Hay una forma de la poesía que no irrumpe, sino que se posa sobre la conciencia como la luz de la tarde cuando comienza a comprender que toda claridad es ya el anuncio de otra sombra. No necesita levantar la voz porque sabe que las grandes revelaciones ocurren en el territorio de lo apenas perceptible: una mirada que demora un instante más de lo necesario, un viento que parece olvidar su oficio, una palabra que llega cuando el silencio ya había empezado a decirlo todo. En ese ámbito de delicadas transiciones se levanta ‘Ahora que todo pasa’, de José Miguel García. No es un libro que invite a recorrer sus páginas con la ansiedad del descubrimiento inmediato, sino con la disposición interior de quien se asoma a un balcón desde donde el tiempo deja de ser una sucesión de instantes para convertirse en una sustancia visible. Cada poema abre un horizonte distinto, pero todos confluyen en una misma intuición: que nada desaparece del todo; las cosas únicamente cambian de respiración mientras la memoria, la palabra y el asombro continúan edificando su permanencia invisible. Por ello, este libro no se instala en la nostalgia ni en el lamento por lo efímero; encuentra en la fugacidad la más alta expresión de la belleza y convierte el instante en el lugar donde la existencia alcanza su mayor densidad espiritual. Y esto, nos sale al encuentro en ‘Germen del ocaso’ (p. 24), que veremos a continuación:
“El viento inmóvil, mirada tiesa en los bosques amarillos que somos. Leve lisonja del tiempo que se vuelve a la nada. ¿Cómo será el clima de tus ojos si no me miras?¿Cómo sucederá la fuente agostada de su voz?… Hazlo despacio. No eludas las pocas palabras que nos quedan, ellas también tienen prisas”.

La puerta de entrada que José Miguel García abre con ‘Germen del ocaso’ posee la serenidad de quien conoce que toda verdadera poesía comienza allí donde el lenguaje abandona la descripción para convertirse en revelación. El poema no narra un acontecimiento; apenas deja entrever el instante en que la existencia descubre su condición transitoria. Desde la imagen inicial, “El viento inmóvil”, el poeta suspende la lógica cotidiana para instalar al lector en una dimensión donde el movimiento puede expresarse a través de la quietud y donde el silencio adquiere la elocuencia de una respiración profunda. Esa tensión se prolonga en “mirada tiesa en los bosques amarillos que somos”, verso en el que la naturaleza deja de ser paisaje para convertirse en identidad. Ya no contemplamos el bosque: somos ese bosque que lentamente cambia de color bajo la acción invisible del tiempo. La metáfora transforma el otoño en una experiencia interior y convierte el paso de las estaciones en una condición del alma, insinuando desde el comienzo que todo el libro gravitará alrededor de esa lenta pedagogía de lo efímero… Pero la profundidad del poema se manifiesta con mayor intensidad cuando el discurso abandona la afirmación y se entrega al territorio de la interrogación. Citamos: “¿Cómo será el clima de tus ojos si no me miras?” y “¿Cómo sucederá la fuente agostada de su voz?” son interrogantes que trascienden la dimensión amorosa para internarse en una reflexión sobre la naturaleza de la presencia. En la poética de José Miguel García, la mirada posee clima porque modifica el mundo que contempla, mientras la voz es presentada como una fuente cuya sequía no afecta únicamente al ser amado, sino también al universo emocional de quien escucha. Esa extraordinaria capacidad para trasladar los sentimientos hacia imágenes de una poderosa densidad simbólica convierte el poema en una meditación sobre la fragilidad de los vínculos humanos, demostrando que la ausencia no consiste solamente en la desaparición del otro, sino en la transformación radical del espacio interior que antes era iluminado por su existencia.
