“Una mirada me volvió distinto,  me torció el rumbo sin violencia.”   (Gerson Adrián Cordero) 

El poemario Cuando el día insiste en borrarlo todo (Gerson Adrián Cordero, Luperón , Puerto Plata, 1991. Premio Anual Joven de novela, 2025) se configura como una meditación poética sostenida y rigurosa sobre el tiempo vivido, la conciencia que se despierta lentamente y la fragilidad que atraviesa toda experiencia humana. Desde sus primeras páginas, el lector se adentra en un territorio reflexivo donde el sujeto lírico se observa a sí mismo en relación con un mundo que no cesa de erosionar, de borrar huellas y de poner en crisis las certezas que alguna vez parecieron firmes. 

El “día” adquiere aquí un espesor simbólico notable: no es una simple unidad temporal ni una referencia cronológica neutra, sino una fuerza persistente que insiste, que vuelve una y otra vez para recordarnos la condición transitoria de todo lo existente. En ese insistir, el día se convierte en metáfora del desgaste, de la repetición y de la erosión silenciosa que modela la experiencia humana. Esa conciencia del borramiento aparece ya tempranamente en “Voces”, cuando el poeta advierte el peligro de una uniformidad que anula al sujeto y disuelve la singularidad: “Sería un coro sin voces, una multitud obediente caminando sin nombre” (p. 15), imagen que condensa una crítica ética y existencial a la pérdida de identidad en el flujo anónimo del tiempo. 

Uno de los núcleos fundamentales del poemario es el despertar de la conciencia, entendido no como una revelación fulminante ni como un acontecimiento excepcional, sino como un proceso gradual, silencioso y profundamente transformador. A lo largo del libro, esta conciencia se va configurando lentamente, moldeada por la experiencia cotidiana, por el dolor, por la observación atenta del mundo y por una disposición interior a dejarse afectar. No hay estridencias ni iluminaciones súbitas, sino un aprendizaje paciente de la mirada. 

Gerson Adrian Cordero.

En “La vida encuentra una grieta”, el poeta sugiere que incluso en medio del desgaste persiste una mínima posibilidad de sentido, una fisura por donde aún puede filtrarse la vida: “Son un brillo que insiste, la prueba mínima de que, / a pesar de todo, algo vive” (p. 17). Despertar implica, así, aprender a mirar de nuevo lo que parecía agotado, reconocer la persistencia de lo frágil y asumir que el sentido no se impone, sino que se descubre en lo mínimo. 

El lenguaje del poemario se caracteriza por una sobriedad expresiva deliberada, donde cada palabra parece medida, necesaria y cuidadosamente colocada. Esta contención verbal no empobrece el discurso poético; por el contrario, lo densifica y lo vuelve más incisivo, más atento a los matices y a los silencios. La economía del lenguaje funciona aquí como una forma de rigor ético: decir menos para decir mejor, evitar el exceso para preservar la hondura. 

Pensar, en este contexto, deja de ser un ejercicio abstracto o meramente intelectual para convertirse en una exigencia ética que atraviesa la experiencia cotidiana. En “Elección”, esa responsabilidad aparece formulada como dilema ineludible: “Elegir: / el bien que sostiene, / o el mal que consume” (p. 55). La conciencia, una vez despierta, no puede sustraerse a esa tensión ni refugiarse en la indiferencia; pensar es ya asumir una posición ante el mundo. 

El dolor atraviesa el poemario como una experiencia inevitable, pero asumida sin estridencias ni gestos melodramáticos. No se trata de un dolor exhibido ni espectacularizado, sino interiorizado, reflexionado y comprendido como parte constitutiva del trayecto vital. El sufrimiento no se convierte en centro absoluto del discurso, pero tampoco es negado ni edulcorado. En “El peso de los días”, el dolor se asocia al paso del tiempo y a la incertidumbre del porvenir, configurando una experiencia de intemperie existencial: “El futuro es una sombra, una puerta sin nombre” (p. 56). El dolor no paraliza, pero sí obliga a una reflexión sostenida sobre la fragilidad de la existencia y sobre la imposibilidad de controlar plenamente el curso de la vida. 

