El cacique Hatuey, que ocho años antes había combatido fieramente a Diego Velázquez y se había tenido que retirar a Cuba, había sido aceptado por los indios cubanos de Baracoa como su cacique principal. Este relató a los indios cubanos lo que había vivido en la isla de Santo Domingo ante los españoles dirigidos por Velázquez, a quienes les habló de la sed infinita de oro que tenían este personaje y sus acompañantes. Les convenció de no entregar a los españoles una sola piedra de oro, al tiempo de manifestarles que, aunque se las tragaran, estos les abrirían las barrigas para sacárselas. Por tal razón, les orientó a que el oro recogido fuera lanzado al fondo de los ríos para evitar su saqueo por parte de los españoles. De igual modo, les explicó que las tropas españolas habían sometido y masacrado a miles de sus hermanos en Santo Domingo, procediendo a destruirles sus cemíes y a perseguirlos por sus creencias para obligarles a adorar el Dios de los cristianos. En tal sentido, les alertó en torno a la necesidad de que se prepararan para resistir la presencia de los españoles en Cuba por largo tiempo.
En este ensayo nos concentraremos en dar los detalles de los procesos de resistencia social, cultural y política de los cacicazgos de Jaragua e Higüey, donde de diferentes maneras sus caciques principales y secundarios lucharon por la defensa del territorio y de sus habitantes. De igual manera, se recogen las diferentes formas de resistencia que opusieron los nativos a los colonizadores españoles.
5.- La conquista del cacicazgo de Jaragua
El cacicazgo de Jaragua era gobernado por el cacique Bohechío y estaba dividido políticamente en 26 nitainatos. Este cacicazgo era muy avanzado en términos culturales. Tras la muerte de Bohechío, ocurrida en 1502, su hermana Anacaona le sucedió en el cargo. El cacicazgo se extendía por todo el suroeste de la isla de Santo Domingo. Era el de mayor extensión de la isla, teniendo su asiento principal en un lugar llamado Guaba, hoy día, Léogane, cerca de la actual ciudad de Puerto Príncipe, capital de Haití.
El cacicazgo abarcaba los territorios pertenecientes a las actuales provincias de Bahoruco, Barahona, Independencia y Pedernales, en la República Dominicana; así como los actuales territorios de Artibonito, Grand’Anse, Nippes, Departamento Oeste, Departamento Sur y Departamento Sudeste, en la República de Haití.
Hacia el año 1502 asumió el gobierno de la isla de Santo Domingo, el Comendador de Lares, Nicolás de Ovando, quien tenía la idea de que a los indios había que hacerlos obedecer las órdenes de los españoles en cuanto a la construcción de villas y caminos, así como también con el pago de tributos en oro y seguir los principios de la religión católica.
Ovando venía con las instrucciones de los Reyes Católicos de eliminar los repartimientos de indios, restablecer el pago de tributos, establecer el pago temporal asalariado de los indios en las explotaciones de los españoles e investigar las acciones adoptadas por Francisco Bobadilla contra el almirante Cristóbal Colón y sus hermanos.
Los encomenderos españoles junto al gobernador Ovando se convencieron de que la rápida acumulación de riquezas y prosperidad se alejaban y la estabilidad de la colonia peligraba si mantenían una actitud indulgente con los pobladores aborígenes. Por tal razón, consideraron necesario mantener sometida a la población nativa a relaciones de servidumbre y esclavitud, intensificando el régimen de las encomiendas, que habían tenido como antecedentes los repartimientos de indios.
Ovando les comunicó a los Reyes Católicos la situación que encontró en la isla de Santo Domingo, al tiempo de solicitar su autorización para restablecer el régimen de las encomiendas. No obstante, al no recibir respuesta de los soberanos españoles a su requerimiento, decidió poner en práctica un plan de provocaciones a los cacicazgos que no habían sido formalmente sometidos. Fue así como decidió dirigirse a los cacicazgos de Jaragua e Higüey, que hasta entonces pertenecían intactos, aunque el de Jaragua ya había sido vsitado por Bartolomé Colón y pagaba tributos en algodón y alimentos.
Con esas provocaciones, Ovando buscaba justificar la rebeldía de los aborígenes para hacerle la guerra a aquellos territorios que no respondían a la autoridad española, de manera que le permitiera apropiarse de ellos y someter a su población en beneficio de los españoles.
