En la búsqueda del haiku en Quisqueya, acudí a librerías y bibliotecas, pero la bibliografía sobre este género japonés en el país resultaba sumamente escasa. Quizás se deba a que se cultiva de forma artesanal, sin algarabías, en el absoluto silencio de quien se aleja del bullicio urbano y asume este arte como ginko: la experiencia contemplativa que nace del camino recorrido.
Sin embargo, un viejo adagio sostiene que, si dos seres no se buscan, el haiku los encuentra. Así ocurrió cuando, en la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2024, tuve el placer de conocer al maestro Tomás Castro Burdiez; aquel encuentro fue «haiku a primera vista». La razón que nos convoca en esta reflexión es, precisamente, contemplar desde su propia mirada el recorrido poético que plasma en su libro Puente de haikus. Pero, antes que nada, conozcamos a nuestro poeta.
Tomás Castro Burdiez nació en Santo Domingo el 7 de abril de 1959. Realizó estudios de Educación (mención Letras) en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y de Periodismo en el Instituto Dominicano de Periodismo. Ha publicado más de veinte obras literarias que abarcan poesía occidental, poesía oriental (haiku y senryū), literatura infantil, cuentos y relatos. Su poemario más universal, Amor Aquemarropa, cuenta con más de quince ediciones. Ha sido galardonado con el Premio Universitario de Poesía (1981) y el Premio de Poesía Biblioteca Nacional (1986); fue finalista del Premio Letras de Oro (Estados Unidos, 1991) y obtuvo el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña (2000), el Premio Nacional de Literatura Infantil Aurora Tavárez Belliard (2000) y el Premio de Poesía Universidad del Este (2003). Además, fue presidente de la Cámara Dominicana del Libro y director de la Biblioteca República Dominicana.
Puente de haikus, el libro, fue traducido al japonés por prominentes escritores y poetas como Hikozo Matsuyama, Yumio Awa, Yukiko Sugishita y Wakana Goto, y prologado por Masatero Ito. En esta obra, el poeta dominicano abreva de la tradición lírica japonesa para iluminar a esta isla que se encuentra «en el mismo trayecto del sol». A continuación, compartimos una breve selección de sus 349 haikus, con el único deseo de que el lector también se deje tocar por la magia de esta forma poética.
El encuentro
Entre sorbos de café y el caer de la primera lluvia de otoño, fui recibido por el poeta Tomás Castro Burdiez en su hogar: un ser humano de cuyos labios brota un oasis de aprendizaje. El tema central era dialogar sobre Puente de haikus. Lo cierto es que el haiku se adueñó por completo de la atmósfera: leíamos versos de su libro, envueltos en la magia del instante; el tiempo parecía haberse detenido y los haikus iban y venían como relámpagos. Entonces, un haiku me deslumbró particularmente: el dedicado a la memoria de Chico Mendes, defensor de la Amazonía. En él habita el lenguaje universal del espíritu de la Tierra; es un haiku envuelto en el drama ecohumano de resistir ante la destrucción de nuestro lugar habitable, el planeta Tierra:
Don Chico Mendes
creció como un árbol
y se hizo bosque.
Abordado desde la perspectiva del gendai haiku (haiku contemporáneo), este poema nos sumerge en la complejidad del todo, pues asume la defensa ecológica desde el vientre mismo de la creación. Me remite a un verso del poeta mexicano Octavio Paz en su libro Árbol adentro: «los árboles sin moverse se defienden». Castro Burdiez nos invita a reflexionar sobre Chico Mendes, quien en su lucha asumió con dignidad ser bosque antes que silencio, ser clorofila y oxígeno aun para la mano que empuña el hacha para herir la tierra.
Tras varios minutos de silencio, reanudamos la lectura. Conversamos sobre la impronta del poeta del Jaya, Rafael Abreu Mejía (originario de San Francisco de Macorís), quien también cultivó el haiku. Leímos la elegía que Castro Burdiez le dedicó a raíz de su fallecimiento; versos a la memoria del contertulio que abren un paréntesis de infinitos sentimientos hacia el amigo que partía. Que hable el haiku:
Con la mano de Rafael
la luz abre un paréntesis
que se convierte en arcoíris.
Suele decirse que existe una línea muy delgada —casi incorpórea— entre el haiku y el senryū; sin embargo, si aquello que se contempla conmueve, dicho dilema queda resuelto. Este poema posee una clara dimensión existencialista y humanista, emparentada con la mirada del gran maestro Kobayashi Issa (1763–1828). Nace de la vivencia directa, del aquí y ahora; surge ante la muerte física de Abreu Mejía. Castro Burdiez fue habitado por el haiku a través de la visión de un arcoíris, eclipsado por la ternura de una voz que se diluía en el viento, pero permanecía perpetuada en la memoria.
Podemos notar en este haiku el concepto de makoto (sinceridad, honestidad poética) introducido por el maestro japonés Uejima Onitsura (1661-1738), donde el poeta desnuda su dolor desde la poética del instante. Es una pieza enmarcada en el jiyūritsu haiku (metro libre), donde el ritmo es el que marca los versos.
También puede haber otra lectura posible: la de un haiku que es el epitafio de otro haiku. Porque, el propio poeta Abreu Mejía escribió un haiku sobre la existencia, quizás bordeando los últimos suspiros de vida: La noche me mira /con millones de ojos / acusadores.
Aquí, Abreu Mejía asume que la noche lo observa, aunque sea él quien contempla la oscuridad del cosmos. Frente a esto, Castro Burdiez sugiere que su amigo trascendió a la inmortalidad a través del prisma multicolor de un arcoíris.
Continuamos viendo caer la lluvia repentina mientras sosteníamos el libro. El café se enfriaba y, entre páginas que iban y venían, descubrí en varios haikus la resonancia del maestro Matsuo Bashō (1644–1694) reencarnada en la voz del poeta caribeño:
La brisa toca
las ramas y el canto
de los pájaros.
En un momento
estalla el amarillo
de girasoles.
El árbol canta
en la garganta del viento
y en la del pájaro.
En estas tres composiciones, la sensorialidad nos ancla en el momento del aware: lo táctil del viento, lo sonoro del canto y lo visual del estallido amarillo. Un mosaico de percepciones para el deleite de cada lector. Se aprecia una metáfora sutil que no agrede lo contemplado, sino que lo engalana; una metáfora leve que jamás resta protagonismo a lo percibido por el haijin durante su ginko o paseo contemplativo.
Adentrarse en los 349 poemas de Puente de haikus es, en definitiva, un acto de reencuentro con uno mismo y una ruptura frente a la prisa de una vida fugaz. Al llegar la hora de partir, las palabras se resistían a marcharse; siempre surgía algo nuevo que compartir para alargar la despedida. Conocer y disfrutar de las enseñanzas del poeta, escritor y maestro Tomás Castro Burdiez representó, para este servidor de la poesía, un auténtico regalo del haiku. Aun cuando la lluvia nos privara de admirar la delicada fugacidad del lubricán de otoño, de este encuentro quedó este haiku que nació del fragor de las palabras para postrarse en la infinitud de lo tiernamente breve: Dos voces / abrevando del haiku. / Lluvia de otoño. Porque, sin duda, para abrevar en la fuente de la brevedad en Quisqueya, hay que tocar y degustar la magia de las palabras que emanan del imaginario contemplativo del poeta Tomás Castro Burdiez.
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