Esas guitarras que suenan cuando habla y esas castañuelas que repiquetean cuando pasa las trajo de su tierra. Su tierra es mágica, tiene la música en el viento y una larga tradición literaria. Sevilla. Los personajes de sus historias lloran y ríen a partes iguales, pero nunca pierden la belleza que ella les pone cuando los escribe.
Con una sonrisa invencible y una mirada que se viste con la luz de las mañanas, Irene Reyes-Noguerol llegó a Santo Domingo en un tiempo en que los crisantemos estaban florecidos. Con su don de gentes, habló de sus historias y de sus silencios. De sus soledades. Y, con el alma estremecida, miró a septiembre a los ojos. A cambio, la Ciudad Primada, hecha de estridencias, melodías y dolores, le obsequió una sonrisa.
Irene escribe con el alma y sabe cómo se hace para poner a llorar al pasado. Sus historias son rotundas y están escritas con la belleza de quien sabe mirar. Tiene veintiocho años y ya es una luz encendida en la literatura que va a ser. Ella misma, cuando mira, huele a futuro y a los atardeceres que faltan. Ante sus historias, el porvenir de la literatura se está empezando a rendir.
A Irene hay que oírla hablar. Su acento es del sur; parece que está cantando. Y su estampa, cuando sonríe, es la de una diosa, una pequeña diosa de luz con las noches durmiendo en el color de su pelo.
Ella llegó a Santo Domingo, y así, con ese dejo de humildad y sencillez, se presentó: yo soy Irene Reyes-Noguerol y soy de Sevilla. Y así, con una amabilidad acorazada, empezó a contar la ciudad de los poetas, los viejos novelistas y las fuentes de agua; a entonar las canciones de su infancia, a rememorar las tradiciones de su tierra que se está llevando la modernidad y a hablar de las historias de Alcaravea, (Páginas de Espuma, 2024), su libro de cuentos que ya lleva cinco ediciones.
Irene es maestra en su tierra y cree en el arte de aprender y desaprender. También cree en la música de las palabras y desde el 2021 está en la lista de la revista Granta como una de las grandes promesas de la literatura en español.
¿Puede contar a Sevilla como ciudad legendaria y como ciudad literaria?
Es verdad que es una ciudad muy literaria y muy artística en general. De ahí han salido muchísimos escritores, poetas, narradores, músicos. En Andalucía en general, pero en particular Sevilla también tiene un potencial importante a nivel artístico.
También es una ciudad interesante porque creo que tiene mucha presencia la sensorialidad, que es algo que a mí me gusta llevar a mis textos. Es una ciudad que no se agota únicamente a nivel visual. Por ejemplo, con la luz, con los colores, sino que también tienen muchísima importancia los sonidos.
Allí son muy comunes, están muy presentes los sonidos de las campanas, de los cascos de los caballos paseando por el centro de la ciudad, de las fuentes, que son un elemento también muy propio de allí. Y creo que, como todas las ciudades del sur, por lo menos del sur de España, también hay un ambiente determinado, o la gente tiene también un carácter particularmente abierto, extrovertido. Nos gusta mucho, por ejemplo, dar la bienvenida a las personas que vienen de fuera, y creo que lo que realmente sintetiza el espíritu de mi ciudad es la mixtura.
Al final somos la consecuencia del paso de una serie inmensa de pueblos y de civilizaciones que han querido asentarse a lo largo de la historia en ese territorio. Pienso, por ejemplo, en los romanos, también en la presencia de los árabes, de los visigodos. Es decir, es un pueblo donde la mixtura permite que tenga un carácter particularmente híbrido. Y creo que ahí también está la riqueza.
La arquitectura tiene muchísima influencia de la época árabe, de ese influjo musulmán que tuvo Andalucía, que es esa región a la que yo pertenezco, el sur de España.
Y como digo, a nivel literario hay muchos autores que han salido de allí. Pienso en Bécquer, en Antonio Machado, en Cernuda, en Alexander. Es decir, numerosos escritores que han querido dedicarse de una manera bastante específica a tratar la ciudad en su obra. En la obra de todos ellos aparece esa luminosidad particular del sur y todo este carácter y todo ese carácter y conjunto sensorial que te comentaba antes.