El cacicazgo de Jaragua, el cual era simbólicamente independiente, gobernado para entonces por la cacica Anacaona -quien fue esposa de Caonabo-, era el único que pagaba religiosamente los tributos que años antes había acordado Bohechío con el adelantado Bartolomé Colón.
Al enterarse de que el gobernador español, Nicolás de Ovando, le visitaría, Anacaona preparó junto a su pueblo una gran bienvenida a tan distinguido visitante, en que faltarían las fiestas, los obsequios y diversas actividades para agasajarles. El comendador Nicolás de Ovando, fingiendo que disfrutaba de la celebración, que duró varios días, de forma pérfida tenía un plan para destruir y someter a ese pueblo.
Para llevar a cabo su acción se reunió con sus soldados en medio de la celebración y les informó que se había enterado de que Anacaona tenía un plan para aniquilar a su ejército junto a él, dejándole ver claramente que esa fiesta era una trampa para asesinarles.
Para corresponder a la gran bienvenida recibida de Anacaona y su pueblo, el comendador Ovando ordenó a sus soldados realizar ejercicios militares como muestra de buena voluntad, actividad que los ingenuos aborígenes disfrutaban con gran algarabía, al desconocer las verdaderas intenciones del malvado gobernador. Por órdenes expresa de Anacaona todos sus guerreros y caciques subalternos estaban desarmados, para evitar que Ovando pensara que había algún plan contra él y su gente.
Después de la comida, Anacaona junto a su hija Higuemota, y otras tantas mujeres y familiares de los caciques, salieron a la plaza -la cual estaba rodeada por los hombres de la caballería de Ovando-, a disfrutar de la exhibición militar que realizaban con armas de fuego, espadas y artillería de guerra.
Ovando, a quien Anacaona le solicitó que llamara a los demás caciques y familias para que se unieran a disfrutar de la exhibición militar, ordenó a los capitanes Diego Velázquez y Rodrigo Mejía que condujeran a los caciques y a sus familias a su posada de invitado de honor, donde supuestamente se reuniría con ellos, pero una vez adentro, fueron amarrados y la choza fue incendiada con todas estas personas.
En el mismo momento en que más de cuarenta caciques con sus familias morían calcinadas por el fuego ordenado por Ovando, miles de hombres, mujeres y niños eran eliminados, regando con su sangre las tierras que les fueron arrancadas de manera vil, sin darle oportunidad de defenderse. Esto significa que Ovando y su gente llevaron a cabo una verdadera masacre o carnicería humana, una ejecución masiva o sumaria, contra los indefensos y desarmados aborígenes.
La mayor parte de los indígenas que lograron sobrevivir a la masacre o matanza de Jaragua huyeron aterrorizados a las montañas, mientras que otros se embarcaron en canoas hacia otras islas cercanas, como Cuba y Jamaica, huyendo del azote de los cristianos españoles. En tanto que la cacica Anacaona fue trasladada a la ciudad de Santo Domingo, acusada injustamente de sedición y de un sinnúmero de cargos inventados, para justificar su ahorcamiento en la Plaza Pública de la zona colonial.
Después de la ejecución de este homicidio colectivo, planificado y ejecutado con premeditación y alevosía, el terror quedó sembrado en todo el territorio del Jaragua; sus tierras fueron repartidas entre los conquistadores españoles, en tanto que la pacífica y laboriosa población aborigen que habitaba estos predios pasó a la servidumbre y a la esclavitud, mediante el sistema de encomiendas.
5.1.- La rebelión de Guaroa
Guaroa fue uno de los caciques indígenas que sufrió en carne viva los rigores de la matanza de Jaragua, ya que, al salir con vida tras quedar mal herido, fue confundido por los españoles con un cadáver. Posteriormente, cuando tuvo la oportunidad, salió huyendo y se refugió en las montañas junto a los demás aborígenes que lograron sobrevivir a la masacre.
Luego de curar sus heridas, Guaroa se propuso organizar un alzamiento guerrillero en la ladera occidental de la sierra del Bahoruco, mediante el desarrollo de acciones de promoción y reclutamiento de la población indígena para su fuerza rebelde.
