Todo poeta occidental que escribe haiku persigue un acercamiento a la cultura japonesa, a su estilo de vida, a su visión del mundo, de la vida y de la naturaleza. Sentimiento y pensamiento, percepción e idea se combinan y, al unirse, estallan en un golpe de visión. De ahí que cuando leemos un haiku, vemos y sentimos un estado anímico que nos remite a la naturaleza, a un instante de quietud y de comunión con el cosmos. El autor de haiku traza en tres líneas una iluminación perceptiva, producto de una experiencia instantánea del tiempo emotivo y psicológico, en un estado de mediación entre el cuerpo y el mundo exterior, el sentimiento y la memoria, donde los elementos de la naturaleza se comunican entre sí y actúan como personajes poéticos de su mundo lírico.
El origen de la poesía clásica japonesa se remonta al tanka, que está constituido por cinco versos divididos en dos estrofas: una de tres líneas y otra de dos. Esta estructura doble del tanka dio lugar a la renga, que no es más que una sucesión de tankas, escritos por varios poetas. A partir del siglo XVI, la renga adoptó la forma satírica y coloquial llamada haikai. Su primera expresión se llamó hokku, y cuando el haikai se escindió en unidades separadas, esta unidad poética fue lo que deparó en lo que hoy conocemos como haiku, que es la suma del haikai y del hokku. "La poesía japonesa no usa la rima, a pesar de que abunda en paranomasias, aliteraciones y otros juegos verbales", ha dicho Octavio Paz.
Matsuo Basho es realmente el padre del haiku, aunque se separó en ocasiones de la estructura tradicional, que contiene una breve descripción de una escena, imaginada o vista. En ese sentido, conviene citar la definición que nos ofrece el propio Basho: "Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento". Se dice que el haiku siempre ha de aludir a una estación del año. Sin embargo, el mismo Basho tiene algunos "sin referencia a estación alguna". Pero sí se observa que muchos de los poemas insertan alguna palabra, al menos para fijar la experiencia de la estación del año: ya sea el sol, la lluvia, el frío, el calor, etc. Para algunos estudiosos, el haiku tiene como finalidad la belleza, el sentimiento, el zen, la ascesis, el misterio del mundo o la trascendencia. Para Basho, es una ascesis; para Buson, la belleza; para Issa, una efusión emotiva, humana y tierna hacia las personas, los animales y las cosas, y para Shiki, una pura forma literaria.
El haiku encierra, en su brevedad, un universo sobre la totalidad de la vida, tanto en lo que calla como en lo que silencia. Semeja una gota de rocío que cae, captando el instante, en su fugacidad y transparencia, pero que se aloja en la memoria de lo permanente. El autor de haiku entra en comunión con la naturaleza, en su apuesta de escritura, fijando el instante de creación y atizando la sensibilidad. En la simplicidad de la superficie reside la corriente subterránea que impone con su canto. La fuerza del haiku brota de la iluminación (o satori) que despierta de su imagen visible. En su aparente sencillez y brevedad, con Basho, el haiku alcanzó profundidad y autonomía en su "camino de perfección" espiritual y estético, amén de otros matices enriquecidos por el budismo zen. Se dice que Basho aportó al haiku un espíritu que se reduce en las cualidades de: "novedad, inmediatez, ligereza, inocencia y equilibrio entre cultura y vida, lo perenne y lo efímero", según José María Bermejo, en su introducción a Instantes. Nueva antología del haiku japonés. En tanto expresión de la fugacidad y de lo intemporal, el haiku posee intrínsecamente cualidades como: austeridad, ascetismo, espontaneidad y simplicidad que nos dan un sentido de lo real, de modo coloquial y refinado. A pesar de su grandeza y sabiduría, para Bermejo, sin embargo, "han prevalecido los valores tradicionales, tanto en Japón como en Occidente, pero el haiku clásico acusa un cierto agotamiento, tanto en la forma como en el contenido. En las últimas décadas, han surgido o se han reavivado nuevas corrientes, como el haiku urbano, el de ciencia ficción, el vanguardista o el de verso libre". "La clave está —sigue diciendo Bermejo— en mantener el 'espíritu', que podría resumirse en unas cuantas palabras: atención, concisión, inmediatez, sugerencia, intuición y sensibilidad".
