En la Ética nicomáquea (2011), Aristóteles reflexiona sobre la ira como una pasión que conserva cierta relación con la razón, aunque puede conducir a reacciones precipitadas. Respecto a esto, señala (…) «la ira oye, pero, a causa del acaloramiento y de su naturaleza precipitada, no escucha lo que se le ordena» (p. 115). La emoción iracunda no surge completamente separada del juicio, pues responde a la percepción de una ofensa, un menosprecio o una injusticia. Su problema radica en que escucha parcialmente a la razón y actúa antes de que esta pueda orientar la conducta.
La ira contiene, por tanto, una pretensión de justicia, aun cuando esa pretensión pueda estar equivocada o desbordada. El sujeto iracundo considera que tiene motivos para reaccionar, percibe que algo valioso ha sido quebrantado y se siente autorizado a responder. Aristóteles no presenta la ira como una fuerza enteramente irracional, puesto que admite que en ella existe una interpretación previa de lo ocurrido. El peligro aparece cuando esa interpretación se convierte de inmediato en impulso y cancela la deliberación.
Esta reflexión puede ponerse en diálogo con la tradición estoica, cuya comprensión de las pasiones profundiza en la relación entre emoción y juicio. Para pensadores como Epicteto (2015) el enojo no procede directamente de la ofensa recibida, sino del juicio que elaboramos sobre ella. Por esta razón, el recomienda tomar distancia de la representación inmediata y evitar que esta domine la conducta, al afirmar (…) «cuando alguien te irrita, es en realidad tu juicio quien lo hace» (p. 22, apartado 20). El dominio de la ira exige, por tanto, ganar tiempo frente al impulso, examinar la interpretación del agravio y recuperar el gobierno de uno mismo.
La concepción aristotélica de una ira que oye sin escuchar y la tesis estoica de una emoción sostenida por juicios equivocados, permiten comprender un aspecto decisivo de esta emoción en el presente: la cólera social no surge únicamente de impulsos irracionales, pues se alimenta de interpretaciones compartidas sobre la injusticia, la humillación, la pérdida de reconocimiento y el incumplimiento de las promesas sociales.
Este sentimiento es concebido por Immanuel Kant en Antropología en sentido pragmático (2014), como un afecto repentino que surge ante la percepción de una amenaza, una ofensa o un daño. Su aparición produce una conmoción inmediata en el ánimo y moviliza las capacidades defensivas del sujeto. Así lo expresa cuando afirma: «La ira es un espanto que a la par pone rápidamente en movimiento las fuerzas para resistir al mal» (Kant, 2014, p. 159). Con esta afirmación muestra que la ira posee, por tanto, una función reactiva: impulsa al sujeto a enfrentar aquello que interpreta como perjudicial y activa sus fuerzas para responder al agravio.
A pesar de esa fuerza inicial, Kant advierte que la intensidad de la ira puede debilitar la capacidad de actuar de manera eficaz, pues su vehemencia puede hacer al sujeto «incapaz de rechazarlo» (Kant, 2014, p. 165). Este estado emocional encierra así una contradicción interna: moviliza las fuerzas para resistir el mal, pero su violencia emocional puede perturbar el juicio, desorganizar la respuesta y apartar al sujeto del propósito que pretendía alcanzar.
En estos tiempos transidos y cibernéticos, la ira adquiere una nueva dimensión, pues los juicios que la sostienen ya no se forman únicamente en la conciencia individual, como lo planteaban el estoicismo, el aristotelismo y el kantianismo. Esta puede apoyarse en experiencias reales de desigualdad social, exclusión o abandono, aunque también puede ser orientada mediante discursos que distorsionan las causas del malestar y convierten a determinados grupos en responsables de una frustración mucho más profunda.