Como parte de su estrategia, fue en busca de su sobrino Guarocuya, de siete años, que, en ese momento se encontraba viviendo en Santo Domingo con Higuemota, la hija de los caciques Anacaona y Caonabo. El hecho de que este niño estuviera en la sierra del Bahoruco se convirtió en un símbolo de resistencia, por ser el hijo de un cacique asesinado (Magicatex). Esto, políticamente, sirvió de apoyo para aumentar la cohesión y poder de la fuerza rebelde bajo la orientación de Guaroa.
El trabajo en el interior de la sierra se organizó mediante un sistema de espionaje y comunicación. Esto permitió que todos los indígenas mantuvieran una comunicación fluida, desde aquellos que trabajaban para el Comendador Ovando hasta el campesino que cultivaba la tierra al pie de la montaña.
Guaroa diseñó y puso en práctica una serie de tácticas militares, las cuales incluían desde ocupar las zonas más abruptas de la sierra, escoger lugares de abastecimiento de agua y alimentos y construir líneas de defensa, hasta mantener una vigilancia nocturna permanente que contribuyera a evadir el enfrentamiento directo. Estas tácticas fueron exitosas y Guaroa no pudo ser derrotado, muy a pesar de los múltiples intentos de la tropa de Diego Velázquez para tomar por asalto su guarida.
Ovando, al enterarse de los fracasos sufridos por las tropas de Velázquez en la captura de los aborígenes rebeldes, decidió mandarle refuerzos y envió dos grupos, uno por tierra y otro por mar. El padre Las Casas, testigo de la matanza de Jaragua y protector de Guarocuya e Higuemota, pidió a Ovando que le permitiera acompañar a las tropas en calidad de mediador, petición que fue aceptada por el Comendador.
Las provisiones enviadas por Ovando a las tropas de Velázquez eran acarreadas por indígenas, quienes aprovechaban un momento de descuido para unirse a Guaroa, llevándose consigo los suministros y alertándole en torno al plan de ataque de los conquistadores españoles.
El padre Las Casas, por haber sido el salvador de Guarocuya en la masacre del Jaragua, gozaba de gran respeto y peso moral entre Guaroa y sus seguidores. En el diálogo sostenido por ambos, Las Casas le mencionó la bondad de Velázquez y su deseo de tenerlo nuevamente con él, al tiempo de prometer lograr el perdón para él y su gente, de parte del gobernador Ovando. A esto le respondió Guaroa: ¨Pero yo no perdono al gobernador, y si he de vivir sometido a él, mejor prefiero morir¨.
En virtud del discurso con alto sentido moral pronunciado por Las Casas, Guaroa dejó a sus hombres en libertad de decidir si lo acompañaban o no, pero reafirmando que él se quedaría; después de momentos de vacilación, ninguno de los guerreros le abandonaron.
Las Casas insistió que el camino más provechoso para Guarocuya era estar entre los españoles, con quienes estaría bien cuidado, recibiendo educación y feliz. Expresó que nadie tenía el derecho de sacrificar a un niño inocente por mero capricho, razón por la cual él se lo llevaría.
El planteamiento de Las Casas provocó que la mayor parte de los combatientes abandonaran la sierra, confiados en sus promesas en nombre del capitán Velázquez, pero hechas bajo un poder que no poseía. Gracias a estas promesas, las tropas de Guaroa se debilitaron. Esta situación fue aprovechada por Velázquez para que algunos indígenas le mostraran el refugio del jefe rebelde, bajo el argumento engañoso de que lo estaba buscando para ofrecerle un nuevo pacto.
Cuando llegó al campamento de Guaroa lo encuentra desprevenido, Velázquez y sus tropas cercaron el lugar, encendieron las chozas y masacraron a sus ocupantes, con la sola excepción del jefe rebelde, quien desafió la muerte, espada en mano. Ocho muertos y varios heridos del lado español fue el resultado del combate entre Guaroa y la gente de Velázquez.
Velázquez invitó a Guaroa a rendirse a cambio de su amistad y protección, a lo que el indio rebelde respondió que son falsos y malvados quienes asesinan a los suyos a traición. A partir de este hecho se inició una lucha cuerpo a cuerpo entre Velázquez y Guaroa, en la que este perdió su espada e hizo grandes esfuerzos por recuperarla, siendo interceptado por un soldado español.
