“Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.”  Ludwig Wittgenstein 

El conocimiento humano es siempre una franja móvil entre lo que sabemos y lo que ignoramos. Nadie puede afirmar “yo sé” sin advertir, como recordaba Sócrates, que “solo sé que nada sé”. Ese reconocimiento no disminuye la valía del saber, sino que potencia la humildad intelectual necesaria para comprender que cada sujeto es un territorio simultáneo de certezas provisionales y desconocimientos inabarcables. En esa tensión se despliega nuestra condición humana. 

Como nada en la realidad permanece estático, tampoco el lenguaje —ese tejido vivo que usamos para decirnos y entendernos— puede ser considerado una entidad fija. Todo lo contrario: el lenguaje es transformación, movilidad, posibilidad. “El lenguaje es la casa del ser”, escribió Martin Heidegger, y en esa casa habitan tanto nuestras luces como nuestras sombras. Lo que decimos refleja lo que somos y aquello que todavía no alcanzamos a ser. 

Cuando alguien enuncia una verdad, lo que pone en escena no es una verdad absoluta, sino una apuesta discursiva. Toda afirmación es una interpretación situada, un parecer particular de un sujeto único e irrepetible. De allí que la verdad, cualquiera que esta sea, adquiera un carácter inevitablemente relativo. “No vemos las cosas como son, sino como somos”, recordaba Anaïs Nin, y esa condición hermenéutica nos acompaña en todo acto de conocer. 

Barthes.

En ese sentido, el lenguaje no solo nombra el mundo, sino que lo modela y lo hace pensable. Sin él no podríamos acceder a la complejidad de los fenómenos ni otorgarles sentido. La inseparabilidad entre palabra y conocimiento constituye uno de los pilares fundamentales de la conciencia humana. Por eso Roland Barthes afirmó: “El lenguaje es una piel: rozo el otro con mis palabras”, subrayando que nuestras percepciones y vínculos están atravesados por la palabra. 

Émile Benveniste advirtió que si se despojara al ser humano de su lenguaje, se le reduciría a un objeto o a un animal sin posibilidad de significación. El lenguaje no es un simple instrumento: es el ámbito donde se funda nuestra propia definición de humanidad. Somos en tanto hablamos; existimos en tanto nos decimos; pensamos porque el lenguaje nos sostiene, nos crea y nos posibilita. Ninguna otra facultad humana tiene una incidencia tan decisiva en la construcción del yo y de la realidad. 

Si toda realidad reside en el lenguaje, es porque sin él no podemos describir, organizar ni interpretar el mundo. En consecuencia, tampoco podemos nombrarnos a nosotros mismos. La identidad, el conocimiento, la memoria, la cultura y el pensamiento son configuraciones que emergen de la palabra. Así, el lenguaje se convierte no solo en vehículo, sino en estructura profunda del saber. 

Comprender esta relación nos conduce a reconocer que conocer es, en última instancia, un acto lingüístico. Detrás de cada idea hay una trama de palabras, detrás de cada certeza hay un discurso, detrás de cada interpretación hay un sistema simbólico que nos antecede. El saber humano es inseparable del modo en que el lenguaje permite articularlo, expandirlo y transformarlo. 

El lenguaje no es únicamente el medio a través del cual expresamos el conocimiento: es la condición misma de posibilidad del saber. Allí donde hay palabra hay mundo; donde hay mundo hay sujeto; y donde hay sujeto surge el permanente desafío de comprender y ser comprendidos. Reconocer esta íntima relación entre lenguaje y realidad nos permite asumir, con plena conciencia, que toda verdad es interpretación y que toda interpretación es un acto creador. 

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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