Poética de la intemperie

Bajo la sombra de la película homónima de Shohei Imamura, este texto nace de una pregunta: ¿qué debe morir para que una forma de vida pueda continuar? Toda poética verdadera conoce una montaña donde algo debe ser abandonado. También el lenguaje asciende hacia allí: deja atrás sus hábitos, sus falsas seguridades, sus formas agotadas, para volver a encontrarse con aquello que todavía no sabe nombrar.
Todas las cosas buscan un lugar en el lenguaje.
No llegan como objetos completos ni como formas obedientes al nombre que intenta recibirlas. Llegan desde una zona anterior, desde una materia todavía sin resolución, desde una oscuridad donde la experiencia permanece palpitando antes de convertirse en concepto.
El poema comienza allí.
En el instante donde la palabra deja de servir al mundo conocido y vuelve a enfrentarse con aquello que la desborda.
El lenguaje heredado conserva demasiadas habitaciones cerradas. Sus formas se han repetido hasta perder su origen. Sus imágenes, muchas veces, han dejado de revelar para convertirse en ornamento. La palabra, sometida a sus propias costumbres, olvida la violencia que la hizo nacer.
Hay que devolverla al riesgo.
Rescatar el habla de su servidumbre.
Con vitrinas nocturnas de sangre paranoica, el pájaro demente ha empezado a demarcar su territorio.
No trae una respuesta.
Trae una fisura.
Entre el instinto y la razón, entre el animal que nos precede y la conciencia que intenta explicarlo, el poema abre una zona donde las fronteras dejan de ser estables. Allí se mezclan las raíces del sueño, la memoria del cuerpo, la herida y el relámpago.
Todas las cosas buscan un lugar en el lenguaje.
Pero algunas deben atravesar primero el fuego de la transformación.
Intuimos el paso de lo incontrolable en el relincho del caballo y en los ojos temerosos del perro. No porque esas criaturas representen una verdad oculta, sino porque conservan una relación intacta con aquello que somos antes de convertirnos en explicación.
La poesía comienza en esa cercanía peligrosa.
En esa región donde la imagen no ilustra el pensamiento; más bien, lo obliga a desplazarse.
Para entrar allí será necesario escarbar.
Escarbar en el brillo de las formas gastadas. Remover el polvo acumulado sobre las palabras. Quebrar los huesos del lenguaje hasta encontrar la materia viva que todavía permanece enterrada.

No buscamos destruir la lengua.
Destruirla sería repetir la violencia que queremos superar.
Buscamos devolverle aquello que perdió cuando dejó de escuchar.
Liberar la palabra de sus servidumbres: de los códigos que la inmovilizan, de las formas cerradas que la domestican, de los lugares comunes que la convierten en una sombra de sí misma.
Es necesario profesar.
No una doctrina.
Un riesgo.
Leer a quienes llevaron el lenguaje hasta sus límites —Artaud, Gherasim Luca, Eshleman, Paul Celan, aquellos que hicieron de la ruptura una forma de respiración— no para repetir sus gestos, sino para continuar la herida que dejaron abierta.
La tradición no es un refugio.
Es un incendio.
Es necesario asediar.
Asediar el teatro de títeres instalado en los hospitales de la representación. Romper la maquinaria donde las imágenes, agotadas por la repetición, continúan moviéndose como cuerpos sin vida.
El poema no debe reproducir aquello que ya sabemos mirar.
Debe devolvernos aquello que hemos dejado de ver.
Y si aún no bastara, será necesario azuzar.
Despertar el cuerpo agónico de una poesía que confunde permanencia con vida, repetición con tradición, comodidad con belleza.
La poesía no es un museo de formas consagradas.
Es una zona de peligro.
Allí donde la palabra pierde estabilidad y la imagen se desprende de sus antiguas funciones, algo comienza nuevamente.
El poema no representa la experiencia.
La produce.
La imagen no acompaña al pensamiento.
Lo precipita hacia una región donde todavía no sabe reconocerse.
Hay que roer el hueso de la sombra. Descender hasta las partículas de somnolencia donde permanecen las almas atrincheradas en el poema, el hambre irracional del niño que recibe el mundo, las raíces oscuras del sueño que son, al mismo tiempo, certeza y puente.
Somos apenas un punto titilante en la inmensidad del universo.
Una isla que todavía busca su nombre
Una conciencia suspendida entre la materia y la noche.
Pero algo insiste.
Algo continúa golpeando desde el otro lado del lenguaje.
Algo reclama una forma.
El poema no concluye.
Permanece abierto en la herida que lo hizo nacer.
Mientras las cosas sigan buscando un lugar en la palabra, mientras la noche conserve su respiración secreta, el pájaro demente continuará demarcando su territorio.
No el territorio de la certeza.
El territorio de aquello que todavía espera ser dicho.
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