Antes de que Guaroa fuera vencido, sacó su cuchillo de la cintura, y después de hacer el simulacro de herir con ello al capitán Velázquez lo clavó en su pecho y exclamó: ¡Muero libre! De esta manera, quedó frustrada una de las rebeliones con más posibilidades de triunfo en el territorio de Jaragua, si Las Casas no se hubiese fiado tanto de las promesas de Velázquez y Ovando.
5.2.- La resistencia titánica de Hatuey
Una vez aplastada la resistencia del Bahoruco, Diego Velázquez, en cumplimiento de las instrucciones dadas por el gobernador de Santo Domingo, Nicolás de Ovando, continuó desarrollando una agresiva campaña militar orientada a completar el sometimiento esclavista de los indios del cacicazgo de Jaragua.
La campaña se concentraría en las zonas de Guahaba, Sabana, Hanigayahua y Guacayarina, último reducto de la resistencia del Jaragua. Estos aborígenes, siendo quizás los más primitivos de la isla, pero no por ello menos valientes, les hicieron una resistencia enconada a las tropas españolas dirigidas por Velázquez.
El cacique Hatuey encabezaba la resistencia en la zona de Guahaba, al ver rotas sus defensas y ante la inminencia de un asalto total de su territorio, ordenó la retirada y la migración hacia la isla cercana de Cuba, escapando así, por espacio de casi una década, de las garras de su futuro carnicero. Fue tal la resistencia de Hatuey y su gente contra el ejército de Velázquez, que tuvieron que pasar seis largos meses de sucia y cruel guerra de exterminio para lograr el sometimiento a la esclavitud en febrero de 1504 a quienes no pudieron emigrar.
En noviembre de 1511, Diego Colón recibió la autorización real para iniciar la colonización de Cuba y designó al capitán Diego Velázquez para dirigir la guerra de sometimiento y esclavización de los aborígenes cubanos.
El cacique Hatuey, que ocho años antes había combatido fieramente a Velázquez y se había tenido que retirar a Cuba, había sido aceptado por los indios cubanos de Baracoa como su cacique principal. Este relató a los indios cubanos lo que había vivido en la isla de Santo Domingo ante los españoles dirigidos por Velázquez, a los que les habló de su sed infinita de oro que tenían este personaje y sus acompañantes. Les convenció de no entregar a los españoles una sola piedra de oro, al tiempo de manifestarles que, aunque se las tragaran, estos les abrirían las barrigas para sacárselas. Por tal razón, les orientó a que el oro recogido fuera lanzado al fondo de los ríos para evitar su saqueo por parte de los españoles. De igual modo, les explicó que las tropas españolas habían sometido y masacrado a miles de sus hermanos en Santo Domingo, procediendo a destruirles sus cemíes y a perseguirlos por sus creencias para obligarles a adorar el Dios de los cristianos. En tal sentido, les alertó en torno a la necesidad de que se prepararan para resistir la presencia de los españoles en Cuba por largo tiempo.
La audacia de Hatuey fue tal que durante todo este tiempo mantuvo comunicación con la colonia de Santo Domingo a través de mensajeros indígenas que iban al Jaragua o migraban de Santo Domingo a Cuba. Fue este tipo de espionaje, el que le permitió enterarse de antemano de la próxima expedición colonizadora que encabezaría Diego Velázquez y así pudo organizar a su gente para la resistencia que se avecinaba.
Desde que la expedición de Velázquez pisó tierra cubana, esta se vio obligada a enfrentar una lucha sin cuartel de parte de Hatuey y los indios de Baracoa. Dos largos meses, día tras día, se escenificaron sangrientos combates, pero finalmente la superioridad militar de los españoles se impuso. La resistencia se fue convirtiendo en defensiva y las montañas pasaron a ser el último reducto de los nativos de la isla.
La lucha desigual continuó, las masacres de poblaciones enteras y el incendio inmisericorde de aldeas y poblados se convirtió en la mejor divisa de las tropas españolas. La persecución implacable continuó por mucho tiempo, al costo terrible de miles de muertos, hasta que al fin lograron capturar al indomable e indoblegable cacique Hatuey, en la llanura de Yara, decidiéndose allí mismo su ejecución.
Velázquez decretó la pena de muerte del cacique Hatuey, a través de la quema de su cuerpo en la hoguera, como hacían los cristianos católicos con los denominados herejes. Hatuey, imperturbable y resuelto, para asombro de sus verdugos, fue amarrado al palo del patíbulo que lo rodeaban restos de árboles secos para ser quemado vivo.