El cierre de ‘Germen del ocaso’ resume, con admirable sobriedad, una de las intuiciones esenciales de ‘Ahora que todo pasa’. La súplica que dice: “…hazlo despacio” parece contener el deseo de retardar el desgaste inevitable que acompaña toda experiencia humana; sin embargo, el verso final, “No eludas las pocas palabras que nos quedan, ellas también tienen prisas”, devuelve al lector a la conciencia de que ni siquiera el lenguaje escapa a la corriente del tiempo. Las palabras también envejecen, también corren hacia el silencio y conocen la urgencia de aquello que está destinado a desaparecer. En esa paradoja reside buena parte de la belleza de la poesía de José Miguel García: comprender que la escritura no derrota al tiempo, pero sí lo humaniza; no impide el ocaso, pero lo convierte en una forma de claridad… El libro anuncia la dirección de su viaje: enseñar que la fugacidad no disminuye el valor de la existencia, sino que la vuelve irrepetible, porque únicamente aquello que pasa alcanza la dimensión de la memoria y encuentra en la poesía una permanencia que no depende de la duración, sino de la intensidad con que ha sido vivido… Igual, en “Oscuros caminos” (p. 27), podemos apreciar la voz poética asomada desde la consciencia que le orienta en su tránsito hacia esa verdad de vida que testimonia. Veamos íntegro el citado poema:
“Ligero, solo, como un silencio de nubes. Me aparto del ruido, de ustedes, de mí. Parezco un recuerdo, una mirada de niño, un pétalo danzante por la brisa y el olvido. No espero más, oscuros caminos”.
En “Oscuros caminos”, José Miguel García reduce deliberadamente el espacio del poema para expandir el de la meditación. Bastan unas pocas líneas para levantar una geografía espiritual donde el Ser comienza a desprenderse de todo aquello que lo ata a las apariencias. Desde el inicio, “Ligero, solo, como un silencio de nubes”, el poeta no define un estado de ánimo, sino una forma de habitar el mundo. La comparación con el “silencio de nubes” introduce una imagen de extraordinaria delicadeza: las nubes atraviesan el cielo sin hacer ruido, modificando el paisaje con una presencia casi imperceptible. Así también el sujeto poético parece renunciar al peso de la identidad para convertirse en una transparencia que avanza sin reclamar protagonismo. No es la soledad del aislamiento, sino la de quien ha comprendido que el silencio constituye una de las formas más profundas del conocimiento interior… Y esa búsqueda alcanza su mayor intensidad cuando el poeta dice: “Me aparto del ruido, de ustedes, de mí”. La progresión de la frase revela un desprendimiento cada vez más radical: primero abandona el estrépito exterior, luego la multitud y, finalmente, la imagen que tiene de sí mismo. En esa secuencia se encuentra uno de los ejes más sugerentes de ‘Ahora que todo pasa’. José Miguel García parece insinuar que el verdadero encuentro con la existencia solo comienza cuando cesan las voces que constantemente nos nombran. A partir de ahí, el yo adquiere una condición casi espectral. Apreciemos esta parte: “Parezco un recuerdo, una mirada de niño, un pétalo danzante por la brisa y el olvido”. Aquí, La memoria, la infancia y la fragilidad de un pétalo confluyen para mostrar que la identidad no es una estructura fija, sino un delicado movimiento entre lo que permanece y aquello que el tiempo va borrando con infinita paciencia.
