El pensamiento antecede a la escritura

Hace unos días, en un grupo de WhatsApp de amigos escritores, leí una frase de Basilio Belliard que siguió acompañándome mucho después de que la conversación terminara: «El día que tenga que usar inteligencia artificial para escribir, digan que me volví loco».

Conociendo el rigor intelectual con que Basilio —filósofo, escritor y crítico— suele expresar sus ideas, me resistí a creer que aquella afirmación fuera un simple rechazo a una tecnología.

Pensé que detrás de esas palabras había una preocupación más profunda: el celo intelectual de quien procura preservar el pensamiento creador —origen de toda obra— para que no quede eclipsado por la fascinación que despiertan las herramientas.

No sé si esa fue exactamente su intención. Lo que sí sé es que esa frase comenzó a producir en mí una pregunta distinta. Poco a poco dejé de pensar en la inteligencia artificial. Empecé a preguntarme por el verdadero origen de una obra.

¿Dónde nace realmente una obra?

Si la pregunta es dónde nace realmente una obra, la respuesta no puede buscarse en la escritura. La escritura es un hecho visible; la creación, en cambio, comienza mucho antes de que exista cualquier palabra sobre una página. Cuando el lector abre un libro, contempla el resultado de un proceso que ya ha recorrido su parte más decisiva. Lo que tiene delante es la manifestación de una obra, no su nacimiento.

La costumbre nos ha llevado a identificar el acto de escribir con el acto de crear porque ambos suelen aparecer unidos. Vemos al novelista frente a su computadora, al poeta inclinado sobre un cuaderno o al ensayista corrigiendo un manuscrito y concluimos, casi sin pensarlo, que la obra está naciendo en ese instante. Sin embargo, esa imagen solo muestra la parte visible del proceso. Lo esencial ya ha ocurrido.

Ninguna novela comienza con la primera frase. Ningún poema comienza con el primer verso. Ningún ensayo comienza con el primer párrafo. Todos empiezan antes, cuando una intuición irrumpe en la conciencia y se niega a desaparecer. Al principio suele ser apenas una sensación imprecisa, una pregunta, una imagen, un conflicto o una relación inesperada entre ideas. Todavía no tiene forma literaria, pero posee ya una existencia intelectual. Es algo que insiste, que reclama atención y que poco a poco empieza a organizarse hasta convertirse en una estructura de pensamiento.

Quien ha escrito alguna vez conoce bien esa experiencia. Muchas obras pasan días, meses e incluso años creciendo en silencio antes de encontrar la forma que finalmente las hará visibles. El escritor puede estar caminando, conduciendo un automóvil, conversando con un amigo o despertando en mitad de la noche, y de pronto descubre que una idea ha avanzado por sí sola. No ha escrito una sola línea y, sin embargo, la obra ha seguido desarrollándose en algún lugar de su conciencia.

Ese proceso no pertenece exclusivamente a la literatura. El escultor contempla durante mucho tiempo el bloque de mármol antes de dar el primer golpe de cincel. El arquitecto recorre mentalmente un edificio completo antes de dibujar sus planos. El compositor escucha interiormente una melodía que todavía nadie más puede escuchar. Incluso el científico suele intuir una hipótesis antes de demostrarla. En todos esos casos, la ejecución material llega después. La creación comienza antes.

Por eso conviene distinguir dos momentos que con frecuencia confundimos: el momento en que una obra es concebida y el momento en que esa obra es expresada. Son actos profundamente relacionados, pero no son el mismo acto. Concebir pertenece al pensamiento; expresar pertenece al lenguaje. La escritura hace posible que otros conozcan la obra, pero no es ella quien la origina.