Fray Bartolomé de las Casas relata las incidencias de este cruel episodio en uno de sus textos:
“Este cacique y señor anduvo siempre huyendo de los cristianos desde que llegaron a aquella isla de Cuba, como quien los conocía, y defendíase cuando los topaba, y al fin lo prendieron. Y sólo porque huía de gente tan inicua y cruel y se defendía de quien lo quería matar y oprimir hasta la muerte a sí y a toda su gente y generación, lo hubo vivo de quemar. Atado al palo decíale un religioso de San Francisco, santo varón que allí estaba, algunas cosas de Dios y de nuestra fe (el cual nunca las había jamás oído), lo que podía bastar aquel poquillo tiempo que los verdugos le daban, y que, si quería creer aquello que le decía, que iría al cielo, donde había gloria y eterno descanso, y si no, que había de ir al infierno a padecer perpetuos tormentos y penas. Él, pensando un poco, preguntó al religioso si iban cristianos al cielo. El religioso le respondió que sí, pero que iban los que eran buenos. Dijo luego el cacique, sin más pensar, que no quería él ir allá, sino al infierno, por no estar donde estuviesen y por no ver tan cruel gente.”[1]
6.- La resistencia del cacicazgo de Higüey
El cacicazgo de Higüey era gobernado por el cacique Cayacoa a la llegada de los españoles y estaba dividido políticamente en 21 nitainatos. Su superficie abarcaba toda la porción sureste de la isla. El cacique Cayacoa tenía su asiento principal donde está situada en la actualidad la ciudad de Higüey. Este cacicazgo se extendía desde Cabo Engaño hasta el río Haina, abarcando las siguientes provincias de la República Dominicana: Distrito Nacional, El Seibo, Hato Mayor, La Altagracia, La Romana, Monte Plata, San Pedro de Macorís y Santo Domingo.
El cacicazgo de Higüey, originalmente dirigido por Cayacoa, a su muerte lo dirigió su esposa Higuanamá. Sin embargo, tras ser ahorcada por los españoles, en su fase de resistencia lo dirigió el cacique Cotubanamá.
Para Nicolás de Ovando, que en 1502 trajo consigo desde España a unas 2,500 personas (una gran parte interesada en hacer riqueza fácil) y bajo el estandarte de la política imperial de completar la colonización de la isla de Santo Domingo, se convirtieron en un blanco inmediato de su acción los cacicazgos de Jaragua y de Higüey. De ahí que, de forma simultánea, el propio Ovando y su capitán Diego Velázquez dirigieron el sometimiento del cacicazgo de Jaragua, al tiempo de ordenarle al capitán Juan de Esquivel dirigir la campaña militar contra el cacicazgo de Higüey, junto a cientos de soldados, en el año 1503.
6.1.- Estalla la guerra en el cacicazgo de Higüey
Para iniciar esta guerra sucia y descarnada contra el cacicazgo de Higüey, cuyo pueblo no había sido sometido al pago de tributo, Ovando utilizó como pretexto un incidente que involucró a un español que realizaba una labor de exploración en territorio del cacicazgo, quien le echó un perro de presa a uno de sus aborígenes y este fue devorado inmediatamente por el animal.
Al enterarse Cotubanamá del crimen cometido por este español contra uno de sus indios, ordenó como represalia el asalto y linchamiento de una patrulla española que navegaba en una canoa en las proximidades de la isla Saona. Este hecho abrió las hostilidades entre el cacique Cotubanamá y el gobernador español Ovando.
Cotubanamá, prevenido de la marcha del ejército español hacia el asiento principal del cacicazgo de Higüey, ordenó atacar a los invasores lejos de sus dominios mediante la disposición de columnas de avanzadas, separadas por cierto trecho de terreno y colocadas en lugares estratégicos, los cuales eran sitios obligados por los cuales debía pasar el ejército colonial. Esta táctica militar permitió la distracción del enemigo, causándole grandes bajas, aunque sin lograr su detención.
