El título de esta pieza retoma un fragmento del soliloquio de Julieta en Romeo y Julieta, cuando descubre que el apellido del hombre que ama pertenece a la familia enemiga de la suya y se pregunta: “¿Qué hay en un nombre? La flor que llamamos rosa olería igual de divino aunque la llamáramos de otro modo”.
La pregunta interesa aquí por el santo de la Iglesia católica que dio nombre al puerto, la ciudad y las colonias establecidas en lo que Colón llamó “La Isabela”, en honor a la reina que apoyó y financió su expedición.
A Santo Domingo de Guzmán le corresponde, además, el honor de haber inspirado el nombre de una treintena de lugares en el continente americano, la mayoría en América Latina. Dos de ellos se encuentran en la provincia de Quebec: uno establecido en 1833 y otro creado en 1978 como el municipio de Saint-Dominique-du-Rosaire, una referencia distinta al mismo hombre, conocido mundialmente por su devoción al Rosario. Por cierto, el hecho de que la colonia francesa se llamara “Saint-Domingue” evidencia que los franceses que se establecieron en la isla de la Tortuga y el noroeste de la isla que antes se llamaba Quisqueya, conocían el nombre que los hispanoblantes le daban a la isla y le dieron una traducción particular a ese uso. En ningún otro lugar en francés se habla de “Domingue” sino de “Dominique”.
Domingo de Guzmán y el origen de la orden
Sobre el santo que nos ocupa, se cuenta que su madre admiraba a otro Santo Domingo —Domingo de Silos— y que, movida por sus sueños y esperanzas para su hijo, quiso darle ese nombre, cuyo significado es “perteneciente al Señor”.
Ya adulto, Domingo de Guzmán se hizo predicador y quiso fundar una orden dedicada a esa misión. En esos mismos años trabó amistad con Francisco de Asís, quien también buscaba el reconocimiento de su propia “Orden de los frailes menores”. Ambos religiosos fueron escuchados por el papa y sus órdenes terminaron siendo conocidas, desde el comienzo, más por una derivación de los nombres de sus fundadores que por los títulos que ellos habían imaginado.
Así, las órdenes dominica y franciscana fueron las primeras en enviar religiosos a las Indias Occidentales. Casi inmediatamente después se unieron los mercedarios y agustinos, quienes componen los iniciadores de la propagación de la fe cristiana en esos territorios.
María Rosa Peña y la estatua de Santo Domingo
María Rosa Peña, quien se mantuvo activa durante más de cincuenta años como monja dominica, tuvo una relación especialmente estrecha con ese nombre. Nació en la ciudad que durante casi quinientos años ha llevado el nombre de Santo Domingo, estudió en el Colegio Santo Domingo, administrado por monjas dominicas y vivió inspirada por la figura de este destacado pensador.
Por eso, se ocupó de impulsar la colocación de una estatua en su honor en un lugar distinguido y lo logró. No en balde, durante sus años de residencia en los Estados Unidos, solía llamarse a sí misma una “double Dominican”. En español, la expresión pierde su sentido, porque distinguimos entre el gentilicio y el apelativo de los religiosos.
Una estatua para contemplar y compartir
El 5 de agosto de 2026, en el 530mo aniversario de la fundación de la ciudad de Santo Domingo, la estatua fue develada en la plazoleta de los dominicos que servía de patio a la Universidad Primada de América.
El gesto honra uno de los lemas de la orden: “Contemplar y dar a los demás lo contemplado”. La estatua puede convertirse así en un lugar de reflexión, aprendizaje y oración para quienes transitan y pasean por la Ciudad Colonial.
Otros miembros de la orden dominica que han sido relevantes para los habitantes de la ciudad y que ya contaban con espacios de reconocimiento son Fray Bartolomé de las Casas y Fray Antón de Montesino, este último gracias a la colaboración del gobierno y el pueblo mexicano en ocasión de la celebración del V Centenario.
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