseguridad ante la página en blanco.
Por tal razón, sus escritos gozan de buen nivel estético y, la vez, trascienden obras insulsas y de poca o ninguna calidad.
Aun y cuando los revoloteos fugaces del fantasma del miedo pudieron perturbar algunos instantes del poder mágico de su creatividad seductora, nunca se dejaría abrumar por conjeturas aterradoras del pesimismo, ni oscuridad lúdica de la razón enfermiza.
Con todas certeza, cabría decir que Vargas vencería el miedo y la inseguridad al inicio de sus escritos claros, precisos y concisos.
Lo mismo no sucedería con los aprendices de escritor, que, por inexperiencia, harían obras superficiales y de mal gusto, que no estremecería, ni seducirían a nadie.
Los escritores avezados, en cambio, escriben obras magníficas, que perdurarían, para siempre, en la memoria histórica de la cultura universal.
A pesar de sentir miedo y temblor ante la página en blanco, escriben con belleza deslumbrante para la eternidad.
Virginia Woolf, por ejemplo, diría alguna vez:
“Mi mente, apartada por la ansiedad de contemplar la hoja en blanco, es como un niño perdido que vaga por la casa y se sienta en último escalón a llorar”.
Dicha ansiedad no habría sido, de ningún modo, por falta de preparación ni talento, sino por exigirse cada vez más allá de los límites razonables de la imaginación creadora.
Gabriel García Márquez nunca ocultaría su animadversión a la página en blanco.
Para él, lo más complicado no era sino construir el primer párrafo.
De su lado, Margarite Duras, en su interesante obra ‘Escribir’, establece:
“Algunos escritores están asustado. Tienen miedo de escribir”.
Semejante miedo no sería infundado, ya que se debe a la incertidumbre generada, las más de la veces, por lo extraño y desconocido.
Gustave Flaubert, maestro predilecto de Vargas Llosa, habría tenido no poco pánico, terror y aburrimiento frente a la página en blanco.
Durante el duro, tenso y dificultoso proceso escritural de “Madame Bovary”, habría dicho que avanzaba lentamente y a cuenta gota.
El aburrimiento y el terror, les harían sufrir hasta lo indecible.
De ahí que dijese, con radical elocuencia:
“ Estoy destrozado de fatiga, de fatiga y de aburrimiento. Este libro me mata; no haré otro parecido. Las dificultades de ejecución son tantas que hay momentos en que pierdo la cabeza. No me volverán a coger escribiendo sobre cosas burguesas. La fetidez del fondo me da náuseas. Por esto mismo, la cosas más vulgares son tremendas de expresar y me atemorizo cuando pienso en todas las hojas en blanco que aún tengo que escribir”.
Con mucho trabajo, disciplina y paciencia, Flaubert vencería el miedo y llevaría a feliz su más ambicioso proyecto escritural: Madame Bovary.
La magnífica escritora española Ana María Matute, Premio Cervantes 2010 ( pero recibido en el 2011) habría confesado el miedo de escribir:
“Pongo música bajito, de manera que casi no la oiga, procuro no mirar el papel en blanco, porque si lo veo quedo aterrada. El papel en blanco es el principal enemigo del escritor. Yo no quiero verlo. Para empezar, suelo escribir unos cuantos folios llenos de estupideces; ya sé que son estupideces, pero las escribo porque son muy útiles para afinar el tono. Una vez el tono afinado, me paso horas escribiendo sin parar, ya no tengo la angustia del papel en blanco y voy llenando
folios de manera digamos torrencial”.
Ese miedo iniciático, Matute lo transformaría en impulso vital y certeza escritural-creativa.
Consciente de eso, Vargas Llosa no quedaría petrificado por el bloqueo ni, mucho menos, sufriría parálisis inmisericorde por el miedo de escribir.
Con reiteradas reflexiones, intenso trabajo, firmeza, coraje y vocación de escribir, vencería el miedo a la página en blanco.
La calidad y admirable perfección estética de sus obras constituye, sin más, el mejor testimonio de ello.
Compartir esta nota