Uno de los grandes símbolos de la poesía japonesa es la flor de cerezo, acaso por su belleza, fragilidad y fugacidad, y por ese componente de soledad y carácter de lo inacabado. El cerezo está presente, pues, en el mono no aware, en lo atinente a la quietud, desapego, abandono, austeridad, asombro y misterio sagrado de las cosas. La percepción de lo inacabado que encarna el haiku dimana de su cadencia, onomatopeya y ausencia de rima. Su vitalidad, a pesar de provenir de un lenguaje sencillo, hace del haiku un poema que se funda en la "observación inmediata". La poética de Basho se define, según sus palabras: en "seguir a la naturaleza, volver a la naturaleza, pues la naturaleza transmite, en forma cambiante, la verdad inmutable". El poder de síntesis, el minimalismo, el énfasis perceptivo y la sutileza del haiku hacen de él un cuerpo verbal que transmite un ritmo y un espíritu, a través de una belleza sencilla y original. Poesía de sensación, el haiku es un artefacto bonsái, acaso el mayor aporte de la literatura japonesa a la literatura universal. En su estructura compositiva, de diecisiete sílabas, posee dos cualidades: "la palabra estacional", que evoca una estación del año, y la "cesura", que divide la estructura estrófica en dos partes. En el primero está "el aquí y el ahora"; y en el segundo, la ambigüedad o espacio en blanco. Según Carlos Rubio, en su introducción a El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía clásica japonesa, "Basho y sus discípulos concibieron un número de principios estructurales para el haiku, entre los que destacan los de fragancia, resonancia y reflejo". Como forma poética antigua, el haiku goza de una gran popularidad en todo Occidente; como hijo poético de la renga, en la época moderna, se sigue cultivando en forma de tanka. La condición evocadora del haiku y todas las demás manifestaciones poéticas niponas constituyen su alma y su corazón. De ahí que el alma de la poesía japonesa resida en su poder de evocación, de una memoria visual y sensible. La expresión poética japonesa dice poco y sugiere mucho: representa una curva sinuosa, un juego de espacios vacíos y de silencio, entre el movimiento y la inmovilidad de su accionar. La escasez de adjetivaciones y el minimalismo de las estrofas y los versos buscan alcanzar un máximo de significado con un mínimo de recursos. La naturaleza y el sentido religioso son los ejes centrales del imaginario y la sensibilidad de los poetas japoneses.
En Japón, la poesía ha tenido una veneración como en pocos países. El aprecio de la poesía en la cultura japonesa está vinculado a su ideal de progreso. Junto con la filosofía y la teología, la poesía constituye un valor trascendente de su cultura ancestral: está presente en la prosa, el teatro, la música, la caligrafía y la pintura. Para los japoneses, la poesía está muy ligada a los valores divinos, sobrenaturales y trascendentes.
El semiólogo y crítico francés Roland Barthes, después de visitar Japón a finales de los años sesenta, escribió un maravilloso libro titulado El imperio de los signos. En dicho viaje, el gran representante del estructuralismo francés analizó e interpretó al Japón como un sistema de signos, a partir del significado y el significante textuales, penetrando en la gastronomía, la escritura, la cultura, el teatro y las artes. El imperio de los signos es un libro de culto acerca de la civilización japonesa, que permaneció sin traducirse al español hasta el año 2007, editado por Seix Barral, en España. En lo atinente al haiku, sostiene: "El haiku da envidia: cuántos lectores occidentales han soñado con pasearse por la vida con un cuadernillo en la mano, anotando aquí y allá 'impresiones', cuya simplicidad demostraría la profundidad". Barthes intentó revelarnos el predominio que ejercen los signos de este país del extremo oriente sobre las conciencias, las miradas, los oídos y la curiosidad de sus visitantes, y el poder de seducción que provoca su cultura. Este semiólogo estudió y reflexionó sobre los hábitos, las costumbres, la urbanidad, la moral, la identidad, las pasiones, la escritura y los múltiples entresijos de la civilización japonesa, con su acostumbrada gracia verbal, su voluntad de estilo y su lúcida inteligencia con que estudió los signos de las sociedades humanas.