En tal sentido, este sentimiento, como emoción que brota del sujeto, se percibe como ofensa, injusticia, amenaza o humillación, y puede convertirse en una fuerza capaz de impulsar la defensa de la dignidad y la resistencia frente al abuso. Por este motivo, esta reacción deja de ser únicamente humana y pasa a formar parte de la injusticia del poder en el mundo cibernético.
Por esta razón, los algoritmos privilegian los contenidos que provocan indignación, confrontación y rechazo, ya que generan más comentarios, discusiones, publicaciones compartidas y tiempo de permanencia en las plataformas digitales. A su vez, estas reacciones son producidas, reforzadas y reproducidas por líderes políticos, influencers, comunidades virtuales y redes digitales.
De este modo, la ira se transforma en una mercancía cibernética: cuanto más divide, más circula; cuanto más hiere, más visible se vuelve. El peligro aparece cuando las plataformas contribuyen a producir el malestar social, y lo seleccionan, lo intensifican y lo convierten en una energía política capaz de fabricar enemigos, alimentar discursos de odio y debilitar la convivencia democrática.
Comprender esto es de suma importancia para situar el discurso de Pankaj Mishra en La edad de la ira: una historia del presente (2017). Este pensador construye una genealogía del malestar del siglo XXI y cuestiona el relato lineal del progreso moderno, según el cual la expansión del mercado, la democracia liberal, la ciencia y la tecnología conducirían de manera generalizada hacia mayores niveles de libertad y bienestar. Frente a esa promesa, amplios sectores sociales experimentan precariedad, desarraigo, competencia, pérdida de sentido e impotencia.
La ira adquiere una dimensión social cuando surge de la contradicción entre las aspiraciones promovidas por la sociedad y las posibilidades reales de alcanzarlas. Millones de personas han sido educadas para perseguir el éxito, la autonomía, la movilidad social y el reconocimiento, aunque viven en un orden que concentra las oportunidades, amplía las desigualdades y convierte el fracaso social en culpa individual. Cuando esas promesas chocan con la experiencia de la impotencia, aparece el resentimiento. El sujeto observa que otros progresan, disfrutan de privilegios y reciben reconocimiento, mientras él se percibe estancado, ignorado o humillado.
La obra de Mishra permite comprender que esta frustración no siempre se dirige contra las estructuras que la producen. Con frecuencia se desplaza hacia figuras cercanas y visibles: migrantes, minorías, mujeres, élites culturales, adversarios políticos o instituciones democráticas. La complejidad del orden económico global se traduce en enemigos identificables, capaces de concentrar el enojo disperso. El agravio adquiere rostro, nombre y pertenencia. De esta forma, la sensación de abandono puede transformarse en hostilidad, deseo de castigo y adhesión a dirigentes que prometen restaurar una grandeza perdida.
En el mundo cibernético, las plataformas digitales ofrecen un espacio permanente para la comparación, la exposición del privilegio, la circulación del agravio y la búsqueda de culpables. Cada sujeto contempla de manera continua la riqueza, la belleza, el éxito y el reconocimiento de otros, mientras recibe noticias de crisis, corrupción, violencia e injusticia. La distancia entre las expectativas personales y la experiencia vivida se vuelve visible a toda hora. La frustración ya no permanece encerrada en el ámbito privado, pues encuentra comunidades, discursos capaces de convertirla en identidad colectiva.
La edad de la ira descrita por Mishra es de este modo, también una edad cibernética del agravio. Las antiguas pasiones humanas circulan ahora mediante flujo de información a través de infraestructuras tecnológicas capaces de medirlas, clasificarlas y convertirlas en atención, datos, influencia y poder político. Su discurso amplía así la pregunta clásica: no basta con investigar por qué el sujeto se encoleriza; es necesario comprender qué tipo de sociedad fabrica de manera constante las condiciones de esa actitud, quién dirige sus objetivos y qué formas de poder se fortalecen mediante su circulación.
