Los estudios literarios se encaminan hoy hacia una reflexión general y particular en el marco de la interpretación de los textos políticos, poéticos, narrativos y discursivos. Dicha interpretación requiere de métodos para el conocimiento de los textos literarios y culturales en su contexto de producción y difusión. La mejor forma de conocer el hecho literario es, entonces, el reconocimiento de sus formas a través de la lectura en contexto.
Es así como el fenómeno literario en Hispanoamérica o en la geografía del latinoamericanismo se ha difundido mediante una tradición de lectores que han podido intuir y reconocer los signos culturales a través de la literatura misma. Los contextos epocales, las adherencias literarias, se expresan a través de la relación autor-obra-lector y hablante-signo literario y contexto. Estas relaciones se mantienen a todo lo largo de la historia literaria hispanoamericana para producir modelos y tipos literarios de gran alcance.
Se desarrolla de esta suerte una corriente de interpretación a partir del contacto y la difusión de los principales escritores y sus principales producciones. La obra de fray Ramón Pané, junto a las historias y crónicas de Bartolomé de las Casas y Gonzalo Fernández de Oviedo, fray Diego de Landa, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y otros, hacen posible un desarrollo de la relación estructura-lectura, lenguaje, a partir de un discurso híbrido que implica, por un lado, información y, por otro lado, poetización y narración, como pueden advertirse también en el conocido «Diario de Colón».
La relación lectura-escritura se advierte en los escritos de Antonio Sánchez Valverde, en sus Ensayos y principalmente en su obra La idea del valor en la Isla Española, donde podemos advertir teorizaciones morales, históricas, científicas y culturales desde un registro clásico y discursivo de la prosa histórica, poética y política hispanoamericana.
La poética de la lectura está instituida por los autores posteriores (1990, 2000, 2020), tanto en Hispanoamérica como en el Caribe. El desarrollo de la lectura impone sus modos de ver y asumir la realidad cultural a través de los autores y sus obras. En ese sentido, José María Heredia, Andrés Bello, José Enrique Rodó, José Martí y otros se conocen como promotores de una lectura orientada literariamente desde la educación y el derecho al pensamiento. Según los textos de estos autores, la lectura literaria es un compromiso con la cultura misma de los pueblos que integran el bloque hispanoamericano. Mediante la lectura se desarrolla gran parte de la cultura y sus expresiones artístico-literarias, altocontinentales y bajocontinentales.

Con el desarrollo de la perspectiva denominada boom y posboom latinoamericano, empieza a desarrollarse una nueva forma de interpretación-producción que habrá de concretizarse en formas diversas de lectura tales como:
• Lectura histórica.
• Lectura sociológica.
• Lectura impresionista.
• Lectura funcionalista.
• Lectura genético-estructural.
• Lectura pedagógica.
• Lectura posestructuralista.
• Lectura informacional-comunicacional.
• Lectura integradora.
• Lectura semiótica.
Y otras.
Estas formas de la lectura textual constituyen, en algunos casos, ejercicios de aplicación y, en otros, verdaderas formas de reconocimiento del fenómeno literario. Mediante estas formas se reconocen hoy, desde esta poética interpretativa, autores que en el proceso de producción literaria participan ya de nuevas jerarquías, niveles y grados de lectura, extendiendo un mercado interpretativo (ver Wolfgang Iser: Rutas de la interpretación. Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 2000 [2005]).
Así, escritores como Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Severo Sarduy, Guillermo Meneses, Pablo Neruda, Luis Cardoza y Aragón, Octavio Paz, Julio Cortázar y otros promueven desde sus obras diversas formas de la lectura crítica y de la cultura de los signos en la literatura hispanoamericana.
No existe hasta hoy un censo de lectores en lo que concierne a la relación escritura-lectura en la República Dominicana. Una arritmia cultural permite observar que entre la producción escrita de la comunidad de lectores no existe un equilibrio o total correspondencia. El fenómeno literario es, en su fundamento y evolución, una necesidad, pero a la vez una juntura histórico-crítica desde la cual autores, épocas, períodos, obras y lectores participan, en cierto sentido, del orden literario, observándose así la dimensionalidad nivelar de los textos e interpretaciones literarias.
En la República Dominicana no se conoce ningún estudio de estadística literaria que permita obtener datos sobre las formas en que una generación lee los textos literarios, culturales y sociales. Más aún, no existe una clasificación de los lectores según los distintos géneros discursivos ni de acuerdos interpretativos con las diversas épocas o períodos de la historia crítico-literaria del comparatismo.
La relación literatura-historia y literatura-sociedad se observa en los diversos niveles de lectura en una cultura rítmica o culturas marginales. En la nuestra (dominicana), tomando en cuenta las producciones escritas desde la fundación del Estado nacional dominicano, se observan rasgos que permiten situar al lector ideal, por un lado, y, por el otro lado, al lector real.
La desarticulación cultural existente sucede, en muchos casos, por la ausencia de autores representativos y, además, por la escasa difusión de la producción literaria. Nuestros escritores clásicos no han podido trascender muchas veces debido a la ausencia de canales y, en parte, a la falta de una infraestructura productora que permita el intercambio en el proceso literario actual. Manuel de Jesús Galván, Javier Angulo Guridi, César Nicolás Penson, Francisco Gregorio Billini, Salomé Ureña, José Joaquín Pérez, Gastón Fernando Deligne y otros escritores menos sobresalientes alcanzaron en el período republicano una lectura restringida e insuficiente debido a la falta de canales en el marco de la comunicación intracultural e intercultural.
En efecto, una poética de la lectura en la República Dominicana no debe entenderse en el contexto de clasificación que divide a los escritores en mayores y menores. La poética de la lectura se funda, en este caso, a partir de la significación cultural reconocida a través de las obras literarias. Lo que implica una determinación de grados o niveles de lectura-interpretación de los textos literarios. La tradición cultural, así como las temáticas, tipologías en movimiento.
Así pues, el aprendizaje y el conocimiento a través de lo literario nos colocan frente a expresiones estéticas, históricas, religiosas, etnológicas y folclóricas que hacen posible la asimilación y la difusión cultural a través de la lectura crítica.
Finalmente, podemos observar que la poética de la lectura es una disciplina, pero a la vez un espacio para el reconocimiento de los diferentes órdenes estéticos, literarios y lingüísticos, pronunciados desde la relación cultura-literatura y literatura-vida nacional.
Una concepción importante de la literatura y la crítica latinoamericana se reconoce en Antonio Cornejo Polar (ver Sobre literatura y crítica latinoamericanas, Latinoamericana Editora, Lima, 2013; y en Carlos Iván Degregori: Para calmar la ira de los dioses: cultura, creación y vida cotidiana, Eds. IEO, 2016).
Compartir esta nota