¿Es el crítico un artista? Un avezado artesano, me parece. La reputación de un artista se cimenta en lo que crea; en cambio, la de un crítico se incrementa a medida que destruye, sacude y embiste. Quizás de ese pozo teórico extrajo Oscar Wilde aquella aseveración de que la facultad creativa es más noble que la crítica. Esta última tiene una semilla oscura; la primera, más luminosa.
Cuando hablo de críticos y de crítica, mi intención es puntualizar en torno a la fiscalización literaria que ha realizado el escritor José Carvajal en los últimos años. Si algo ha demostrado Carvajal es que tiene fama de embestir cual toro ebrio y bravo, y de carecer de modales literarios. Basta recordar la forma en que “criticó” a la poeta Rhina P. Espaillat. Cual inmisericorde torero, le clavó injustas banderillas en la reputación de la dama, residente por largos años en Boston. El árbol del rencor no tiene semilla de caballero.
En literatura —y en el arte en sentido general—, más que todo, valen y deben prevalecer las formas. El arte se viste y se engalana de ellas. La poesía, la música, la arquitectura y la pintura son ejemplos estelares. En algunas apreciaciones de Carvajal respecto a ciertos escritores de la diáspora y de otras latitudes estamos de acuerdo, pero no en la forma. La prosa de Carvajal atropella, lleva al cieno el debate. No se engalana con el análisis: se afea con el adjetivo. Se percibe en su juicio no la garra de la inteligencia, sino la pezuña del odio; en ocasiones, incluso, de la calumnia.
En José Carvajal —quien en la desconsideración ha encontrado oficio— hay apreciaciones discutibles y otras correctas, pero el rencor sobrevive a su teoría; su inquina se impone al criterio, supura pus. Se lanza contra los escritores como si no hubiera mañana, como si quisiera descargar todas las balas en un ametrallar constante, sin sentido.
Con el escritor José Enrique García quiso producir su última víctima. Pero la mosca, insecto de estercolero, no caza ni alcanza al águila. Enrique García posee una obra de tal altura que Carvajal no alcanzaría ni en sueños, aun viviendo varias vidas. Como poeta, novelista, crítico, cuentista y ensayista, el Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña cuenta en su haber con El fabulador, Una vez un hombre, Estas historias, Meditaciones alrededor de una sospecha, Recodo: textos brillantes en los que la crítica ha consensuado, de manera general, la existencia de talento y genio.
El espíritu crítico de Carvajal comienza a hacer aguas cuando, al son veleidoso, el autor de Por nada del mundo empieza a desandar y a errar en sus pareceres. Verbi gratia: en un momento determinado, Juan Bosch era para él un genio, tanto que llegó a homenajearlo preparando la antología Cuentos fantásticos de Juan Bosch (2002). Sin embargo, tras releer —según afirmó— cuarenta tomos de Bosch en tres meses, el febril lector concluyó que Bosch era un cuentista mediocre, un narrador del montón. No contento con ello, lo tildó de soberbio y afirmó que vendía libros a miembros de su partido. ¿En qué quedamos? Tiene la impudicia de cambiar de criterio como un dandi se cambia de mujeres o de calzoncillos.
Otro de los grandes desatinos del “crítico de marras”, siempre atado a la descalificación constante de escritores dominicanos, fue afirmar que el uruguayo Juan Carlos Onetti y el dominicano Pedro Vergés estaban a la misma altura literaria. Y esto porque, según un juicio enfermizo, ambos habían ganado el Premio de la Crítica concedido en España. ¡Caramba! Esta comparación pretende situar en el mismo nivel al cielo y a la tierra. Sería como colocar al inmenso Nelson Mandela junto a la oportunista y guerrerista María Corina Machado, por el simple hecho de que ambos hayan recibido el Premio Nobel de la Paz.

Esto perfila al personaje: la veleidad y el cambio continuo de opinión son su norte.
Muchos se preguntan en voz baja: ¿de dónde nace tal inquina, tal odio y desprecio hacia los escritores dominicanos? ¿Por qué José Carvajal dedica tanto tiempo a una crítica acerba contra sus coterráneos literarios? ¿Cómo se produjo el cambio de aquel escritor antes comedido, amable y de buenas formas? Pues Carvajal no critica: pretende pasar por el cuchillo.
Sospecho —me late, como diría el Chapulín Colorado— que en su fuero interno el señor Carvajal es un hombre profundamente triste, al que se le “chispotean” cosas. Apocado por los sinsabores de la vida, sabe que fracasó como escritor; que sus sueños literarios, acariciados en la juventud, son ya prácticamente inalcanzables. Sabe que no puede producir nada, que el pozo de la creatividad se le ha secado, que el reloj biológico y el talento le jugaron una mala pasada. Y entonces, de la noche a la mañana, se vuelve un feroz lobo crítico que intenta despedazar a las víctimas que deambulan por el bosque literario quisqueyano. El joven amable que una vez conoció Washington Heights desapareció por arte de magia.
Probando suerte y queriendo dar en la diana, pasó de un género literario a otro. Empezó, como muchos, por la poesía: Para lo que fue creado Filí-Melé (1982) y Un posible sarcasmo del oficio (1984). Libros que hoy ni él ni nadie mencionan, razón por la cual jamás osó sacarse el carné de “poeta”. Tales aspiraciones se perdieron en la noche del tiempo. Luego probó con la narración: De barrio y ciudad (1990) y Por nada del mundo (1991). Ninguno de estos textos es reivindicado por el autor, y menos aún por los lectores.
La creatividad, cual mujer pudorosa, se le ha negado. El campo de la ficción no le ha abierto los brazos. No posee los talentos necesarios para transitarlo. A partir de ahí muere el Carvajal alegre y nace el furibundo crítico que todos conocemos: el especialista en buscar faltas y entuertos en textos ajenos, sin escatimar el uso de sus garras para despedazar a una nueva “víctima”.
Carvajal es consciente de que no hay nobleza en el campo del ensayo: esa virtud está reservada a la creatividad. Ese es su dolor, su dolor de cabeza. Por eso la rudeza con que critica a los verdaderos creadores, la ferocidad con que ataca a quienes pertenecen a esos predios.
Quizá, además, haya sucumbido a lo que muchos de sus criticados no: al deseo de alcanzar trascendencia por las vías más absurdas. De ahí que en su biografía de Wikipedia se consigne un dato que mueve a risa: “José Carvajal es conocido también por ser el primer hispano en escribir una novela en español en Rhode Island, en 1990”. ¿No tiene otros méritos esa novela? ¿No puede este escritor aportar elementos más destacables?
A juzgar por su trayectoria, no dudamos de que José Carvajal sacará en 2026, de su puchero, el nombre de algún autor para acabar con él. Rogad a Dios, querido lector, que no salgáis premiados en su lotería. Pero, como le sucedió a Robespierre —líder de la Revolución Francesa- que, tras llevar a enemigos y contrarios a la guillotina, terminó él mismo guillotinado—, Carvajal acabará devorado por su propio método.
Cuando revise su “obra”, se encontrará con que no hay nada rescatable ni valioso; que es un escritor en el que predomina el humo y donde el fuego no es más que un espejismo.
Lo más triste es que el toro bravo que es Carvajal seguirá buscando víctimas a las que embestir y, cuando ya no las encuentre, se verá frente a su propio espejo. Entonces embestirá con la mayor de sus fuerzas… y caerá, mortalmente herido
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