El merengue tuvo que vencer resistencias antes de convertirse en símbolo de la nacionalidad dominicana. Durante el siglo XIX, mientras ganaba espacio entre los sectores populares, determinadas voces cuestionaban su presencia en los salones y su aceptación como baile social. Décadas después, aquella música que había provocado controversias acompañaría ceremonias oficiales, celebraciones patrióticas y acontecimientos familiares. Su historia también es la de una sociedad que modificó sus preferencias y terminó reconociéndose en una expresión cultural que anteriormente había sido objeto de rechazo.

Las críticas aparecidas en la prensa dominicana de mediados del siglo XIX constituyen testimonios de aquellas disputas. No se trataba exclusivamente de preferencias musicales. Las formas de bailar, los movimientos corporales y los espacios donde se practicaban determinadas expresiones estaban relacionados con las diferencias sociales y los criterios morales de la época. El merengue encontró seguidores mientras algunos sectores defendían otros repertorios y cuestionaban su incorporación a los ambientes considerados respetables.

Su aceptación no ocurrió de manera simultánea en todo el territorio. La música circulaba entre poblaciones rurales y urbanas, mientras los músicos ampliaban sus repertorios y las nuevas generaciones modificaban sus costumbres. A comienzos del siglo XX, el merengue contaba con una trayectoria que desmentía cualquier intento de considerarlo una creación reciente. Faltaba, sin embargo, que alcanzara el reconocimiento institucional que posteriormente contribuiría a su difusión nacional.

La relación entre música e identidad comenzó a ocupar un lugar importante en las discusiones culturales dominicanas. En 1927, el periodista Rafael Vidal divulgó una narración que relacionaba el nacimiento del merengue con un episodio de la guerra de Independencia de 1844. Según aquella versión, unos soldados habrían improvisado una composición para burlarse de un compañero que abandonó su posición durante un enfrentamiento. El etnomusicólogo Paul Austerlitz examinó posteriormente ese relato y advirtió sus inconsistencias históricas. Su importancia no reside en que explique satisfactoriamente el origen del género, sino en el intento de vincularlo con uno de los acontecimientos fundacionales de la República.

Aquella interpretación formaba parte de una discusión más amplia. Los intelectuales dominicanos no coincidían en sus explicaciones sobre los antecedentes del merengue ni sobre la participación de las tradiciones africanas y europeas en su formación. Algunos privilegiaban sus posibles relaciones con las danzas europeas, mientras otros reconocían la importancia de las expresiones musicales afrocaribeñas. Las semejanzas con el mereng haitiano también provocaron controversias en un ambiente intelectual donde las relaciones culturales entre ambos países estuvieron frecuentemente condicionadas por los conflictos políticos y las interpretaciones raciales de nuestra historia.

El lugar alcanzado por el merengue responde a una trayectoria particular, construida por generaciones de músicos y bailadores, pero también condicionada por las instituciones, los medios de comunicación y las circunstancias políticas de cada época.

El ascenso de Rafael Leónidas Trujillo al poder en 1930 introdujo un elemento decisivo en la difusión del merengue. Durante la dictadura, el género recibió un patrocinio oficial que favoreció su presencia en las celebraciones públicas y en los ambientes sociales donde anteriormente había encontrado resistencia. El régimen lo incorporó a su propaganda y procuró asociarlo con la imagen de la nación que promovía. Aquella política cultural tuvo consecuencias duraderas, aunque sería históricamente incorrecto atribuirle la creación de una popularidad que ya existía.

Las investigaciones de Paul Austerlitz documentan la relación entre el merengue, el nacionalismo cultural y el poder político durante ese período. La promoción oficial favoreció determinadas formas de interpretación y contribuyó a que las orquestas ampliaran su repertorio. También estimuló la composición de piezas dedicadas al gobernante y a sus actividades públicas. La música adquirió así una función propagandística que coexistió con su presencia en las celebraciones familiares y comunitarias.

Luis Alberti ocupa un lugar destacado en aquella transformación. En 1936 compuso “Compadre Pedro Juan”, pieza que alcanzó una amplia difusión y contribuyó a consolidar el merengue dentro de los repertorios orquestales. Alberti participó en un proceso que incorporó nuevos arreglos y formas de presentación, acercando el género a públicos que anteriormente habían mostrado otras preferencias musicales. Su trayectoria estuvo vinculada con las condiciones políticas de la época, circunstancia que debe examinarse junto con sus aportaciones musicales.

La expansión de las orquestas modificó considerablemente la presencia pública del merengue. Los grandes conjuntos podían presentarse en bailes sociales, establecimientos comerciales y acontecimientos oficiales. La radio y las grabaciones ampliaron su alcance, llevando las composiciones más allá de los lugares donde actuaban sus intérpretes. El merengue comenzó a formar parte de la programación cotidiana y a establecer una relación cada vez más estrecha con la industria del entretenimiento.