De acuerdo con su enfoque discursivo, los marcos conceptuales heredados han perdido eficacia, pues «conceptos y categorías resuenan cada vez más como jergas ineficaces» (Mishra, 2017, p. 43). Esta situación revela una crisis sistémica profunda que atraviesa todos los ámbitos de nuestra manera de comprender el presente. Nuestra época puede pensarse, así, como un tiempo transido: un presente agotado en el que la ira y la violencia emergen como afectos políticos dominantes.
Todo ello refuerza la sensación de habitar un planeta radicalmente inestable, atravesado por crisis múltiples e interactivas (policrisis, Morin 2006) en el que las referencias normativas, políticas y simbólicas, que durante largo tiempo ofrecieron orientación, han perdido su capacidad de estructurar la experiencia colectiva. Como bien advierte Mishra, «vivimos en un orden social y político fundamentalmente inestable en el que los viejos conceptos y categorías ya no se sostienen» (Mishra, 2017, p. 289).
Su argumento ofrece, en este sentido, una filosofía del presente entendido como tiempo marcado por la erosión del sentido, la fragmentación de las experiencias comunes y la expansión global de afectos negativos como el resentimiento, la humillación y la frustración. La ira, lejos de constituir un fenómeno marginal o episódico, emerge como uno de los síntomas centrales de una modernidad en crisis, incapaz de sostener las promesas que ella misma produjo y difundió a escala global.
De acuerdo con su planteamiento, este malestar se origina en un orden global que promete progreso, reconocimiento y movilidad social, pero que produce, al mismo tiempo, exclusión y frustración sostenidas. La distancia entre las expectativas generadas y las condiciones reales de vida, alimentan resentimientos que se acumulan y se expresan de manera violenta, tanto en el plano simbólico como en el político. La ira en el mundo cibernético emerge, entonces, como una respuesta estructural frente a la imposibilidad de cumplir las promesas de la modernidad, más que como un desvío excepcional.
Las redes sociales intensifican y aceleran esta dinámica, al funcionar como espacios privilegiados de circulación emocional y confrontación permanente. En el ciberespacio, la lógica de la posverdad debilita los criterios compartidos de verdad y favorece narrativas que apelan a la indignación, el agravio y la polarización. La viralización de discursos simplificados y noticias falsas no solo fragmenta el lazo social, sino que transforma la ira en un recurso político eficaz, capaz de movilizar adhesiones y profundizar antagonismos. De este modo, las plataformas digitales no crean el malestar, pero sí lo amplifican y lo reorganizan, convirtiendo la indignación en una fuerza transversal que estructura buena parte de los conflictos de estos tiempos transidos y cibernéticos.
Referencias
Aristóteles. (2011). Ética nicomáquea (Vol. II). Gredos.
Castillo, W. (2025). El malestar de la sociedad dominicana: Una interpretación sociológica. Printbarato.
Epicteto. (2015). Manual para la vida feliz: Una lectura del Manual de Epicteto por Pierre Hadot. Errata Naturae.
Kant,I. (2014). Antropologia en sentido pragmático. Fondo de Cultura Económica.
Illouz, E. (2025). La modernidad explosiva. Katz.
Marty, A. (2025). La nueva derecha: Qué es, qué defiende y por qué representa una amenaza para nuestras democracias. Deusto.
Mishra, P. (2017). La edad de la ira: Una historia del presente. Galaxia Gutenberg.
Montaigne, M. (2021). Ensayos. Galaxia Gutenberg.
Morin, E. y Kern, A.B. (2006) Tierra Patria: Un manifiesto para el nuevo milenio. Buenos Aires: Nueva Visión
Spinoza (2026). Obras completas y Biografía. Guillermo Esclarla ira: Libros I-III. Gredos.
Zuboff, S. (2026, 12 de julio). “La catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios: Nos roban los datos, nos roban la democracia”. El País. https://elpais.com/ideas/2026-07-12/la-catastrofe-moral-de-los-tecnomagnates-totalitarios-nos-roban-los-datos-nos-roban-la-democracia.html
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