Es al poeta mexicano José Juan Tablada a quien le debemos la introducción en América Latina, y en lengua castellana, del haiku, al publicar, en 1919, un libro titulado Un día… poemas sintéticos. Este libro de un género para esa época desconocido fue editado en Caracas, Venezuela, con una tirada de apenas 200 ejemplares. Este texto, desde luego, no fue bien recibido, pues aún estaba en boga el modernismo de Rubén Darío y sus acólitos. Era impensable y comprensible que para entonces pudiera asimilarse un poema de apenas tres líneas. La influencia de la cultura japonesa en Tablada le viene de su visita en el año 1900 a tierras niponas. En 1920, Tablada publica otro libro titulado Li-Po, de poemas ideográficos, en la tradición de los Caligramas de Apollinaire. En 1922, y en Nueva York, publica otro volumen de haiku, titulado El jarro de flores. Lo que acontece con Tablada es que no conserva la estructura clásica y originaria del haiku de cinco, siete y cinco sílabas, es decir, de 17 sílabas, sino que solo respeta los tres versos en su esquema métrico. Su influencia fue efímera, pero fue imitado y su poesía se extendió por todo el continente, en especial, y como es natural, entre los jóvenes, durante gran parte de la década del veinte, hasta el punto de que el poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade publicó un pequeño libro titulado Microgramas, en 1940, en Tokio, según Octavio Paz. La moda del haiku es más tardía en España que en América, y apenas hay ecos en poetas como Antonio Machado, Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez, pero sobre todo de índole temática.
Desde hace muchos años, Japón dejó de ser una curiosidad cultural: nos ha dado otra visión del mundo y nos ha abierto una puerta de nuevas, variadas y ricas percepciones de la vida y de las cosas. Ante la cultura japonesa sentimos extrañeza y asombro, pero también admiración. Su riqueza cultural, artística y filosófica es mágica, y nos seduce. Su estilo de vida, sus técnicas de meditación, su forma de pensar, ejercen sobre Occidente cada día más poder de atracción. La sabiduría de su poesía, la magia de su teatro y la grandilocuencia de su novela lo atestiguan. La brevedad, la condensación y la claridad de su poesía son proverbiales. Desde sus orígenes, conservó una gran solemnidad, que se disipa con Matsuo Basho, quien introduce la espontaneidad y el humor hacia fines del siglo VIII. Durante el siglo X se escribe la más excepcional y ambiciosa novela y una de las obras de la literatura oriental más importantes. Se trata de Historia de Genji o Genji Monogatari, de la señora Murasaki Shikibu (978-1014). Es una antigua novela de amor, la más antigua de carácter psicológico de la literatura universal, que consta de 4200 páginas, 50 libros, cerca de 1000 poemas breves y 54 capítulos, escrita en forma de diario, adornada de haiku y llena de paisajes y una infinidad de personajes, la cual es comparada con las mayores creaciones novelescas del género al nivel de las de Proust, Balzac, Tolstói, Cervantes, Zola, Víctor Hugo, Melville, Stendhal, Dickens, Boccaccio, Dostoievski, Homero, Alejandro Dumas, Thomas Mann o Joyce. La historia de Genji es un vasto fresco que refleja la sociedad japonesa de la época, una saga novelesca que narra la vida y las aventuras de amor de un príncipe y sus descendientes. Consta de dos partes: Esplendor (o triunfo) y Catástrofe (o decadencia). Es una obra maestra de la literatura japonesa de todos los tiempos y una de las primeras novelas escritas por una mujer en la segunda mitad del siglo X. Es un relato erótico-amoroso, que abarca medio siglo de tiempo histórico y que se lee como saga familiar, crónica de costumbres y fresco histórico de una sociedad y de una época.
El legado cultural de Japón es poderoso y enorme. Basta pensar en el teatro nō y kabuki, las danzas, el canto, los diarios de viaje, a la manera de Sendas de Oku, de Matsuo Basho, la ceremonia del té, la poesía, el budismo zen o el tantrismo, los sabios, los calígrafos, el cuadro "Las olas" de Hokusai y los artistas que ha producido. Tierra de grandes novelistas como Yukio Mishima, Shusaku Endo, Junichiro Tanizaki y Kobo Abe, del gran cuentista Ryunosuke Akutagawa, y de los dos únicos premios Nobel de Japón: Yasunari Kawabata y Kenzaburo Oé.
