Escucho con frecuencia por parte de maestros, docentes y muchas otras personas, que los jóvenes de hoy no leen o que leen mucho menos. ¿Con quién o quiénes se hace esta comparación? En nuestro país la lectura no ha sido una actividad frecuente y notoria.
Cuando me traslado a mi época de niñez y juventud, salvo con algunas excepciones, leer, apreciar la lectura, contar con un hábito de lectura, no era una actividad característica de la juventud. En el pedazo de Villa Juana donde nací y viví hasta los 21 años, se podían contar “los amantes de la lectura”.
No puedo negar que personalmente nací en una familia lectora: mi padre leía con frecuencia filosofía; mi madre, su pasión, eran las novelas. Mis cinco hermanas, una más que otra, mostraba un aprecio por la lectura. Un estante en ébano, que aún conservo desde entonces, contenía casi todos los libros de interés de la familia.
Las actividades, como parte de la juventud estudiantil católica (JEC), me hizo tener mi propio estante, que se vio crecer cuando inicié la carrera de psicología en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y maestros como Enerio Rodríguez, Tirso Mejía Ricart, Leonte Brea, entre otros, incentivaron el aprecio por la lectura.
Igual, no puedo soslayar al respecto, que fui parte tanto en la JEC como en la universidad, de un grupo de jóvenes y amigos que mostraban su aprecio por leer, creando la cultura de prestarnos los libros, como el aprovechamiento de los cumpleaños para hacer de ellos un regalo que siempre se apreciaba.
Ahora bien, la mayoría de mis amigos del barrio, con algunas excepciones, no tenían ése mismo hábito, a pesar incluso de que la Escuela República Dominicana donde la mayoría hicimos la primaria contaba con una importante biblioteca.
Hay que formar lectores al mismo tiempo que formar lectores capaces de profundizar, comprender y cuestionar lo que se lee. Y ése si es un tema complejo.
¿Leen menos los jóvenes? Pienso que hay algo de mito en esta cuestión, además de ser una realidad un tanto más compleja. Es frecuente escuchar: los jóvenes ya no leen. Quizás debamos detenernos un poco para analizar el tema y darnos cuenta de que estamos ante cambios culturales importantes con la irrupción de las tecnologías.
Y, quizás también, deberíamos preguntarnos qué leen, cómo leen y en qué condiciones lo hacen. Algo que debemos evitar, y éste es un error muy frecuente, es medir el presente con categorías del pasado. Esto sucede con muchos temas, el favorito es el que tiene que ver con los valores. “No hay valores”, una frase socorrida.
Los principales criterios empleados para hablar de la lectura es el que tiene que ver con el libro impreso, la concentración prolongada y un comportamiento silencioso y solitario. Si estos criterios no están presentes, alejándose de nuestro modelo de lo que significa la lectura, terminaremos diciendo “hoy no se lee”.
Una observación detenida y minuciosa nos llevaría a conclusiones distintas cuando observamos que los jóvenes leen constantemente mensajes, artículos digitales, hilos informativos, relatos en plataforma, contenidos académicos y otros, como algún tipo de literatura. La diferencia es que se da en entornos digitales, además de ser fragmentados y muy interactivos. Es una lectura breve, pero frecuente y compartida. Sus consecuencias cognitivas es tema de interés para otra entrega.
De ahí que el problema esté entonces, no en la ausencia de lectura, sino más bien, en nuestra dificultad para reconocer nuevas formas de leer.
No puedo negar mi aprecio por el libro impreso y, todavía más, cuando me topé con el libro de Irene Vallejo El infinito en un junco: la invención de los libros en el mundo antiguo. Me deleitó, me sumergió en el gozo por la palabra escrita y cómo esta ha impactado en la historia humana. Un libro que no tengo dudas que todos debemos leer.
Sin embargo, esa experiencia casi mágica de abrir un libro, pasar por sus páginas y hasta olerlo, cuando está nuevo, no puede llevarme a la afirmación categórica de que los jóvenes hoy no leen, no leen como aprendí a leer y como me gusta leer. Y debo decir, que leo mucho de manera digital.
Un desafío que debe ser enfrentado al respecto es que el que tiene que ver con la abundancia al mismo tiempo que la dispersión y poca profundidad, de cuanto se lee. Hay que formar lectores al mismo tiempo que formar lectores capaces de profundizar, comprender y cuestionar lo que se lee. Y ése si es un tema complejo.
Quizás deberíamos preguntarnos: ¿qué estamos haciendo los adultos, las escuelas y las instituciones para acompañar estos cambios tan fundamentales en este momento?
En las escuelas se insiste en la obligación de leer antes que, en el sentido de la lectura, en la evaluación antes que en el disfrute de ésta y en la memorización más que en la comprensión del texto leído. De esa manera, la lectura pierde su carácter de experiencia significativa, convirtiéndose más bien en una tarea escolar más.
No caigamos en la nostalgia de la lectura desaparecida, sino en la acción pedagógica innovadora comprometida con la misma, reconociendo y legitimando la lectura digital como punto de partida y no como obstáculo; promoviendo la lectura profunda como una competencia a desarrollar; integrar la lectura con la vida cotidiana; fomentar comunidades lectoras y formar docentes como mediadores de la lectura.
Tal vez ha llegado el momento de abandonar la queja fácil y asumir una postura más reflexiva y comprometida. Los jóvenes no han dejado de leer; están leyendo de otra manera. Comprender este cambio es un paso importante para acompañarlos.
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