Hay cosas de la vida pública que todo el mundo conoce, aunque pocas veces se dicen de frente. Todos sabemos que muchas veces los puestos, las oportunidades o las influencias no llegan necesariamente a quien más lo merece, sino a quien tiene la persona adecuada cerca. En nuestro lenguaje cotidiano eso suele llamarse “cuña”, recomendación, contacto o simplemente confianza. Leopoldo Alas, Clarín, lo llamó de una forma más aguda y casi burlona: La yernocracia.
En el cuento que lleva ese nombre, Clarín presenta una conversación entre dos amigos que termina convirtiéndose en una reflexión abismal sobre la naturaleza humana. Uno de ellos, Aurelio Marco, plantea una idea que rompe con la imagen ideal que solemos tener de ciertas virtudes. En un momento del diálogo afirma que “el patriotismo, a mi juicio, tiene de sincero lo que tiene de egoísta”, pues en él suelen mezclarse la conveniencia personal y la vanidad. Incluso llega a relacionar ese sentimiento con la búsqueda de gloria, a la que describe como una forma refinada del egoísmo humano. Con estas ideas sugiere que incluso los sentimientos que la sociedad considera más nobles pueden estar mediados por intereses muy humanos. Lo que admiramos como heroísmo o sacrificio no siempre nace de un desinterés absoluto, sino que muchas veces convive con el deseo de reconocimiento o con la necesidad de afirmarse ante los demás.
Sin embargo, Aurelio no lo ve todo con pesimismo. Para él hay un lugar donde el amor sí parece ser verdadero: la familia. El amor de los padres hacia los hijos aparece como uno de los sentimientos más sinceros que existen. Un padre puede hacer sacrificios enormes por su hijo sin esperar recompensa. Ese tipo de afecto, tan profundo y tan instintivo, parece, en principio, una de las pocas formas de amor realmente desinteresado.
Y, sin embargo, ahí aparece la contradicción.
Ese mismo amor que parece tan noble puede convertirse también en una puerta para el favoritismo. Un padre que quiere ver feliz a su hija puede sentirse inclinado a favorecer a la persona que ella ama. No necesariamente por corrupción ni por ambición, sino por algo mucho más simple: el deseo de proteger aquello que quiere.
De ahí nace la idea de la yernocracia. Clarín usa ese término para referirse al poder que puede llegar a adquirir el yerno gracias al amor que el padre siente por su hija. La idea aparece en el cuento a partir de una escena doméstica que parece trivial, casi cotidiana. La pequeña Rosina, hija de Aurelio, imagina que su padre podría llegar a ser rey y decide, con la lógica ingenua de los niños, que su amigo Maolito (su inocente “novio” infantil) debería recibir un cargo importante. La ocurrencia parece solo un juego de niños, pero provoca una reflexión inesperada en el padre: si realmente tuviera poder, ¿sería capaz de usarlo para beneficiar al futuro esposo de su hija?
La pregunta parece simple, pero encierra algo importante. En ese momento Aurelio comprende que incluso una persona honesta podría verse tentada a actuar de esa manera. No por ambición, sino por afecto.
Ahí está la fuerza del cuento. Clarín no se limita a denunciar el nepotismo como un problema político, sino que va un poco más lejos y muestra cómo ese fenómeno puede nacer de algo profundamente humano. El favoritismo no siempre surge de la maldad; muchas veces nace del amor.
Y cuando se observa la realidad contemporánea, es difícil no pensar que esa intuición sigue teniendo sentido. En muchos espacios políticos, laborales o institucionales, es común ver cómo los puestos y las oportunidades terminan concentrándose entre personas cercanas al poder. A veces se trata de decisiones justificadas por la confianza o por la cercanía; otras veces, simplemente, de la tendencia humana a favorecer a quienes forman parte del propio entorno. Poco a poco, los nombres se repiten y algunos espacios terminan ocupados por personas vinculadas entre sí por lazos familiares, personales o en su defecto, por los que tienen una “cuña”. Los nombres cambian, las circunstancias también, pero la situación es la misma: amigos, hijos, primos, cuñados o yernos aparecen una y otra vez ocupando espacios que deberían estar abiertos al mérito y a la competencia.
De ese modo, lo que en el cuento aparece como una sátira sobre el poder del yerno puede leerse también como una observación más amplia sobre cómo los afectos influyen en las decisiones humanas, incluso cuando estas deberían regirse por criterios de justicia o de mérito.
Quizá ahí radica la agudeza del cuento. La yernocracia no se limita a señalar un problema político ni a ridiculizar el favoritismo; más bien invita a pensar en una tensión que forma parte de la condición humana. El ser humano aspira a la justicia, pero al mismo tiempo sus afectos influyen en sus decisiones. Amar a los nuestros es algo natural, casi inevitable; lo difícil es impedir que ese amor incline la balanza cuando se trata de tomar decisiones que afectan a otros.
Por eso el cuento de Clarín todavía dice mucho sobre nuestro tiempo, porque nos recuerda que el problema no está solo en las estructuras de poder, sino en lo difícil que puede ser para el ser humano mantener la justicia cuando el amor por los suyos entra en escena. Y mientras ese afecto siga teniendo peso en las decisiones humanas, la yernocracia seguirá siendo algo más que una ocurrencia literaria.
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María Isabel Echavarría Montero, es estudiante de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Se interesa por la crítica literaria y el análisis de los clásicos desde su vigencia en la sociedad contemporánea. Su correo es: mariaisabelechavarriamontero@gmail.com
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