Al estudiar a Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, muchos estudiantes creen encontrarse con una filosofía oscura, incluso nihilista —no me cansaré de repetirlo—. Se habla de "la nada", de angustia, de mala fe, y parece que todo conduce a una visión negativa de la existencia, propia de una persona amargada. Sin embargo, esa lectura es superficial. En mi caso, creo haber contado —y seguir contando— con muchas de las herramientas necesarias para ser, si no plenamente feliz en ocasiones, al menos, siempre una mujer serena y valiente para constatar y enfrentar las dificultades propias de la condición humana, que son muchas.

Lo que estos —mis filósofos preferidos— proponen, y que sigo, aunque no al pie de la letra —ojalá tenga tiempo para señalar también sus desaciertos—, es mucho más exigente y también más esperanzador: una filosofía de la libertad que ha sido mi norte como feminista de la igualdad.

Para entender esto —y yo tengo pasión por la claridad— hay que comenzar por una idea central de Sartre: la conciencia no es una cosa fija. No es como una piedra, que simplemente es lo que es, pura opacidad (SN, 2021, p. 35). La conciencia humana, por el contrario, vive en una distancia respecto de sí misma. Por eso Sartre afirma que "la conciencia es lo que no es y no es lo que es" (Sartre, 2021, pp. 93 y 130). Esta fórmula, que puede parecer confusa al principio, significa algo muy concreto: nunca estamos completamente definidos. Siempre podemos cambiar, reinterpretarnos, elegir. No estamos encerrados en lo que fuimos ni determinados por completo por lo que somos ahora.

Ahora bien, ¿de dónde proviene esta "fluidez" o alteridad de la conciencia? Aquí conviene aclarar la paradoja. Siguiendo a Edmund Husserl y, más atrás, a Franz Brentano, Sartre retoma la idea de la intencionalidad: "toda conciencia es conciencia de algo" (SN, 2021, p. 19). Nunca es un recipiente lleno de contenidos interiores ni una sustancia cerrada. Esto significa que la conciencia está siempre volcada hacia el mundo, dirigida a algo que no es ella. Pero Sartre se separa de Husserl en un punto decisivo: no acepta un yo trascendental instalado dentro de la conciencia para unificar o regular sus actos. Para Sartre, la conciencia es impersonal en su estructura originaria: no necesita un "yo" interior para ser conciencia de mundo. El yo aparece después, en la reflexión, como objeto para la conciencia, no como fundamento escondido dentro de ella.

Así un estudiante entiende mejor la aparente paradoja: la conciencia está "vacía" porque no contiene cosas ni un yo-sustancia; pero no está vacía de mundo, porque siempre es conciencia de algo. Y, en ese mismo acto de dirigirse a algo, se acompaña a sí misma sin convertirse en objeto, pues "toda conciencia posicional de objeto es a la vez conciencia no posicional de sí misma" (SN, 2021, p. 20). Es presencia a sí, pero no identidad consigo. No es una cosa que se posea, sino un movimiento que se escapa. La paradoja se resuelve así: la conciencia no se conoce como cosa, pero nunca deja de estar presente a sí misma. Es apertura al mundo y, al mismo tiempo, distancia interna.

Esta estructura de la conciencia explica también la posibilidad de la mala fe. La mala fe no es una mentira cualquiera. Cuando mentimos a otra persona, sabemos la verdad y la ocultamos. Pero en la mala fe ocurre algo más complejo: nos ocultamos a nosotros mismos lo que somos. En la mala fe, dice Sartre, "yo mismo me enmascaro la verdad" (SN, 2021, p. 97). Esto es posible porque la conciencia no coincide consigo: puede saber algo y, al mismo tiempo, intentar no asumirlo. Sartre habla incluso de estructuras "metaestables" (SN, 2021, p. 98): no son estados fijos, pero pueden instalarse de manera oscilante y persistente en la vida. Y esto no es una abstracción: es algo que podemos advertir en nosotros mismos, como una tentación constante que exige vigilancia si aspiramos a una cierta autenticidad ética.

¿Por qué ocurre esto? Porque la libertad pesa. Ser auténtica no es fácil: tiene sus bemoles y exige coraje. No tener una esencia fija significa que somos responsables de lo que hacemos con nuestra vida. Y esa responsabilidad genera angustia. No se trata de miedo a algo concreto —no es simplemente el vértigo de caer—, sino de la experiencia de que nada decide por nosotros. Es el famoso ejemplo de Sartre: no tememos solo caer, sino la posibilidad de lanzarnos. En sus palabras, "la libertad toma conciencia de sí misma y se descubrirá en la angustia como la única fuente del valor" (SN, 2021, p. 841). Es decir: lo que vale, vale porque lo elegimos. Y algo más profundo aún: al elegir, elegimos también una imagen de humanidad, elegimos por todos.

Aquí es donde muchos se equivocan. No hay nihilismo. No se dice que la vida no tenga sentido. Se dice que el sentido no está dado de antemano. Hay que construirlo.

En este punto, Para una moral de la ambigüedad (1947; ed. Schapire, 1956) resulta fundamental. Beauvoir afirma con claridad que la ambigüedad de la existencia no debe confundirse con el absurdo: "No hay que confundir la noción de ambigüedad con la de absurdidad" (Beauvoir, 1956, p. 124). Que el sentido no esté dado no significa que no exista, sino que debe conquistarse constantemente. Vivir es asumir esa tarea.

Además, a diferencia del enfoque más ontológico de Sartre en El ser y la nada (1943; Losada, 2021), Beauvoir introduce algo decisivo: la libertad no es solitaria. En Para qué la acción (1944; ed. Leviatán, 1982), muestra que nuestros proyectos necesitan a los otros para no volverse inertes. Y en El segundo sexo (1949; ed. Siglo XX, 1982), lo lleva al plano histórico: la opresión impide la realización concreta de la libertad. Por eso la libertad no es solo elección individual, sino también transformación del mundo.

Esta línea aparece también en el Sartre tardío, en Cuadernos para una moral —escritos en 1947-48 y publicados en 1983—, donde afirma que no se puede querer la propia libertad sin querer la libertad de los demás. Aquí se ve con claridad que su pensamiento no conduce al aislamiento, sino a una ética exigente: ser libre implica reconocer y promover la libertad ajena.

En conjunto, lo que Sartre y Beauvoir nos enseñan no es cómodo, pero sí profundamente liberador. No somos cosas, no tenemos una esencia fija, no hay un sentido garantizado desde fuera. Pero precisamente por eso podemos crear sentido, elegir, comprometernos y transformar nuestra vida y nuestro mundo.

Para un estudiante de filosofía, la lección es clara: el existencialismo no es una filosofía del vacío, sino de la responsabilidad y el compromiso. No nos dice que nada importa, sino que todo importa porque depende de nosotros —mientras que, para los creyentes, ese sentido último puede remitirse a Dios, lo que al final no es problema si además podemos contar con nosotros.