A lo largo del libro, el yo poético oscila de manera constante entre la interioridad y el mundo exterior, estableciendo un diálogo tenso y fecundo entre la experiencia íntima y la conciencia colectiva. El sujeto no se repliega en una subjetividad cerrada, sino que se reconoce atravesado por los otros, por la historia compartida y por las condiciones sociales que configuran la experiencia humana. En poemas como “Entre ellos y yo” (p. 47), el hablante lírico se reconoce a sí mismo en una zona intermedia, marcada por la distancia y la pertenencia simultáneas, por la cercanía y la extrañeza. Esa tensión revela una subjetividad que no se concibe aislada ni autosuficiente, sino vulnerable, expuesta y en permanente relación con el mundo que la rodea. 

Gerson Adrian Cordero.

La borradura se erige como una de las metáforas más persistentes y significativas del poemario. El día borra, pero no arrasa; desgasta lentamente, como una fuerza silenciosa que transforma sin violencia, sin catástrofes visibles. Frente a esa erosión constante, la palabra poética no se plantea como salvación definitiva ni como refugio absoluto, sino como un gesto de resistencia humilde y consciente de sus límites. En “El poeta” (p. 49), esta función testimonial queda claramente delineada: el poeta observa, nombra y da cuenta, sabiendo que su palabra no detiene el tiempo ni impide el olvido, pero sí registra su paso y deja constancia de lo vivido. La escritura se asume, así, como acto de presencia y de atención. 

En este contexto, la gratitud emerge como una actitud ética fundamental. No se trata de un agradecimiento impuesto, ingenuo o complaciente, sino de una respuesta lúcida y libre ante la experiencia de estar en el mundo, aun en medio del desgaste y la incertidumbre. La gratitud se vincula aquí con la aceptación de la fragilidad y con la conciencia que nace del dolor atravesado, no negado. Agradecer es, en este sentido, reconocer la precariedad de la existencia y, aun así, afirmar el valor de lo vivido. 

El futuro, cuando aparece en el poemario, lo hace despojado de toda promesa redentora o de horizontes triunfales. No hay certezas absolutas ni proyectos grandilocuentes; apenas la intuición de que avanzar exige mantener la mirada despierta y la conciencia alerta. Esta visión refuerza el tono existencial del libro, donde vivir es asumir la intemperie como condición permanente y sostener una atención ética frente al paso del tiempo y sus efectos silenciosos, sin caer en el nihilismo ni en la evasión. 

Desde el punto de vista formal, el uso del verso libre, la fragmentación y los silencios cumplen una función esencial en la arquitectura del libro. Los espacios en blanco, las pausas y las elipsis no son simples recursos estilísticos, sino verdaderas zonas de sentido donde el lector es invitado a detenerse, a respirar y a reflexionar. El silencio, aquí, dice tanto como la palabra y refuerza la dimensión meditativa del conjunto, permitiendo que el poema se abra a la interpretación y a la experiencia del lector. 

En suma, Cuando el día insiste en borrarlo todo se erige como un poemario de profunda coherencia interior, donde la escritura no funciona como simple ejercicio estético ni como despliegue retórico, sino como una forma de conciencia y de responsabilidad frente a la experiencia humana. La voz que recorre el libro rehúye el efectismo y la exaltación fácil para situarse en un registro de atención lúcida, casi vigilante, ante el paso del tiempo y sus efectos silenciosos sobre el sujeto y la memoria. 

La mayor virtud del poemario reside en haber comprendido que la poesía no está llamada a ofrecer respuestas definitivas, sino a formular preguntas esenciales desde una ética de la fragilidad. El yo lírico no se presenta como centro absoluto del discurso, sino como conciencia expuesta y vulnerable, atravesada por el pensamiento, el dolor y la responsabilidad de elegir. En ese gesto de apertura, la palabra poética adquiere un valor testimonial: no pretende salvar del olvido, pero sí dejar constancia del paso, del roce, de la huella mínima que deja la existencia antes de ser borrada. 

Finalmente, Cuando el día insiste en borrarlo todo deja al lector ante una enseñanza discreta pero persistente: vivir consiste en aprender a estar, aun sabiendo que todo es transitorio. La poesía no es aquí refugio ni evasión, sino forma de presencia consciente. Leer este libro implica aceptar la intemperie, asumir la fragilidad como condición y reconocer que, aunque el día borre, la palabra —sobria, atenta, profundamente humana— puede todavía acompañarnos en ese tránsito inevitable. En esa fidelidad a lo humano, a lo vulnerable y a lo finito, radica la verdadera fuerza y dignidad de este poemario. 

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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