Acabo de escuchar una conversación del Círculo Psicoanalítico Mexicano sobre Sartre y Freud, con referencias también a Lacan, y quedé entusiasmada. Me confirmó algo que pienso desde hace tiempo: todos los temas pueden ser importantes, dependiendo de la dimensión con que se traten. Una inundación en un barrio popular, el tema de Palma Sola, la figura de Olivorio Mateo, la filosofía dominicana o la filosofía en general no son asuntos separados por una jerarquía rígida. Cada uno puede abrir preguntas profundas sobre la vida humana, el sufrimiento, la libertad, la historia, la cultura y el sentido.
Por eso, aunque a veces pueda parecer un poco abstracta ante los temas de urgencia que se discuten en este medio periodístico, me inclino por una idea: no hay temas menores cuando se los piensa con seriedad. Y dentro de la filosofía, cada filósofo importante representa casi un infinito de saberes. Quien estudia a Sartre no queda encerrado solamente en Sartre. Tiene que asomarse también a Descartes, Hegel, Heidegger, Freud, Lacan, Simone de Beauvoir, Kojève y muchos otros. Un filósofo reconocido no es solo alguien que tuvo una ocurrencia brillante; normalmente construye una visión que toca la ontología, la ética, la antropología, la metafísica, la política y la comprensión de la existencia humana.
En esa conversación apareció un tema fascinante: el rechazo sartreano del inconsciente freudiano. Sartre no rechaza la importancia del psicoanálisis; al contrario, le da una función enorme. Lo que rechaza es la idea de una conciencia inconsciente, porque para él resulta contradictorio hablar de una conciencia que no tenga, de algún modo, conciencia de sí misma. Sartre piensa que toda conciencia es conciencia de algo y, al mismo tiempo, conciencia no reflexiva de sí. Esa es la famosa idea del cogito prerreflexivo.
Conviene aclararlo de manera sencilla. El cogito prerreflexivo no es todavía conocimiento de sí. No, es decir: “yo sé que estoy sabiendo”. Es una presencia inmediata de la conciencia a sí misma mientras está dirigida hacia algo. Sartre pone el ejemplo de contar cigarrillos. Cuando cuento cigarrillos, mi atención está en los cigarrillos contados; sin embargo, si alguien me pregunta qué hago, puedo responder: “estoy contando”. Eso significa que había una conciencia de mí contando, aunque yo no estuviera reflexionando explícitamente sobre mí. Si para ser consciente de contar tuviera que conocerme como alguien que cuenta, entonces necesitaríamos otro conocimiento de ese conocimiento, y luego otro, y así hasta el infinito. Sartre rechaza esa regresión infinita. Por eso distingue entre conciencia pre reflexiva y conciencia reflexiva.
En ese sentido, me pareció muy interesante que alguien del público preguntara si el cogito prerreflexivo de Sartre equivalía al inconsciente de Freud. La pregunta es sugerente, pero la respuesta, desde Sartre, tendría que ser negativa. El cogito prerreflexivo no es inconsciente. Es conciencia, aunque no sea conocimiento reflexivo. No está escondido en un sótano psíquico. No funciona como una instancia separada de la conciencia, sino como la forma inmediata en que la conciencia existe para sí misma mientras se dirige al mundo.
Por eso Sartre también rechaza el aparato psíquico freudiano entendido como división entre ello, yo, superyó, inconsciente y conciencia. No porque Freud no le interesara, sino porque esa división le parecía incompatible con su ontología de la conciencia. Para Sartre, una conciencia que se ignora absolutamente a sí misma es casi una imposibilidad. La conciencia atraviesa la existencia, se dirige al mundo, se escapa de sí, se hace proyecto, pero no puede ser una cosa cerrada que actúa desde una oscuridad interior completamente ajena a ella.
Y aquí aparece una ironía extraordinaria. Sartre, que discutió con tanta fuerza el inconsciente freudiano, recibió de John Huston el encargo de escribir un guion sobre Freud. El proyecto dio lugar a Freud: La Pasión Secreta, película estrenada en 1962. Sartre escribió un guion larguísimo; el manuscrito conservado en el archivo de la Universidad de Galway supera las 700 páginas, y Sartre terminó retirando su nombre de los créditos por desacuerdos con Huston sobre la versión final. Monumental, como casi todo lo que hacía Sartre: se le pedía una película y él respondía con una obra inmensa, desbordada, filosófica, casi imposible de reducir.
También es importante recordar que Sartre no está aislado de Lacan. Sartre, Lacan y otros pensadores franceses se movieron en un ambiente intelectual marcado por la lectura de Hegel, especialmente por los seminarios de Alexandre Kojève sobre la Fenomenología del espíritu, dictados entre 1933 y 1939. La asistencia exacta de Sartre a esos seminarios ha sido discutida por algunos especialistas, pero la influencia de Kojève sobre el clima intelectual francés, y sobre Lacan en particular, está ampliamente reconocida. Esto muestra algo decisivo: los temas filosóficos no viven separados. El inconsciente, la conciencia, el deseo, la libertad, el reconocimiento, el otro, la mala fe y la angustia forman una red de problemas que atraviesa a Freud, Hegel, Kojève, Lacan, Sartre y Beauvoir.
