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Movimiento Cultural «La Zafra» surgió a finales de la década de 1970 en Cotuí, impulsado por la necesidad de fomentar el desarrollo artístico y cultural no solo de Cotuí y la provincia Sánchez Ramírez, sino de la región del Cibao. Fundado por el médico y poeta Bienvenido Mejía, cotuisano destacado, este movimiento se erigió como un baluarte del arte y la cultura local. Sus actividades dejaron una huella imborrable en la comunidad. La fundación del movimiento se consolidó el 9 de marzo de 1979, cuando un grupo de artistas y literatos comenzaron a realizar actividades culturales que abarcarían diversas disciplinas, desde la pintura y la escultura hasta el teatro y la literatura.
Más que un grupo de artistas (o un grupo de locos como fueron tildados por personas que no entendían la transcendencia de su aporte), el movimiento cultural «La Zafra» se convirtió en una fuerza que dejó huellas concretas en la vida cultural Cotuisana. Cada uno de sus integrantes no se limitó a exposiciones o presentaciones, ayudó a crear espacios, a organizar voluntades y a sembrar una visión que con el tiempo tomó forma institucional, aunque no de manera formal, pero si con el respeto de la comunidad por la influencia social de sus actores.
Uno de los resultados más visibles de ese impulso fue la creación de la Escuela de Bellas Artes de Cotuí, establecida formalmente el 19 de marzo de 1988 mediante una resolución de la Sala Capitular del Ayuntamiento. Desde entonces, la escuela ha funcionado como un punto de encuentro para jóvenes interesados en el arte y como un pilar en la formación cultural del municipio.
En sus primeros años, el centro ofrecía clases de pintura, escultura y teatro impartidas de manera gratuita por los integrantes del movimiento cultural. Con el paso del tiempo, esa iniciativa ha contribuido a formar generaciones de creadores y a mantener vivo el espíritu que «La Zafra» impulsó desde sus inicios.

Entre los miembros fundadores del movimiento cultural «La Zafra» se destacan artistas, escritores y activistas culturales como Juan Bravo, Valentín Acosta, Bienvenido Mejía, Ricardo Hernández, Miguel Ángel García Romero, Silvia Acosta, Tony Pichardo, Lorgio Núñez, Humberto Frías Agramonte, Rubén Sánchez, entre otros. Estos hombres y mujeres no solo se comprometieron con su propio desarrollo, sino que también asumieron la responsabilidad de enseñar y guiar a las nuevas generaciones de creadores. Quiero dejar constancia, y al mismo tiempo ofrecer disculpas, si en este recuento he omitido de manera involuntaria algún nombre. Este trabajo nace de un interés sostenido durante años por aportar a la memoria histórica local, en particular a la reconstrucción de la trayectoria de este importante movimiento cultural. Sin embargo, ese propósito ha tropezado con una dificultad persistente, la imposibilidad de contar, en muchos casos, con la disponibilidad de sus protagonistas.

La falta de testimonios directos no solo limita la precisión del relato, sino que también pone en evidencia un riesgo mayor, que parte de esta historia se diluya con el tiempo. De ahí la urgencia de documentar, registrar y preservar estas experiencias, antes de que la memoria colectiva pierda voces que resultan esenciales para comprender lo que «La Zafra» significó y sigue significando para la identidad cultural de Cotuí.

Este lunes 20 de abril, hemos perdido a uno de los principales actores de este movimiento, un hombre entregado por completo a la proyección del cine, me refiero a Miguel Ángel García Romero. Miguel Ángel fue un hombre de convicciones firmes, trabajador incansable y respetuoso del trabajo de los demás.
Durante los diez años en que estuve al frente de la universidad UTECO, procuré respaldar iniciativas que fortalecieran la vida cultural dentro y fuera del campus. Entre ellas, destacó de manera especial la muestra de cine que, con una constancia admirable, organizaba cada año Miguel Ángel García Romero. Con el respeto y la pasión que siempre le distinguieron, lograba convertir durante una semana a la universidad en un espacio de encuentro alrededor del cine.

La jornada no se limitaba a la proyección de películas. Cada ciclo concluía con un análisis profesional, comentado y cercano, que enriquecía la experiencia de los estudiantes y del público en general. En las últimas ediciones que tuve el honor de acompañar, las muestras fueron dedicadas a cinematografías de América Latina, con énfasis en países como México, Argentina y Brasil, ampliando así la mirada cultural de la comunidad y reafirmando el valor del cine como herramienta formativa. Siempre llamó poderosamente mi atención el apoyo que recibía de su familia en cada entrega. Sobrinos, hermanas, cuñados y otros familiares se desplazaban desde provincias lejanas a apoyarlo. Hoy agradezco a la vida haberme colocado en el trayecto de un profesional de esta estatura y a su memoria dedico los siguientes versos.
La zafra que no termina
Tiempo, ímpetu, campo.
la tierra, caña,
palabras, colores,
escenas que brotan como si el alma
tuviera estaciones,
tuviera recuerdos,
tuviera memoria.
Le llamaron locura,
en verdad era semilla.
Le llamaron grupo
al pulso colectivo,
respiración compartida,
un nosotros pronunciándose en voz alta.
La Zafra no cosechó azúcar,
cosechó futuros.
Y en cada trazo,
en cada tabla convertida en escenario,
en cada verso que desobedecía el silencio,
se fue escribiendo una ciudad distinta,
un Cotuí que aprendió a mirarse
no en el espejo,
sino en el arte,
no en los leones del obelisco,
sino en las retretas dominicales.
Allí, donde otros veían paredes,
ellos vieron murales.
Donde había rutina,
ellos sembraron asombro.
Y sin decretos,
sin permisos del tiempo,
fundaron una patria íntima
donde el espíritu tenía casa.
Pero entre todos,
hubo un hombre que encendió la luz
cuando la sala aún estaba en sombras.
Miguel Ángel,
proyeccionista de convicciones,
curador de instantes,
conversación que deja latiendo.
Cada año,
como quien cumple un rito antiguo,
abría una semana en el calendario
para que la vida se mirara en otras vidas.
México acento de historia,
Argentina nostalgia luminosa,
Brasil danza, colores y preguntas.
Y luego,
lo explicaba,
lo desmenuzaba,
lo devolvía al público
convertido en pensamiento.
Miguel,
conciencia de ángel,
propósito claro,
voluntad de acero.
No estaba solo,
su familia era coro,
era raíz que lo sostenía,
era abrazo que viajaba kilómetros
para recordarnos
que el arte también se hereda.
Hoy,
la sala guarda silencio.
No es ausencia,
es eco.
Porque hay hombres que no se van,
se multiplican en la memoria.
La Zafra, esa terquedad hermosa
sigue ocurriendo
cada vez que un joven toma un pincel,
cada vez que un escenario se enciende,
cada vez que alguien, en la oscuridad,
espera que una historia comience.
Porque hay cosechas
que no se recogen,
se continúan y nosotros continuaremos la tuya.
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