Luego entonces, el verso conclusivo, “No espero más, oscuros caminos”, no transmite desesperanza, sino aceptación. No hay desafío frente a la incertidumbre ni resistencia frente a lo desconocido; existe, más bien, la serenidad de quien comprende que la vida no siempre conduce hacia territorios iluminados y que también las sombras poseen una sabiduría que ofrecer. En la poesía de José Miguel García, los caminos oscuros no representan únicamente la adversidad, sino el espacio donde la conciencia aprende a caminar sin la tutela de las certezas. Esa confianza en el misterio convierte el poema en una discreta declaración estética de todo el libro: aceptar el tránsito, aun cuando ignoremos su destino, porque solo quien se atreve a recorrer las zonas menos visibles de su existencia descubre que, muchas veces, la claridad nace precisamente allí donde la mirada humana cree haber encontrado únicamente oscuridad… Ahora bien, en el ecosistema poético fijado en ‘Ahora que todo pasa’ también se empina hacia adentro, hacia aquello en lo que en apariencia está separado, pero que certeza suya es que todo va unido en el viaje que vamos siendo. Y con ello descansa satisfecho al reconocerse en lo que sólo en apariencia vemos separado. El siguiente texto: “Ramón” (p. 75) lo enuncia con absoluta claridad meridiana:
“Un epígrafe soleado por el costado oscuro de la luna anuncia que nada es imposible de ver, que basta con cerrar los ojos para despertar en el milagro, en el temblor de los astros o en la comisura reticente de un diluvio de aves. / Se puede ser más frágil y evasivo, lluvioso, encantador, un fabulador de rostros y el verde junco que nada contra todo de espalda al río. / Y es un poco de nada y un poco del Cosmos. Necesitaremos una eternidad para escalar su ritmo y sus pendientes de sueños. Empero, cuánta luz cuando cruza y se expande… va floreciendo el camino…”
En ‘Ramón’, José Miguel García construye uno de los homenajes más singulares del libro porque evita el elogio convencional y prefiere penetrar en la esencia espiritual del ser evocado. No lo describe mediante datos biográficos ni mediante la exaltación de sus méritos visibles; lo reconstruye desde una atmósfera donde la poesía se convierte en la verdadera identidad del hombre. Desde el inicio, “Un epígrafe soleado por el costado oscuro de la luna” sitúa al lector en una región donde la luz y la sombra dejan de ser fuerzas opuestas para convertirse en una misma realidad contemplada desde distintos ángulos. Cuando afirma que “basta con cerrar los ojos para despertar en el milagro”, el poema propone una inversión de la mirada: no es la visión exterior la que revela el universo, sino la contemplación interior. Solo quien aprende a cerrar los ojos puede asistir al “temblor de los astros” y descubrir que el verdadero milagro ocurre allí donde la conciencia se libera del ruido de las apariencias… Más que un retrato, se trata de un recurso etopéyico que alcanza una extraordinaria delicadeza cuando José Miguel García escribe que “Se puede ser más frágil y evasivo, lluvioso, / encantador”, pues en esa sucesión de atributos no intenta definir una personalidad, sino revelar la movilidad incesante del Ser. La imagen del “verde junco que nada contra todo de espalda al río” constituye uno de los momentos de mayor riqueza simbólica del poema. El junco, asociado tradicionalmente con la flexibilidad, aparece desafiando la corriente sin enfrentarse violentamente a ella, como si la verdadera fortaleza consistiera en conservar la capacidad de inclinarse sin quebrarse. De ese modo, el homenaje trasciende la figura concreta de Ramón para transformarse en una reflexión sobre todos aquellos seres cuya existencia discurre al margen de las certezas comunes y que, precisamente por ello, terminan convirtiéndose en silenciosos sembradores de luz.
El poema culmina con una afirmación que resume admirablemente la visión humanista de José Miguel García, al sentenciar: “Y es un poco de nada y un poco del Cosmos.” En esa aparente sencillez converge una de las intuiciones más profundas de ‘Ahora que todo pasa’: el ser humano participa simultáneamente de la pequeñez y del infinito, del polvo y de la inmensidad, de la fragilidad y del resplandor. Por eso el poeta afirma en otra parte: “Necesitaremos una eternidad para escalar su ritmo y sus pendientes de sueños”, porque toda existencia verdaderamente creadora rebasa los límites de una sola vida. Y el cierre: “cuánta luz cuando cruza y se expande… va floreciendo el camino…”. Aquí el poeta convierte la presencia humana en un acontecimiento fecundo: no deja únicamente un recuerdo, sino una claridad capaz de abrir senderos para quienes continúan la marcha. En esa imagen final, José Miguel García vuelve a demostrar que la auténtica poesía no inmortaliza a los hombres por medio de la memoria, sino por la luz que continúan irradiando aun después de haber desaparecido de la mirada cotidiana… Así, José Miguel García, trueca, transmuta su mirada y aguzada intuición en correspondencia con su sensibilidad. En “Tres golpes (p. 76), también se revela de tal modo:
¿Quién toca la puerta cuando duermo? / Son tres golpes y nada más. / Sólo cuando duermo. / Si pudiese abrir los ojos / y sorprenderlo / Si pudiese espiar previo al sueño / su advenimiento / Pero estoy dormido / Profundamente dormido / Como un bosque / iluminado por las piedras de los ríos.