En El ser y la nada, Sartre no abandona esta preocupación. Su crítica al inconsciente se conecta con su análisis de la mala fe. La mala fe, tema con el que me he casado, dicho muy brevemente, es esa manera en que la persona se miente a sí misma y oculta la verdad a otra persona, para huir de su libertad. Por eso Sartre necesita explicar cómo es posible ese autoengaño sin recurrir a un inconsciente separado de la conciencia.
Pero Sartre no se queda ahí. También habla del espíritu de seriedad. Este consiste en creer que los valores están dados en las cosas mismas, como si vinieran ya escritos en el mundo, fuera de nuestra libertad. La persona dominada por el espíritu de seriedad cree que el valor está ahí, fijo, objetivo, impuesto desde fuera, y no reconoce que los valores implican elección, compromiso y responsabilidad. Por eso el psicoanálisis existencial tendría una tarea liberadora: ayudar a la persona a reconocer su proyecto fundamental, a salir de la mala fe y a desprenderse del espíritu de seriedad.
Ese psicoanálisis existencial no es para Sartre un detalle secundario. Lo aplicó en sus estudios sobre Baudelaire, Jean Genet y Flaubert. En el caso de Flaubert, como ocurrió con la Crítica de la razón dialéctica, dejó una obra inmensa, miles de páginas e inconclusa. Sartre parecía no saber pensar en pequeño. Todo problema se le convertía en una totalidad: la infancia, la escritura, el deseo, la sociedad, la libertad, la clase, la historia, la mirada del otro, el proyecto de ser.
Por eso su psicoanálisis existencial busca responder una pregunta central: ¿qué quiere ser una existencia humana? En el fondo, Sartre piensa que el ser humano desea una plenitud imposible. Quiere ser en-sí y para-sí a la vez: tener la solidez de una cosa y, al mismo tiempo, la libertad de una conciencia. Quiere ser fundamento de sí mismo. Quiere, en cierto modo, ser Dios. Pero esa síntesis es imposible. Aunque, debe saberse, después del Ser y la Nada, ya no eran equivalentes todas las acciones y por suerte no era igual emborrocharse y ser el gobernante de un pueblo. De ahí la famosa idea sartreana del ser humano como pasión inútil: no porque la vida no valga nada, sino porque el deseo de coincidir plenamente consigo mismo, de ser fundamento absoluto de su propio ser, no puede cumplirse.
Y, sin embargo, ahí está precisamente la fuerza de Sartre. Si no hay esencia fija que me determine de una vez para siempre, entonces mi vida no está hecha: tengo que hacerla. Si no puedo esconderme detrás de un inconsciente que decida por mí, tampoco puedo renunciar a mi responsabilidad. Puedo estar atravesada por mi historia, mi infancia, mis heridas, mi cuerpo, mi clase social, mi época y mi relación con los otros, pero sigo siendo una existencia que se interpreta, se elige, se defiende, se equivoca, se corrige y se proyecta.
Por eso me entusiasman estos temas. A primera vista parecen abstractos: Sartre contra Freud, la conciencia, el inconsciente, Lacan, Kojève, Hegel. Pero en realidad nos llevan a preguntas muy concretas: ¿cuánto sabemos de lo que somos?, ¿cuánto nos ocultamos?, ¿hasta dónde somos responsables?, ¿cómo nos engañamos?, ¿cómo salimos de la mala fe?, ¿cómo construimos nuestros valores?, ¿cómo dejamos de vivir según valores impuestos como si fueran cosas sagradas e intocables? Las Perspectivas Morales, unas muy densas paginitas al final del Ser y la Nada, están llenas de esas preguntas, para mi escalofriantes, tan importantes como demandar los servicios de un pueblo: ¿qué pasa con la libertad si se acoge al valor del ens causa sui? ¿Le pondría fin a ese valor?…
Después de todo, una conversación sobre Sartre y Freud no es solamente una conversación sobre dos autores europeos. Es una invitación a pensar la existencia humana en toda su complejidad. Y también confirma algo que para mí es fundamental: la filosofía no está lejos de la vida. La filosofía permite mirar con más profundidad cualquier tema, desde una inundación en un barrio pobre hasta el psicoanálisis, desde Olivorio Mateo hasta Simone de Beauvoir, desde Palma Sola hasta la pregunta por la libertad. Todo depende de la dimensión con que pensemos el problema. Y cuando un tema se piensa de verdad, deja de ser pequeño.
Compartir esta nota