¿Ser sevillano es ser español de una manera diferente?
Si, es verdad. Ahí tenemos el flamenco que viene de allí. También hay un canto, que se llama Cante Jondo. Y yo creo que la música tiene mucha relación con la manera de entender el mundo y de escribir que tienen los autores que vienen de Sevilla. Siempre hay una presencia de la sonoridad, de los ritmos. Yo siempre digo que para mí escribir es casi como componer una partitura, están muy relacionados, intrínsecamente relacionados con la música.
¿Carga en sus recuerdos algún sonido en particular de tu infancia?
Yo creo que un sonido muy particular que por desgracia se está perdiendo muy rápidamente en España, pero que creo que tiene permanencia en algunos países de América Latina. Es el sonido del afilador, es decir, de esa persona que viene anunciando que afila los cuchillos, los utensilios, las tijeras. Y tiene esta música que tiene casi un toque medieval, ese flautín, que es un sonido hermoso que a mí me retrotrae siempre a mi infancia y que yo creo que voy a echar mucho de menos, porque cada vez se escucha con menos frecuencia, está desapareciendo allí en España, junto con el oficio, que también tiene ya los días contados, desafortunadamente.
Pero creo que es un sonido que junto al sonido del agua y del casco de los caballos, yo lo asociaría a mi niñez.
¿Con qué leyendas y con qué historias la arrullaron a usted en su niñez?
Pues aparecía muchas veces la nana, que es la que da título al libro, que incluía, además, la palabra alcaravea, que es una palabra que se usa poquísimo ya en España, no sé si aquí será diferente.
Resumiendo, la alcaravea es una planta cuyas semillas se usan también de una serie de valores medicinales, calmantes, en infusiones y con fines bastante diversos. Lo que me parece más curioso es que tiene al mismo tiempo un sabor amargo y dulce, que a mí me resultaba muy relacionado con todo lo que es la vida, la vida en su amplitud, con sus zonas de luz y con sus zonas de sombra.
Y, además, como has comentado, para mí la familia o las raíces, el hogar, tiene una importancia fundamental y es algo que a mí nunca me gustaría dejar atrás.
Por eso, esa nana con la que yo me dormía de chica, con la que me arrullaba mi madre, a mí me vincula con el personaje de mi bisabuela, que es la protagonista del último cuento de ese libro. Ella tuvo una infancia muy diferente a la que tenemos los niños de hoy en día en España, una infancia donde su madre y su padre la enviaron a un orfelinato.
Tuvo que empezar a trabajar desde muy pequeña, a partir de los siete años como mucho. Y ahí ella siempre usaba esta nana donde aparecía la palabra alcaravea, como una forma de recuperar el rostro y el amor que había perdido cuando era pequeña.
Entonces, esa nana ha sido la que a ella le servía para espantar esos fantasmas y esos miedos que tenemos todos en la niñez y que luego ha ido transmitiendo de generación en generación, porque esa es la nana que ella le cantaba a mi abuela, mi abuela a mi madre y mi madre a mí. Y yo, cuando tengo algún día hijos, si Dios quiere, se la cantaré también a ellos.
¿Esa es Paca, la del cuento?
Si, mi bisabuela Paca, Francisca Gutiérrez Barrio.
¿Cuántos relatos tiene el libro?
Doce. Son doce.
¿Cómo le llegaron esas historias, dónde dio con ellas?
El libro está dividido en dos mitades, con una delimitación bastante evidente. El primer grupo corresponde a personas que han sido célebres, sobre todo a nivel histórico o artístico. Pueden ser, por ejemplo, Van Gogh o Antonio Machado o Lope de Vega o Abenámar. Es decir, todos aquellos personajes que conocemos y cuyo prestigio reconocemos también, que hemos estudiado, que de una manera u otra nos acompañan y son parte de la Historia en mayúsculas.
Y a mí lo que me interesaba de este tipo de personaje no era volver a contar sus hazañas o la importancia de su obra, sino centrarme en esos aspectos más íntimos o más familiares, que creo que en cierto modo lo hacen más humanos o lo aproximan a lo que tenemos todos en común, que es una misma sensibilidad.