La promoción estatal, sin embargo, no representó por igual a todas las expresiones musicales dominicanas. Mientras determinadas modalidades del merengue adquirían prestigio y visibilidad, otras tradiciones continuaban asociadas con comunidades rurales, sectores populares y prácticas religiosas que no recibían el mismo reconocimiento. La selección de una música como emblema nacional también reflejaba las preferencias culturales de quienes ejercían el poder.

La muerte de Trujillo en 1961 abrió otro período en la historia dominicana. El merengue conservó su popularidad y continuó desarrollándose en circunstancias políticas y sociales diferentes. Nuevas agrupaciones ampliaron sus posibilidades comerciales, modificaron las presentaciones escénicas y encontraron públicos que ya no dependían del patrocinio oficial.

Johnny Ventura desempeñó un papel destacado en esa transformación. Sus innovaciones escénicas, el movimiento coordinado de los integrantes de su agrupación y su relación con los públicos urbanos contribuyeron a modificar la presentación del merengue durante la segunda mitad del siglo XX. Posteriormente, Wilfrido Vargas participó en su expansión internacional mediante producciones que alcanzaron mercados musicales cada vez más amplios. Otros intérpretes y agrupaciones desarrollaron propuestas que enriquecieron su repertorio y favorecieron su circulación fuera del país.

La emigración dominicana añadió una dimensión que terminaría transformando profundamente su significado cultural. En Nueva York, Puerto Rico y otras comunidades del exterior, el merengue encontró nuevos escenarios y adquirió una función que trascendía el entretenimiento. Acompañaba celebraciones familiares, reuniones comunitarias y acontecimientos mediante los cuales los emigrantes mantenían sus vínculos con el país.

Las nuevas generaciones crecieron escuchándolo en circunstancias diferentes de aquellas que habían conocido sus padres. La industria discográfica, las emisoras de radio y las presentaciones internacionales favorecieron el intercambio con otros géneros caribeños y latinoamericanos. El merengue comenzó a circular entre públicos que no compartían necesariamente la nacionalidad de sus intérpretes.

Aquella expansión tampoco estuvo exenta de transformaciones. Las exigencias comerciales favorecieron determinadas sonoridades y formas de presentación, mientras los músicos desarrollaban nuevos repertorios para responder a públicos diversos. La presencia internacional del merengue contribuyó a proyectar la cultura dominicana, aunque su difusión comercial no representaba necesariamente toda la variedad de nuestras expresiones musicales.

El reconocimiento institucional continuó durante las décadas siguientes. En 2005, un decreto presidencial estableció el 26 de noviembre como Día Nacional del Merengue. La elección de esa fecha se relaciona con las referencias periodísticas del siglo XIX, utilizadas tradicionalmente para documentar la presencia temprana del género en la sociedad dominicana.

El 30 de noviembre de 2016, la Unesco inscribió la música y el baile del merengue de la República Dominicana en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. El expediente reconoció su presencia en la vida cotidiana, su práctica entre diferentes sectores sociales y su transmisión mediante la observación, la participación y el aprendizaje comunitario. También destacó su expansión por el Caribe, Estados Unidos y otros países latinoamericanos.

La inscripción internacional llegó después de una extensa trayectoria durante la cual el merengue había atravesado diferencias sociales, controversias culturales, intervenciones políticas y transformaciones comerciales. Su reconocimiento como patrimonio no resolvió las discusiones históricas sobre sus antecedentes ni eliminó la necesidad de conservar las prácticas tradicionales que permanecen fuera de los grandes circuitos comerciales.

La dominicanidad tampoco puede encerrarse en una sola expresión musical. Nuestra historia comprende numerosas tradiciones que merecen investigación, reconocimiento y protección. El lugar alcanzado por el merengue responde a una trayectoria particular, construida por generaciones de músicos y bailadores, pero también condicionada por las instituciones, los medios de comunicación y las circunstancias políticas de cada época.

Desde las celebraciones populares hasta los escenarios internacionales, el merengue ha acompañado distintas experiencias de la sociedad dominicana. Fue objeto de controversias, recibió el patrocinio de una dictadura, sobrevivió a sus intereses políticos y encontró nuevos espacios entre las comunidades emigrantes. Hoy forma parte de una memoria compartida que continúa transformándose con cada generación.

Su historia demuestra que los símbolos culturales no aparecen terminados ni permanecen ajenos a las circunstancias de quienes los adoptan. El merengue llegó a representar la dominicanidad mediante un proceso prolongado, lleno de encuentros y contradicciones. Reconocer esa trayectoria también supone recordar que, mucho antes de las declaraciones oficiales y los reconocimientos internacionales, ya existían comunidades que lo bailaban y músicos que lo mantenían vivo.

EN ESTA NOTA

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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