Alguien podría objetar que una idea todavía no es una obra. La objeción merece atención, porque obliga a precisar los términos. Es cierto que una intuición aislada no constituye por sí sola una obra terminada. Pero tampoco una semilla es todavía un árbol y nadie por ello niega que el árbol comienza en la semilla. Del mismo modo, la obra comienza cuando aparece ese principio organizador que orienta todo lo que vendrá después. La escritura desarrolla, precisa, corrige, amplía y perfecciona esa intuición inicial, pero no la crea. Lo que hace es darle cuerpo, lenguaje y permanencia.

La autoría como acto creador

Esta diferencia resulta decisiva porque modifica nuestra comprensión de la autoría. Si aceptamos que la obra nace en el pensamiento creador, entonces el acto esencial consiste en concebir una visión original del mundo. Escribir es indispensable para comunicarla, pero la originalidad no reside en la mano que redacta las frases, sino en la mente que descubre relaciones que antes no existían. Dos personas pueden utilizar el mismo idioma, las mismas reglas gramaticales e incluso herramientas semejantes, pero jamás producirán la misma obra si aquello que las habita interiormente es diferente.

Quizá por eso la historia de la cultura recuerda mucho más las ideas que los instrumentos con que esas ideas fueron expresadas. Nadie estudia a Platón por el cálamo con que escribía, ni a Cervantes por la calidad de su tinta, ni a Beethoven por la pluma con que trazó sus partituras. Lo que permanece es la arquitectura invisible de su pensamiento. Los instrumentos cambian con el tiempo; la creación permanece porque pertenece a un nivel más profundo que la técnica utilizada para expresarla.

Llegados a este punto, la escritura comienza a ocupar el lugar que realmente le corresponde. No pierde importancia; por el contrario, la adquiere en su justa dimensión. Es el puente entre el pensamiento y el mundo. Gracias a ella, aquello que existía únicamente en la intimidad de una conciencia puede ser compartido, discutido, admirado o rechazado por otras conciencias. Sin escritura —o sin cualquier otro lenguaje de expresión— la obra permanecería encerrada en quien la concibió. Pero reconocer ese papel extraordinario no obliga a convertirla en el origen de la creación.

Si esto es cierto, entonces la pregunta inicial cambia de sentido. Ya no debemos preguntarnos si una herramienta participa o no en el acto de escribir. La cuestión verdaderamente decisiva consiste en determinar dónde ocurre el acto creador. Y todo parece indicar que ese acto sucede antes del lenguaje, en ese territorio silencioso donde las intuiciones empiezan a organizarse hasta convertirse en pensamiento y el pensamiento, mucho antes de hacerse palabra, comienza ya a ser obra.

La conciencia creadora

La afirmación de que una obra nace en el pensamiento necesita una precisión. El pensamiento, por sí solo, no crea. Todos pensamos constantemente y, sin embargo, la inmensa mayoría de esos pensamientos desaparecen sin dejar rastro. Una idea aislada, por brillante que parezca, tampoco constituye una obra. Lo que verdaderamente inicia el proceso creador es el momento en que una conciencia reconoce, organiza y da unidad a esas ideas hasta convertirlas en una visión coherente. Ahí comienza la creación.

No cuando la mano escribe una palabra, sino cuando la inteligencia descubre una relación que antes no existía para ella. No cuando aparece una frase bien construida, sino cuando una intuición encuentra un principio capaz de darle orden y dirección. La escritura llegará después. Primero ocurre ese acto silencioso mediante el cual la conciencia decide qué conservar, qué descartar, qué unir y qué significado otorgar a todo ello.

Por esa razón resulta tan difícil explicar cómo nacen las obras. El proceso creador transcurre, casi siempre, lejos de cualquier escenario visible. Mientras el escritor camina, conversa, lee, recuerda o simplemente contempla el mundo, su conciencia continúa trabajando. Relaciona experiencias, enfrenta contradicciones, compara ideas aparentemente inconexas y, de manera casi imperceptible, va construyendo una arquitectura interior que todavía no posee palabras, pero que ya posee sentido.

Cuando finalmente llega el momento de escribir, buena parte del trabajo esencial ya ha sido realizado. La escritura no inventa esa arquitectura. La hace visible.