En “Tres golpes”, José Miguel García desplaza la experiencia poética hacia una de las regiones más enigmáticas de la conciencia: ese umbral donde el sueño deja de ser un descanso fisiológico para convertirse en territorio de revelaciones. Todo comienza con una pregunta, “¿Quién toca la puerta cuando duermo?”, y basta ese verso para introducir una incertidumbre que no busca ser resuelta, sino habitada. La puerta deja de pertenecer a una casa concreta y se transforma en el límite entre lo visible y aquello que únicamente puede anunciarse mediante signos. Los “tres golpes y nada más” adquieren así una resonancia que trasciende el hecho cotidiano; son la llamada insistente de un misterio que comparece cuando la razón ha depuesto su vigilancia. En la poesía de José Miguel García, el sueño no clausura la conciencia, sino que la abre hacia dimensiones donde la realidad abandona sus certezas para hablar con el lenguaje de los símbolos… Entonces, la tensión del poema únicamente se intensifica en el deseo imposible de sorprender aquello que llega desde la oscuridad: “Si pudiese abrir los ojos”, / “Si pudiese espiar previo al sueño su advenimiento”, expresa la aspiración profundamente humana de conocer el origen del misterio antes de que este se manifieste. Sin embargo, el poeta comprende que toda revelación exige una renuncia: “Pero estoy dormido, / profundamente dormido”. Esa aceptación convierte el sueño en un acto de confianza, en la disposición de quien entiende que existen verdades inaccesibles para la vigilancia de la inteligencia. La paradoja en esto es admirable: solo perdiendo el dominio sobre sí mismo puede el Ser aproximarse a aquello que verdaderamente lo trasciende. El poema propone, de este modo, una poética donde el conocimiento no nace del control, sino del abandono.
Y la imagen final: “Como un bosque iluminado por las piedras de los ríos”, constituye una de esas asociaciones inesperadas que distinguen la creación de José Miguel García. No es la luz del Sol la que ilumina el bosque, sino las piedras sumergidas, como si el resplandor procediera de las profundidades y no de las alturas. En esa inversión simbólica se condensa una de las intuiciones fundamentales de ‘Ahora que todo pasa’: las revelaciones decisivas no suelen llegar desde lo evidente, sino desde aquello que permanece oculto bajo la superficie de la existencia. El bosque representa la espesura del Ser; las piedras del río, la memoria silenciosa del tiempo; y la luz, la conciencia que brota cuando ambas dimensiones se encuentran. Así, José Miguel García convierte una escena onírica en una meditación sobre los límites del conocimiento humano, recordándonos que quizá las puertas más importantes de la existencia solo comienzan a abrirse cuando creemos estar profundamente dormidos… Pero en la obra de este signatario de la poética que postula la taocuántica hay múltiples vetas; discurre en diversas vertientes creativas, de modo que todo en él parte de las vivencias, del proceso experiencial que testimonia. Hay en su orbe poético poemas cuya ilación los abren hacia una región donde la memoria deja de ser recuerdo para convertirse en respiración cósmica y estremecedoramente humana. En su recorrido por los distintos paisajes de ‘Ahora que todo pasa’, José Miguel García deposita una luz que no pretende vencer el tiempo, sino reconciliarse con él. El poeta comprende que toda permanencia verdadera no nace de la duración, sino de la intensidad con que un instante logra habitar la conciencia. El balcón desde el cual comenzó a mirar el mundo termina ahora convertido en el umbral de una paternidad donde cada abrazo, cada fotografía y cada lluvia futura prolongan el latido de la existencia. La palabra deja de contemplar el horizonte para abrazarlo, y en ese abrazo el libro encuentra una de sus respiraciones definitivas. Tal es el caso del poema “Hija mía” (p. 83). Citamos íntegramente:
Hija mía / Tus bracitos en mi cuello / aún me abrazan. / Son como corrientes de agua tibias y dulzor de chocolate. / Bebé / mira a tu padre / soy tan indefenso si me miras / otro niño en el mueble en la escalera / o en el rincón de los perritos. / Allí te sorprendo / improvisas malabares / con esos ángeles de mirada santa / Hija, hoy es viernes / la gente se ha quedado en su casa, / también tú, bebé, / también tú. / Pero aún es verano / esas maripositas del tiempo / no mienten, / alegres revolotean en tus fotos / alegres traducen danzones de amor y sabanitas limpias. / Pronto, hija, pronto / visitará la llovizna el balcón.
