Hay algo que me llama la atención cuando pienso en Isabel Allende, y es esa insistencia de algunos en cuestionar su calidad como escritora, aun después de haber alcanzado una trayectoria que muchas personas que escribimos desearíamos tener.
Aclaro que no soy una experta en crítica literaria, ni pretendo serlo. Soy escritora y lectora, y como tal tengo mis gustos, mis preferencias y mi manera de apreciar lo que leo. Al final, leo lo que me gusta, lo que despierta mi interés, lo que me conmueve o me deja pensando. No necesito ser especialista en literatura para reconocer que una obra me llega, ni para preguntarme por qué se le niega valor a quien ha conseguido conectar con tantos lectores.
No pienso que Isabel Allende sea intocable, ni que todas sus obras tengan que parecernos extraordinarias. Cada escritor tiene sus fortalezas y sus limitaciones, y la crítica literaria cumple una función importante cuando analiza una obra con argumentos.
Lo que me cuesta entender es esa especie de resistencia a reconocer los méritos de una escritora que ha logrado trascender fronteras, idiomas y generaciones.
¿Será que el éxito comercial disminuye, para algunos, el valor literario de una obra?
¿Será que una prosa accesible, capaz de llegar a millones de personas, se considera menos valiosa que aquella que exige un esfuerzo mayor para ser comprendida?
¿O será que, en ocasiones, confundimos nuestros gustos personales con la medida universal de lo que debe ser una buena literatura?
He leído que se le cuestiona por su sentimentalismo, por la sencillez de su prosa y por las semejanzas que algunos encuentran entre sus recursos narrativos y los de otros escritores. Son asuntos que pueden discutirse. Pero una cosa es señalar las limitaciones de una obra y otra muy distinta es utilizar esas limitaciones para restarle mérito a toda una trayectoria.
No creo que vender millones de libros convierta automáticamente a nadie en un gran escritor. Pero tampoco creo que ese éxito deba mirarse con desdén, como si conseguir que millones de personas lean, recuerden y se identifiquen con las historias que contamos fuera una hazaña menor.
Porque escribir no es solamente dominar el lenguaje, construir metáforas o elaborar estructuras narrativas complejas. También es contar historias que encuentren un lugar en la sensibilidad de quien las lee. Es crear personajes que permanezcan en la memoria, despertar emociones, abrir preguntas y conseguir que alguien, al cerrar un libro, sienta que algo de aquella historia también le pertenece. Y en eso Isabel Allende ha demostrado una capacidad que no me parece justo ignorar.

Me pregunto, además, cuánto pesan los prejuicios cuando se juzga la literatura escrita por mujeres, especialmente cuando sus obras abordan los sentimientos, las relaciones familiares, el amor, el sufrimiento y las luchas femeninas. No afirmo que toda crítica negativa hacia Allende responda a esa razón, porque no sería justo generalizar. Pero tampoco me parece descabellado preguntarnos si, en determinados casos, las mujeres que alcanzan un éxito extraordinario tienen que demostrar una y otra vez que merecen el lugar que han conquistado.
Quizás mi manera de ver la literatura sea más sencilla. No necesito considerar a Isabel Allende la mejor escritora viva para reconocer su talento. Tampoco necesito pensar que todas sus novelas tienen la misma calidad para valorar lo que ha conseguido. Puedo aceptar que haya lectores a quienes no les guste, críticos que cuestionen su estilo y especialistas que encuentren debilidades en sus obras. Lo que no me parece justo es convertir esas objeciones en una descalificación general de su capacidad como escritora.
Al final, cada lector establece una relación particular con los libros. Hay obras que nos deslumbran por su lenguaje, otras por sus ideas y algunas por la historia que nos cuentan. No todos buscamos lo mismo cuando abrimos un libro, ni todos tenemos que experimentar la literatura de idéntica manera.
Y si algo he aprendido como lectora y escritora es que el gusto personal no necesita disfrazarse de verdad absoluta. Puedo decir que un libro me gusta sin pretender que a todos les guste, del mismo modo que puedo reconocer el mérito de una autora sin tener que defender cada página que ha escrito.
Por eso vuelvo a preguntarme: ¿por qué el éxito de una mujer que escribe parece necesitar tantas explicaciones, mientras que su talento puede ponerse en duda incluso después de haber demostrado su capacidad para llegar a lectores de distintas generaciones y culturas?
No tengo una respuesta definitiva. Solo sé que me parece más justo discutir las obras sin desconocer los méritos de quienes las escriben, y que el reconocimiento literario no debería convertirse en una competencia donde para ensalzar a unos tengamos que empequeñecer a otros.
Esta es mi reflexión, la de una persona que pretende ser escritora y que también es lectora, que no pretende sentar cátedra sobre literatura, pero que se reserva el derecho de preguntarse, de disentir y de expresar lo que piensa.
Porque, al final, leo lo que me gusta. Y no creo que eso me impida reconocer el talento de los demás. En lo personal me encanta y siempre estará presente entre mis mejores autores, pues me inicie en la lectura precisamente con "La casa de los espíritus".
Además no soy ninguna crítica literaria, repito, leo lo que me gusta.
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