Esta diferencia explica por qué escribir y crear no son actos equivalentes. Hay personas capaces de redactar con extraordinaria elegancia pensamientos ajenos y otras que poseen intuiciones profundamente originales sin encontrar todavía las palabras adecuadas para expresarlas. La calidad de la escritura y la profundidad de la creación no siempre avanzan al mismo ritmo. Lo ideal es que ambas coincidan, pero pertenecen a órdenes distintos de la experiencia humana.

Algo semejante ocurre con la corrección y con la edición. Corregir consiste en perfeccionar la expresión; editar consiste en fortalecer la estructura de una obra ya concebida. Ambas tareas pueden mejorar extraordinariamente un texto, pero ninguna sustituye el acto creador que le dio origen. Quien pule un diamante aumenta su brillo; no lo crea.

La historia del arte ofrece innumerables ejemplos de creadores que necesitaron copistas, secretarios, correctores o editores. Algunos dictaban sus obras; otros reescribían una misma página durante meses; otros aceptaban modificaciones sugeridas por quienes los acompañaban en el proceso editorial. Nada de eso altera la autoría de sus obras porque el núcleo creador permanecía intacto. Lo que identificamos como autor no es la persona que ejecuta materialmente cada palabra, sino la conciencia que concibe la totalidad de la obra y le confiere su unidad, su dirección y su sentido.

Tal vez el error más persistente consista en identificar la parte visible del proceso con su verdadero origen. Vemos al escritor frente a una página y creemos asistir al nacimiento de la obra. En realidad, estamos presenciando una etapa decisiva, pero no la primera. La obra comenzó mucho antes, cuando una conciencia empezó a organizar el caos de la experiencia hasta descubrir en él un orden que nadie había formulado de esa manera.

Comprender esta diferencia modifica profundamente nuestra idea de la autoría. El autor no es únicamente quien escribe. Es quien concibe una visión original del mundo y consigue darle una unidad intelectual capaz de sostener una obra. La escritura constituye el instrumento indispensable para compartir esa visión, pero el origen de la creación permanece en un lugar anterior al lenguaje.

Si esto es así, entonces la discusión contemporánea sobre las herramientas de escritura cambia por completo. Antes de preguntarnos quién redactó un texto, debemos preguntarnos quién imaginó la obra, quién descubrió las relaciones esenciales entre sus ideas y quién decidió el sentido último de aquello que quería comunicar. Solo después de responder esas preguntas estaremos en condiciones de discutir qué papel corresponde a la escritura y cuál pertenece, de manera irrenunciable, a la conciencia creadora

La inteligencia artificial y el lugar de la autoría

Llegados a este punto, la discusión sobre la inteligencia artificial adquiere un significado muy distinto del que suele atribuírsele. Durante los últimos años, buena parte del debate se ha concentrado en una pregunta que, aunque importante, resulta insuficiente: si una inteligencia artificial puede escribir.

La respuesta parece evidente. Sí, puede escribir. Puede redactar, resumir, traducir, corregir, reorganizar textos, imitar estilos y producir, en pocos segundos, páginas cuya calidad formal habría requerido antes muchas horas de trabajo. Negar esa realidad sería tan inútil como habría sido negar la importancia de la imprenta, de la máquina de escribir o de la computadora cuando hicieron su aparición. Pero esa nunca fue la pregunta decisiva. La verdadera pregunta es otra: ¿quién concibió la obra?

Si aceptamos que la creación comienza en la conciencia que descubre una visión del mundo y la organiza hasta darle unidad y sentido, entonces la escritura deja de ser el criterio absoluto para definir la autoría. Lo decisivo ya no consiste en saber quién redactó una frase, sino quién imaginó el conjunto, quién estableció las relaciones esenciales entre las ideas y quién asumió la responsabilidad intelectual de aquello que finalmente quiso comunicar.

