En la esquina que forman la Avenida de Los Mártires con la Juan A. Ibarra, de la ciudad de Santo Domingo, se encuentra la Iglesia Parroquial San Pablo Apóstol, en el sector de Cristo Rey. Esta se levanta sobre los escombros de lo que fue el centro clandestino de tortura y exterminio de la dictadura trujillista conocido como La 40. Su nombre real era Rancho Jacqueline, propiedad de Juan Tomás Díaz, quien la vendió, para luego ser adquirida por el gobierno a sus propietarios.
Recordamos vívidamente el testimonio de doña Chana Díaz, viuda de Juan Tomás, apresada por la participación de su esposo en el ajusticiamiento del tirano y llevada a La 40. Encerrada en la que fue la habitación principal, los esbirros le preguntaban burlonamente: ‘‘¿cómo se siente la señora de la casa?’’.
Luego del ajusticiamiento el presidente títere Joaquín Balaguer, en sus esfuerzos por borrar las evidencias físicas de las atrocidades de régimen ante la visita de la comisión de la OEA, ordenó demoler la casa y sus edificaciones adjuntas. Más adelante entregó el terreno a la Iglesia Católica y construyó la parroquia que hoy vemos. Apostó a la devoción del pueblo dominicano para reescribir la historia.
Tal era el afán del presidente títere de permanecer en el poder que recibió una comisión de madres y familiares de los desaparecidos. Las mujeres habían asumido acciones públicas reclamando noticias sobre sus familiares. Pedían, entre otras cosas, que se les permitiera visitar las cárceles. Cuando Balaguer escuchó la lista de los lugares que solicitaban visitar, preguntó: ‘‘¿qué es La 40?’’. Según el testimonio de doña Ángela Ricart, madre del expedicionario Tony Mota Ricart, al terminar la entrevista, Balaguer dijo en voz baja a uno de sus asistentes: ‘‘¿y qué es lo que quieren, que yo reviva un muerto?”.
Durante años, cada 21 de enero, los sobrevivientes han asistido a la misa en la parroquia San Pablo Apóstol, en Cristo Rey, para recordar a sus compañeros. Constantes, apropiándose de su memoria, reclamando con su presencia el derecho a la verdad y a la justicia, construyeron lo que hoy es parte de la memoria cultural.
La Real Academia Española (RAE) define la memoria como la "facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado". En el contexto colectivo la memoria cultural es transmitida de generación en generación y se constituye en identidad de un grupo social.
Hace tres años el Museo de la Resistencia recibió una solicitud del párroco José Luis Hernández para el rescate de lo que fue ese espacio, ante los intentos de reescribir la historia que hacen a diario los servidores y beneficiados del régimen trujillista.
Fue una agradable sorpresa encontrar al padre José Luis y su dinamismo. De este feliz encuentro nació la exposición ‘‘La 40’’ que se encuentra instalada en la verja perimetral de la parroquia.
Una calurosa tarde de junio se dieron cita sobrevivientes y familiares junto a la comunidad del barrio. Tomaron las calles e inauguraron en un emotivo acto, entre canciones, testimonios y lágrimas, la exposición que relata qué pasó en ese lugar durante la dictadura trujillista y honra a quienes resistieron para reconquistar la libertad del pueblo dominicano.
Cuando las comunidades se apropian de su memoria y de su identidad, resisten a los esfuerzos por borrarla o cambiarla. La verdad aflora siempre que alguien recuerde, transmita y valore los sacrificios y la gloria de quienes estuvieron dispuestos a todo por su pueblo.
El revisionismo histórico que hoy pide exponer “las luces y las sombras’’ no comprende la fuerza de la memoria cultural como sostén de los pueblos y de su dignidad.
Cada 21 de enero, cientos de hombres y mujeres torturados, asesinados y desaparecidos son recordados en el lugar donde estuvo “La 40”. Diariamente, cada joven o niño que pasa por esa verja y lee los carteles con sus historias y sus nombres va construyendo su propia conciencia sobre el terrorismo de Estado y fortalece nuestra memoria cultural.
Los espacios físicos pueden ser destruidos, pero nadie puede arrancar la memoria. Lo vivimos en el acto de inauguración al escuchar los relatos de gente de la comunidad de Cristo Rey, compartiendo recuerdos de niñez que quedaron por siempre.
La memoria cultural convirtió ese lugar en un espacio de conciencia. Los espacios de conciencia son los lugares donde se practicó terrorismo de Estado, sistemático, organizado desde el gobierno, con el objetivo de exterminar la disidencia política en franca violación a los derechos fundamentales. Son espacios usados por el Estado, no espacios privados, rescatados para educar en derechos y valores democráticos, recordando y activando el pasado para promover la reflexión sobre los derechos humanos actuales y contribuir a la construcción de un futuro que garantice la no repetición.
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