He aquí un manifiesto del amor que alienta al padre que desde su voz poética muestra su dimensión humana; constituyendo una revelación de la unidad entre la inocencia y el cosmos. La hija no aparece únicamente como descendencia biológica, sino como manifestación de esa energía primordial que devuelve al padre a su origen. Cuando el poeta afirma: "Tus bracitos en mi cuello / aún me abrazan", el tiempo deja de obedecer a la cronología para convertirse en una simultaneidad donde pasado y presente coexisten en un mismo campo de conciencia. El abrazo continúa sucediendo porque pertenece a una dimensión donde la memoria no conserva: crea. Del mismo modo, la comparación con "corrientes de agua tibias y dulzor de chocolate" trasciende la simple ternura doméstica para convertir el afecto en materia elemental, en flujo vital, en una sustancia que alimenta los simientos del ser-padre. José Miguel García comprende que la verdadera infancia no reside únicamente en la hija, sino también en el padre que descubre, frente a esos ojos, su propia fragilidad cuando confiesa: "soy tan indefenso si me miras". Esa indefensión constituye la forma más elevada del amor, porque sólo quien abandona toda máscara puede entrar plenamente en el territorio de la luz… Mientras que la segunda mitad del poema desplaza esa intimidad hacia una dimensión simbólica donde la casa se convierte en universo. “El viernes”, “las habitaciones”, “las fotografías”, “los perritos”, “las sabanitas limpias’ y “el balcón” dejan de ser objetos cotidianos para transformarse en signos de una metafísica de lo cercano. La poesía de José Miguel García nunca necesita abandonar la realidad para alcanzar la trascendencia; por el contrario, encuentra lo absoluto precisamente en aquello que parece insignificante. Las "maripositas del tiempo" constituyen una de las imágenes más luminosas del libro: el tiempo ya no es una fuerza destructora, sino una criatura leve que revolotea preservando la alegría de la memoria. Incluso el anuncio final: "Pronto, hija, pronto / visitará la llovizna el balcón", no anuncia una pérdida, sino el cumplimiento natural del devenir. La llovizna representa la transformación permanente, la certeza de que todo cambia sin dejar de pertenecer a la misma totalidad… José Miguel García no concluye el poema: el tránsito hacia el futuro no se vive como despedida. Y el balcón deja de ser únicamente un lugar físico para convertirse en el espacio desde el cual la existencia contempla… Y así, simultáneamente, la memoria, el presente y lo venidero, en “Hija mía”, alcanza una dimensión ontológica: la hija es horizonte, espejo, semilla y permanencia; el padre, al nombrarla, descubre que la poesía consiste en sostener el instante hasta hacerlo infinito: todo pasa únicamente para la mirada superficial; en la profundidad del Ser, allí donde el amor modifica la arquitectura del tiempo y donde la palabra despierta la conciencia de la unidad, nada desaparece realmente. El balcón permanece abierto, la llovizna continúa llegando y la poesía, convertida ya en pulsación natural, sigue abrazando aquello que jamás dejará de existir.
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