Y frente a ese grupo está el segundo bloque, que sería de los personajes familiares, que corresponde ya a una genealogía mucha más íntima, más pequeña, y son todas esas historias que yo escuchaba de pequeña, junto a los cuentos tradicionales, y que me apasionaban. Relatos relacionados, por ejemplo, con la vida de mi bisabuela, que te estaba contando, pero también con la de mi tío abuelo. Dos de ellos, por ejemplo, fueron reclutados forzosamente para la guerra y decidieron desertar.
Otro, por ejemplo, siempre vivió con el complejo de sentirse bastardo o de no sentirse reconocido por su propio padre. La historia de una de ellas, una de mis tías abuelas, es muy hermosa porque lo que he querido contar ahí es ese momento en el que ella se encuentra por primera vez con el amor a las palabras y en el que por primera vez consigue escribir su nombre y de alguna manera anunciarse frente al mundo.
Quería que estas historias, que corresponden, por supuesto, a un universo mucho más pequeño, cobraran la misma vida emocional que los relatos del primer bloque, de los personajes históricos, y que de alguna manera los personajes de la Historia en mayúsculas consiguieran identificarse con aquellos otros que corresponderían con la historia en minúscula.
Siento que todos ellos tienen en común esta humanidad radical y absoluta porque todos tenemos los mismos sentimientos, aspiraciones, miedos.
¿Cuando usted empezó a leer también empezó a escribir?
En mi caso fue un poco diferente porque yo siempre he sido muy lectora, desde niña, y siempre me gusta reivindicar la importancia de la oralidad. Creo que la manera que tenemos todos de acceder a la literatura es gracias a todos esos relatos que nos van contando nuevamente nuestros seres queridos.
En mi caso fundamentalmente, fue mi madre, que además ella siempre me acompaña, es una grandísima lectora y viajera también. Las dos cosas.
Y claro, uno tiene primero acceso oral, luego ya encuentras la literatura infantil, donde yo entré gracias a los cuentos de los hermanos Grimm, de Perrault, de Andersen, este tipo de historias que me maravillaban desde un primer momento.
Pero como siempre había sido una niña muy tímida y muy introvertida no me había atrevido a escribir, quizás por miedo a esa exposición pública que inevitablemente implica la literatura, que antes o después efectivamente llega.
Y ahí me sucedió que cuando yo comencé a escribir recuerdo perfectamente el instante porque fue un momento muy determinado. En mi familia habíamos estado pasando un periodo bastante difícil en cuanto a la salud, mi madre con cáncer, mi abuela con cáncer también -ella murió-, mi abuelo con Alzheimer -murió también-. Y para una persona con siete años que yo tenía en ese entonces era algo difícil de seccionar porque, por un lado, no quería sumar otro dolor más al que ya sentía que tenía mi familia.
Pero, claro, además uno se encuentra en una edad bastante compleja en términos de asumir lo que esté sucediendo alrededor.
Y de repente, a los doce años, cuando entré en el instituto, en primero de secundaria que lo llamamos allí, se convocaba a un concurso literario muy pequeñito, evidentemente, y decidí presentarme de repente porque pensé no hay nada que perder. Lo único que puedes hacer es ganar, y cuando digo ganar no me refiero a ganar un premio, sino a ganar experiencia, que es lo más importante.
Y justo ahí decidí escribir un cuento, que era muy autobiográfico, como suele ser todo lo que se escribe en la pubertad y en la adolescencia, que trataba de una chica de doce años, lo que yo tenía ya en ese momento, cuya madre tenía cáncer, y hablo un poco sobre la vida de esta chica.
Y bueno, tuve la grandísima suerte de que quisieron concederme el premio. Pero la alegría más grande fue poder compartirlo con la familia, los amigos, los seres queridos, que yo creo que se pusieron especialmente contentos porque yo hubiera querido dar ese primer paso de expresar y de comunicar lo que yo había estado guardándome durante muchos años.
¿Cuando una gente escribe aprende y desaprende?
