Existen pocas personas dedicadas a dilatar los horizontes de la belleza, honrando el rastro de quienes supieron dotar el mundo de sentido.
Así era doña Luisa, un alma ligera y difusa, y cuando el tiempo nos puso a trabajar en la geografía de distancias italianas, yo habitando la niebla laboriosa de Milán y ella el sol de mármol de Roma, nuestras voluntades de servicio público se encontraban en el aire, como dos colibríes que se conocen por su vuelo y no por el nido. Ella me enviaba hacia el norte su agenda de afanes ilusorios, de planes operativos y proyectos culturales; como un torbellino de intenciones sus ideas cruzaban la península; yo le dedicaba horas a través del teléfono, devolviéndole un poco de serenidad hacia el sur, con una diligencia etérea, pero sostenida por el apetito que teníamos en común, el de la pasión por promover el acervo artístico dominicano en Europa.
Luego, la vida me trajo a las siete colinas. Llegué a Roma motivado por encontrarla, con las ganas de ver finalmente a la cómplice de tantas gestiones diferidas. Pero el destino, burócrata caprichoso, decidió que no coincidiéramos bajo el mismo techo oficial. Luisa ya preparaba su equipaje para trasladarse a Madrid, cubierta por un nuevo cargo de consejera diplomática, dejando la agregaduría a un lejano concluso. Sin embargo, por unos días convinimos en el histórico palazzo de vía Ludovisi, donde la veía atravesar los largos pasillos de la Embajada, bajo los techos velados por frescos libertinos, con su figura minúscula que parecía flotar. Era como ver a Marcel Marceau en medio de un jardín. Tenía una gestualidad blanca, y la precisión de un mimo que comunica el mundo sin estridencias, contaba lo que contaba en modo pausado y aéreo, sin querer despertar a los personajes criollos que nos cercaban y, según ella, entorpecían sus ideas. De su boca, siempre brotaban como manantiales, planes, visiones, y sueños de óleo que ya transbordaba en sus neuronas, o en su sangre, desde los tiempos lejanos de la Galería Auffant, donde su estirpe fue pionera en el comercio del arte.
Doña Luisa llevaba consigo la memoria de los grandes artistas caribeños, de Jaime Colson, a quien estudió y reivindicó con la devoción de una hermana; de Suro y de los maestros que ayudó a consagrar en el Museo Bellapart, donde dedicó sus años más fértiles. Antes de Italia, ella ya había dejado sus huellas en las misiones dominicanas en París y Lisboa. Y luego en Madrid, primero con el embajador Juan Bolívar, a quien en algún momento me dijo admirar, y luego con el embajador Tony Raful, de quien había sido vieja compañera de rutas culturales.
Me dicen que doña Luisa creó asombros en las tierras de Castilla, abriendo espacios para los nuevos artistas dominicanos. Pero yo puedo, y doy, testimonio de su siembra en Italia, donde la vi levantar festivales de cine proyectando nuestras historias dominicanas sobre los muros romanos, y recuerdo, sobre todo, su gesto más poético, la búsqueda de lo mínimo en la organización, con la paciencia de un orfebre del tiempo, de una exposición de sellos postales que llamó Mensajeros del Arte, para celebrar 150 años de correos dominicanos. Berna, Roma y San Marino vieron pasar, en la superficie minúscula de una estampilla, el alma de treinta de nuestros pintores y escultores. Fue un documento histórico, una hazaña de la diplomacia cultural dominicana.
Hoy dicen que ha muerto una diplomática de esa rara estirpe, de las que abren puertas donde otros ven candados, y de repente sentimos que el aire se ha vuelto más pesado. Luisa se ha ido como vivió, en el silencio de la noche, con la elegancia de una pluma que termina su viaje y descansa, en la esquina de algún lienzo. Nos deja un apellido perfumado en el aroma del óleo fresco, y un silencio sagrado que bien conocen los que saben amar el espinoso camino de promover la cultura nacional por el mundo.
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