Consciente Cotubanamá de que no podía derrotar al enemigo en ese momento y tratando de preservar la aldea y la sede del cacicazgo, aceptó un acuerdo con el capitán Juan de Esquivel, mediante el cual se comprometió a pagar el tributo en granos y en casabe, al tiempo que permitió la construcción de una fortaleza militar, la cual sería ubicada en la parte costera de su territorio.
Para hacer efectivo el pago del tributo y garantizar el levantamiento del fuerte militar, Juan de Esquivel designó al teniente Martín Villamán al mando de un grupo de soldados. Posteriormente, Esquivel se retiró a Santo Domingo y envió mensajeros al Jaragua para informar al gobernador Ovando del éxito de su empresa militar en Higüey.
6.2.- Dramática rebelión de Cotubanamá en Higüey
Al igual que en el Fuerte La Navidad, en el Fuerte de Higüey los soldados españoles se entregaron a los abusos contra las mujeres, al saqueo del oro y otros bienes, así como a las torturas y crímenes más crueles contra la población aborigen, la cual era utilizada como bestia de carga para transportar el tributo en granos y casabe hacia Santo Domingo.
Este injusto sistema de opresión, luego de quejas y reclamos constantes e inútiles, terminó provocando la organización de una rebelión dirigida por el cacique Cotubanamá, tan dramática, que procedieron a ajusticiar a todos los soldados y redujeron a cenizas la fortaleza militar construida en la costa de Higüey. De esta acción solo escapó un soldado, quien llegó a Santo Domingo y dio parte a Juan de Esquivel de lo ocurrido.
Luego de la matanza de Jaragua y aplastada la resistencia de Guaroa y Hatuey, el comendador Ovando estaba de vuelta a Santo Domingo a mediados de 1504. Aquí se encuentra con la noticia de la nueva rebelión de Cotubanamá y procede a organizar una nueva campaña militar contra el cacicazgo de Higüey, para someterlo de forma definitiva.
Aceptando el desafío de Cotubanamá, Ovando envió nuevamente al capitán Juan de Esquivel, acompañado de un poderoso ejército de 400 soldados, una parte de ellos montados a caballo, pero todos armados de arcabuces, espadas y escudos. También contaban con el refuerzo de las milicias de indios sometidos de la sumisa provincia de Ycayagua, perteneciente a este cacicazgo. En esta campaña participó el licenciado Bartolomé de las Casas, quien le solicitó al gobernador Ovando le permitiera acompañar a Esquivel para mitigar los horrores de una nueva empresa de sometimiento esclavista.
Ante la inminencia de la guerra, Cotubanamá procedió a organizar sus fuerzas. Repitió la táctica de las emboscadas de su avanzada, pero con la diferencia de que retiró a los niños, a las mujeres y a los ancianos de las grutas de las montañas más cercanas y los ubicó en lugares seguros. En tanto que él y sus mejores guerreros abandonaron la aldea principal y se concentraron en la periferia, convirtiéndose este enfrentamiento en el último baluarte de combate de loa aborígenes a las tropas de los colonizadores españoles.
Al iniciarse las hostilidades, las columnas de avanzadas hicieron una resistencia encarnizada, pero vieron rotas sus defensas ante el ímpetu de una caballería con armaduras y espadas, protegida por una infantería cuyos arcabuces vomitaban fuego por doquier, al tiempo de recibir el apoyo de las milicias indias de Ycayagua, quienes usaban con gran destreza sus arcos y flechas.
No obstante, la batalla continuó durante muchos días, dando grandes muestras de heroísmo los aborígenes del cacicazgo de Higüey ante los conquistadores españoles, que lo destruían todo a su paso. Finalmente, la resistencia fue vencida con un balance sangriento de miles de muertos y heridos, aunque Cotubanamá y una parte de sus mejores guerreros seguían combatiendo con bravura de leyenda.
Ante la situación de avance del enemigo, Cotubanamá ordenó la retirada hacia la isla Saona, donde reagrupó sus fuerzas junto a los indígenas que la ocupaban y se preparó para resistir el último ataque de los invasores de su territorio. Cuando se produjo la retirada de Cotubanamá, los españoles desplegaron patrullas para dar con su paradero. Tras su búsqueda, una gran cantidad de aborígenes fueron quemados vivos, torturados, mutilados, mientras que niños, mujeres y ancianos fueron masacrados en las cavernas que ocupaban. La mayor parte de los prisioneros importantes desbarrigados con las espadas, quemados vivos o simplemente ejecutados de forma sumaria. Todo esto se hacía con el claro propósito de sembrar el terror y lograr la sumisión de la población, al tiempo de obtener la información precisa sobre el paradero del cacique Cotubanamá.
