Existen acontecimientos culturales que trascienden la presentación de una programación artística. La apertura de la Temporada Sinfónica 2026 de la Orquesta Sinfónica Nacional es uno de ellos. No se trata únicamente del anuncio de un calendario de conciertos, sino de la conmemoración de los 85 años de la institución musical más importante de la República Dominicana: una orquesta que ha sabido preservar, a lo largo de generaciones, una tradición de excelencia, disciplina y compromiso con el patrimonio sonoro de la nación.
En un país donde con demasiada frecuencia las instituciones públicas han debido enfrentar la improvisación y los vaivenes de la coyuntura política, la Orquesta Sinfónica Nacional constituye una excepción ejemplar. Durante ocho décadas y media ha mantenido viva una de las expresiones más altas de nuestra cultura, interpretando las grandes obras del repertorio universal y formando músicos que hoy prestigian la vida artística dominicana dentro y fuera del país.
La temporada anunciada para este año reafirma esa vocación. Bajo la dirección del maestro José Antonio Molina, el público podrá disfrutar de algunas de las obras cumbre del repertorio sinfónico universal, interpretadas por una orquesta que ha alcanzado un elevado nivel artístico y que continúa expandiendo sus horizontes interpretativos.
No resulta casual que el propio maestro Molina considere la reciente interpretación de Carmina Burana, presentada el pasado mes de junio, como uno de los momentos más memorables de la historia reciente de la institución y el preludio de una temporada excepcional. Quienes asistieron a aquel concierto fueron testigos de una comunión poco frecuente entre la orquesta, el coro y el público, confirmando que cuando el arte alcanza su máxima expresión encuentra siempre una respuesta entusiasta de la sociedad.
Sin embargo, quizá el acontecimiento más significativo ocurrió fuera de la sala de conciertos.
La participación de la Orquesta Sinfónica Nacional en la ceremonia inaugural de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrada el pasado 24 de julio en el Estadio Olímpico Félix Sánchez, dejó una lección que merece ser reflexionada. Ante decenas de miles de espectadores, la música sinfónica demostró que puede emocionar, conmover y despertar un profundo sentimiento de identidad y orgullo cuando se le ofrece al público con calidad, sensibilidad y respeto.
Durante décadas se ha repetido la idea de que la llamada música clásica —o música académica, como se conoce en los ámbitos especializados— pertenece a una élite cultural y resulta ajena al interés de la mayoría de la población. Los hechos desmienten ese viejo prejuicio.
El problema nunca ha sido el público. El verdadero problema ha sido la escasa oportunidad que hemos ofrecido a los ciudadanos para entrar en contacto con las grandes creaciones musicales de la humanidad.
Nadie puede apreciar aquello que nunca ha tenido la oportunidad de conocer.
Cuando el arte abandona los espacios tradicionales y se acerca a la gente sin renunciar a la calidad, la respuesta suele ser extraordinaria. La emoción colectiva vivida durante la inauguración de los Juegos Centroamericanos y del Caribe demuestra que existe un enorme potencial para ampliar los públicos de la música sinfónica en la República Dominicana.
Ha llegado el momento de abandonar definitivamente ciertos prejuicios culturales. La sensibilidad artística no depende del nivel económico, de la formación académica ni del lugar de nacimiento de las personas. Depende, sobre todo, del acceso. Allí donde el arte llega con dignidad, encuentra siempre corazones dispuestos a recibirlo.

La música sinfónica no pertenece a una minoría privilegiada. Es una de las más altas expresiones del patrimonio cultural de la humanidad. Y, como todo patrimonio, adquiere su verdadero significado cuando deja de ser patrimonio de unos pocos para convertirse en un bien compartido por toda la sociedad.
Hace apenas unos días tuve el privilegio de conversar telefónicamente con el maestro José Antonio Molina para felicitarlo por la extraordinaria participación de la Orquesta Sinfónica Nacional en la inauguración de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. En el curso de aquella conversación surgió una pregunta tan sencilla como trascendente:
¿Por qué no hacer esto mismo en todas las provincias del país?
La respuesta del maestro fue inmediata y reveladora:
"Ese es mi mayor anhelo: llevar la Orquesta Sinfónica Nacional a todas las provincias y comunidades de la República Dominicana."
Confieso que aquellas palabras me conmovieron profundamente. No expresaban únicamente el deseo de un director de orquesta. Eran la manifestación de una auténtica visión de país. La convicción de que la música sinfónica debe dejar de ser un privilegio geográfico para convertirse en un derecho cultural de todos los dominicanos.
Después de lo vivido en el Estadio Olímpico, quedó demostrado que nuestro pueblo está preparado para emocionarse con las grandes obras de la creación musical universal. Solo necesita que ellas lleguen hasta donde vive.
Por ello, me permito formular una respetuosa solicitud al presidente de la República, Luis Abinader, y al ministro de Cultura: hagan posible ese anhelo del maestro José Antonio Molina. Conviertan esa aspiración en un gran programa nacional de conciertos itinerantes que permita a la Orquesta Sinfónica Nacional recorrer Santiago, La Vega, San Francisco de Macorís, Puerto Plata, Montecristi, Dajabón, Samaná, Higüey, San Juan de la Maguana, Barahona, Pedernales y cada provincia de la República Dominicana.
Estoy convencido de que sería una de las iniciativas culturales de mayor impacto social de los últimos años. No solo acercaría la excelencia artística a miles de ciudadanos; fortalecería la identidad nacional, inspiraría nuevas vocaciones musicales, formaría públicos y demostraría que la cultura puede convertirse en un verdadero instrumento de cohesión social.
La celebración de los ochenta y cinco años de la Orquesta Sinfónica Nacional constituye, sin duda, una ocasión para festejar su brillante trayectoria. Pero también representa una oportunidad para inaugurar una nueva etapa en la política cultural dominicana: aquella en la que las grandes instituciones nacionales salgan al encuentro de la gente y hagan de la excelencia un patrimonio compartido.
Porque una orquesta sinfónica no solo interpreta partituras. También educa la sensibilidad, fortalece la memoria colectiva, cultiva el espíritu y contribuye a construir una sociedad más libre, más solidaria y más consciente de sí misma.
Si ese anhelo, compartido por el maestro José Antonio Molina y por tantos artistas, gestores culturales y dominicanos que durante años hemos defendido la necesidad de llevar nuestras instituciones artísticas y culturales a todo el territorio nacional, llegara a convertirse en realidad, la República Dominicana no solo celebraría los ochenta y cinco años de su Orquesta Sinfónica Nacional. Estaría dando un paso histórico hacia la democratización de la cultura y honrando el verdadero significado de lo nacional: instituciones artísticas y culturales itinerantes, presentes de manera permanente en cada provincia y comunidad del país, llevando la belleza, la emoción, el conocimiento y la esperanza a todos los dominicanos.
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