Vista desde esa perspectiva, la inteligencia artificial ocupa un lugar semejante al que, en otros momentos de la historia, ocuparon el copista, el secretario, el mecanógrafo, el editor o el corrector. Todos participan, de una u otra manera, en la materialización de una obra, pero ninguno sustituye el acto creador que le dio origen. Las herramientas cambian. La naturaleza de la creación permanece.

Esto no significa, desde luego, que toda utilización de la inteligencia artificial conserve automáticamente la autoría. Sería un error tan grande como afirmar lo contrario. Si una persona renuncia a concebir una obra, delega completamente el desarrollo de sus ideas y se limita a aceptar, sin reflexión crítica, aquello que otra inteligencia —humana o artificial— produce, entonces el problema deja de ser tecnológico para convertirse en un problema de autoría. Allí donde desaparece la conciencia creadora desaparece también el fundamento que permite llamar propia a una obra.

La cuestión, por tanto, no consiste en el uso de una herramienta, sino en la naturaleza de la relación que el creador mantiene con ella. Un pincel no convierte a nadie en pintor. Un cincel no convierte a nadie en escultor. Una cámara fotográfica no convierte a nadie en artista. Del mismo modo, una inteligencia artificial tampoco convierte a nadie en autor. Las herramientas amplían las posibilidades de expresión, pero no sustituyen el acto mediante el cual una conciencia crea significado.

Quizá la confusión provenga de haber identificado durante demasiado tiempo la escritura con la creación. Mientras mantengamos esa equivalencia, cualquier instrumento que intervenga en la escritura parecerá disputar la autoría. Pero una vez comprendemos que escribir no es el origen de una obra, sino una de las formas de manifestarla, el debate cambia por completo. La pregunta deja de ser quién escribió un texto y pasa a ser quién concibió la obra que ese texto expresa.

Donde nace realmente una obra

Al terminar estas reflexiones , volví mentalmente a la frase que había dado origen a toda este ensayo. Comprendí entonces que, sin proponérselo, su autor me había conducido hacia una pregunta mucho más antigua que la propia inteligencia artificial. No me había obligado a pensar en las máquinas; me había obligado a pensar en la creación.

Solo entonces entendí que este ensayo nunca trató realmente sobre inteligencia artificial. Trató sobre la naturaleza de la autoría. Trató de comprender dónde comienza una obra y por qué, durante tanto tiempo, hemos confundido su nacimiento con una de sus manifestaciones.

Antes de existir una palabra escrita hay una conciencia que observa, compara, relaciona, selecciona, descarta, imagina y, finalmente, descubre un orden donde antes solo había experiencias dispersas. Ese acto es silencioso. No deja manuscritos ni archivos digitales. No puede fotografiarse ni registrarse. Sin embargo, es allí donde ocurre el momento decisivo de toda creación. La escritura llegará después para hacer visible aquello que ya había comenzado a existir en el interior de una conciencia creadora.

Las herramientas seguirán cambiando. Cambiarán los procedimientos, las velocidades y las tecnologías, como cambiaron el papiro, la pluma, la imprenta, la máquina de escribir y la computadora. Otras herramientas aparecerán después de la inteligencia artificial y volverán a despertar entusiasmos y temores semejantes a los de nuestro tiempo. Nada de eso modificará el lugar donde una obra comienza a existir.

Porque, al final, una obra no pertenece a quien escribe las palabras, sino a quien descubre el sentido que esas palabras intentan revelar. Allí comienza la creación. Allí nace la autoría. Y es allí, mucho antes de la escritura, donde una obra empieza verdaderamente a existir.
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Referencias

Barthes, Roland. La muerte del autor. En El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Barcelona: Paidós, 1987. (Ensayo originalmente publicado en 1967).

Foucault, Michel. ¿Qué es un autor? En Entre filosofía y literatura. Barcelona: Paidós, 1999. (Conferencia pronunciada en 1969)

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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