Los japoneses inventaron, motivados por la naturaleza, el poema colectivo llamado renga, adelantándose al "cadáver exquisito" de los surrealistas, una sucesión de poemas donde cada poeta escribe un verso. Similar ejercicio lo llevaron a cabo en abril de 1969, por primera vez en Occidente, los poetas Octavio Paz, de México, Edoardo Sanguinetti, de Italia, Charles Tomlinson, de Inglaterra y Jacques Roubaud, de Francia, cuando escribieron un libro de renga, un poema a cuatro voces, escrito en cuatro lenguas diferentes, empleando el mismo método y apegados a la tradición japonesa. La renga se inicia hacia el año 950, con los Cantares de Ise, entre otros clásicos del siglo XI; se populariza hacia el siglo XII, y en 1127 aparece por vez primera el vocablo renga. Fue Sokan quien inventó —se dice— el haikai o la forma graciosa, humorística e ingeniosa de hokku, y luego le seguiría Moritake, aquel que escribió el célebre haiku, que cito de memoria:
Redondos ojos Miran, miran y miran ¡Qué cruel ceguera!
La difusión y divulgación de la literatura japonesa en castellano, y en especial del haiku, tiene una gran deuda con el español Fernando Rodríguez Izquierdo, autor de varias historias y teorías sobre el haiku. Asimismo, con el premio Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz, autor de varios haiku y ensayos contenidos en sus libros Las peras del olmo, El signo y el garabato, y sus traducciones de poemas japoneses, contenidas en su libro Versiones y diversiones, así como los estudios y ensayos del norteamericano Donald Keene, en especial La literatura japonesa. Keene es considerado el más famoso e importante experto en Japón, japanólogo y japanófilo; es autor de más de 50 libros sobre Japón y el mayor difusor de la literatura japonesa en Occidente. Otros libros que hay que destacar son las antologías de la editorial Hiparión de España: Jaikus inmortales, selección, traducción y prólogo de Antonio Cabezas; Kokinshuu, colección de poemas japoneses antiguos y modernos, selección, traducción e introducción de Carlos Rubio; Haijin. Antología de jaiku, traducción y edición de Ricardo de la Fuente y Yutaka Kawamoto, y también Instantes. Nueva antología del haiku japonés, traducción, introducción y notas de José María Bermejo, así como a Lafcadio Hearn, autor de En el Japón espectral y otros libros de ensayos y crónicas sobre el País del Sol Naciente, entre los que están Sombras, En el país de los dioses, Última isla, Por las rutas de la seda, Kwaidan, etc., y El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía clásica japonesa, de Carlos Rubio, editada en España por Alianza Editorial, en 2011.
El término saudade es un vocablo que procede del portugués, y que quiere decir nostalgia, pero que no tiene una significación exacta en otras lenguas. En la cultura japonesa, existe una palabra equivalente, que es aware, pero que tiene muchos matices. Fue Motoori Norinaga (1730-1801) quien lo acuñó en su expresión "mono no aware", cuando se refiere a una nostalgia compasiva por el tránsito fugaz de la belleza. Según Norinaga, "el aware es una expresión de hondo sentimiento en el corazón". Para él, "toda la poesía japonesa se ha escrito bajo ese sentimiento, que implica la honda impresión producida por las pequeñas cosas, cierta tristeza compasiva, una intensa nostalgia relacionada con el otoño o con lo efímero, una serena aceptación de la fugacidad de este mundo, e incluso el placer refinado que se puede encontrar en la búsqueda de los placeres mundanos, aunque sean pasajeros", dice José María Bermejo. El centro sensible del haiku es el corazón humano. Nace y se alimenta de la lluvia que cae, del rocío que se posa en las hojas, del cantar de las ranas en un estanque, del cantar de las aves, de la flor que se abre en la primavera, el color del amanecer y el atardecer, las líneas del relámpago, el ruido del trueno, del sonido de las hojas al caer en el otoño, del ruido del viento, del mar, de los ríos o de la nieve cuando crece en las rocas o cuando se derrite en la hierba o la espuma en el agua. Para Toho, un poeta del siglo XVII, discípulo de Basho, "el haiku fija en un instante dado las cosas que se mueren… antes de que se extingan en el espíritu".
Cada vez más, Japón se occidentaliza, con su gastronomía (sushi), pintura, teatro (nō y kabuki), arte de la jardinería minimalista (bonsái), arte del diseño de interiores (feng shui), auge del cultivo del haiku en la poesía… En fin, Japón atrae y seduce, por sus paisajes, arquitectura (pagodas) y sus ritos espirituales.
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