Los aborígenes súbditos de Cotubanamá demostraron un valor espartano en la defensa de su territorio y de su cacique, hasta el punto de que algunos prisioneros eran conducidos como guías, amarrados y torturados, para que delataran el paradero de su jefe, pero mejor preferían lanzarse de los desfiladeros y los acantilados antes que delatar a su valeroso líder.
Las Casas, testigo ocular de todas estas atrocidades, en uno de sus libros relata lo descarnado de la campaña desplegada por los españoles contra el cacicazgo de Higüey: “…Y fueron infinitas las gentes que yo vide quemar vivas y despedazar y atormentar por diversas y nuevas maneras de muertes y tormentos y hacer esclavos todos los que a vida tomaron.”[2]
Finalmente, Esquivel obtuvo la información tras innumerables torturas y muertes sobre el paradero de Cotubanamá. Entonces se planteó el asalto a la isla Saona. En ese momento había llegado una nave desde Santo Domingo, enviada por Ovando, con pertrechos y provisiones para el ejército colonial que estaba en Higüey. De inmediato, Esquivel tomó la nave y puso proa hacia la isla Saona junto a 50 soldados armados de espadas y arcabuces. Al poner pie en la isla Saona se reinicia el combate con Cotubanamá y sus guerreros, en el cual cayó en combate la mayor parte de sus hombres, pero el bravo y corpulento cacique no había sido vencido.
Convertido en el último defensor del cacicazgo de Higüey, Cotubanamá entabló una lucha cuerpo a cuerpo con uno de los soldados de Esquivel. Cuando estaba a punto de derrotarlo, fue rodeado y apresado por las huestes españolas. Esquivel se trasladó de nuevo a Higüey y allí colocó grilletes en los pies y en las manos de Cotubanamá y su familia, enviándolos como prisioneros de guerra a Santo Domingo para que el gobernador Ovando decidiera su suerte.
Ovando ordenó que Cotubanamá y su familia fueran sometidos a crueles torturas, al tiempo de tomar la decisión fatal de ahorcarlos en la plaza pública de la ciudad de Santo Domingo. Con esta ejecución sumaria del último cacicazgo, con la consiguiente repartición de sus tierras y la encomienda de sus habitantes a los desalmados conquistadores.
7.- Otras formas de resistencia indígena
Los pobladores nativos de la isla de Santo Domingo utilizaron múltiples formas de resistencia, además de la resistencia armada, para rechazar la presencia de los españoles, como no pagar los tributos y rechazar el sistema de encomiendas impuesto.
La resistencia cultural fue una de las formas primarias utilizadas por los aborígenes frente a los invasores españoles, al conservar sus tradiciones, costumbres, mitología, arte y creencias religiosas, ante la transculturación que, desde el primer momento, quisieron imponer los dominadores.
Eso se puso de manifiesto en acciones concretas como la de Hatuey, quien rechazó ir al cielo y a la gloria si a ellos iban los españoles cristianos. Otro episodio interesante de conservación de sus tradiciones era enterrar los cemíes en los conucos para lograr una mayor fertilidad de la tierra, lo que replicaron el cacique Guarionex y su gente en el cacicazgo de Maguá con los santos cristianos de una capilla en La Concepción, razón por la cual algunos indígenas fueron asesinados y golpeados por órdenes del adelantado Bartolomé Colón por el supuesto hecho sacrílego.
Los aborígenes de diferentes cacicazgos prefirieron huir en masa a los bosques, antes que ser objeto de esclavización y maltrato. De igual manera, se negaron a sembrar productos agrícolas para obligar a los españoles a retirarse de la isla de Santo Domingo por causa del hambre que pasaban. Algunas mujeres aborígenes prefirieron abortar antes que tener hijos en condiciones de servidumbre y esclavitud. En tanto, comunidades enteras decidieron suicidarse para no padecer las penurias, los atropellos y las crueldades que cometían los españoles a su paso.
[1] De las Casas, Fray Bartolomé. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Antioquía: Editorial de la Universidad de Antioquía, 2011, p. 37.
[2] Ibidem, p. 30.
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