Muchas veces si. Si, si. Porque que a veces creemos que sabemos cosas que realmente no sabemos. A lo mejor solo la sentimos y que pueden ser aspectos relacionados con nuestra propia manera de comprender el mundo, a los demás y a nosotros mismos.
Yo, cuando estoy escribiendo me detengo mucho a reflexionar sobre estas visiones porque muchas veces damos por sentado opiniones o perspectivas sobre la realidad que cuando profundizamos en determinados personajes que a lo mejor nos quedan un poco más lejano, que a lo mejor son diferentes a nuestra experiencia personal, nos vamos dando cuenta poco a poco que la visión del mundo no puede ser monolítica, sino todo lo contrario. Debe ser poliédrica, debe tener aristas, debe tener ángulos diferentes, opuestos, pero que de alguna manera resultan complementarios los unos con los otros.
Así que creo que cuando uno escribe en cierto modo está siempre aprendiendo. Creo que la escritura es un camino de aprendizaje constante que además no se agota, sino que continúa toda la vida. Pero también sirve mucho para desaprender, para volver a aprender o modificar conceptos que creíamos que eran estables y de repente vemos que no lo son.
¿A usted le consta que las palabras tienen música, ha podido encontrarla y bailar con ellas?
La palabra es algo casi sagrado. El verbo tiene una potencia y una fuerza que son innegables. Por eso yo creo que para la gran mayoría de escritores la importancia no radica únicamente en el contenido de aquello que nos interesa comunicar, sino también en la forma, en el estilo, en toda la retórica del lenguaje que está acompañando a lo puramente conceptual.
A mí siempre me ha atraído particularmente esta manera de escribir estrechamente vinculada a la música. Yo no soy capaz de escribir a máquina, a ordenador porque creo que el trabajo de la escritura, al menos en mi caso, debe estar íntimamente relacionado con lo corporal, con lo sensorial, y eso hace que de alguna manera tome cuerpo, que finalmente termine avanzando con esa música que tiene la palabra, tanto oral como escrita.
Y, además, cuando yo estoy escribiendo, en ese momento ya concreto de redactar, de poner las palabras sobre el papel, siempre tengo la necesidad de leer en voz alta. Porque de otra manera creo que será mucho más difícil, por no decir imposible, encontrar ese ritmo, esa sonoridad, esa musicalidad que para mí necesariamente tiene que tener un texto.
Es decir, el texto no se agota en lo puramente conceptual, en lo puramente narrativo, sino que consigue de algún modo trascender todos esos límites, consigue también una capacidad que está mucho más vinculada con la hibridación y, en cierto modo, llega casi a conectarse con la poesía y con la música.
Por eso yo creo también en esta imagen tan hermosa que estabas comentando ahora, en esta posibilidad que tenemos los escritores de danzar con las palabras, y no únicamente de escribirlas o no únicamente concederles esa música, sino también aprender a danzar con ellas, que es algo muy complicado, pero que creo que se disfruta mucho, aunque sea un esfuerzo considerable, y creo que además es un baile que se prolonga también en nuestra vida como escritores.
¿Qué significa para usted el acto, el simple acto de sentarse a escribir frente a una ventana?
Yo siempre tengo una ventana al lado porque a mí me gusta siempre que haya luminosidad cuando uno está escribiendo. Para mí es importante.
El acto de sentarse a escribir es la conclusión de un proceso mucho más extenso, realmente. Para mí, la escritura es algo que no se agota en el simple momento de la redacción, sino que tiene unos límites mucho más amplios, porque comienza mucho antes y termina mucho después.
Yo, por ejemplo, no soy una persona capaz de sentarse todos los días delante de un folio en blanco y escribir. Yo tengo ahí algún tipo de incapacidad literaria que no me permite hacerlo. Y sí que es verdad que hay escritores mucho más sistemáticos en ese sentido, pero yo no lo concibo.
En lo que sí invierto mucho tiempo es en pensar el esquema mental de lo que luego va a terminar configurándose como palabra escrita. Es decir, a mí me gusta reflexionar sobre qué quiero comunicar, y especialmente cómo lo quiero comunicar. Esa primera oración, esos comienzos, son fundamentales. Los finales también, por supuesto, imprescindibles, especialmente en el género del cuento. Y además me gusta mucho meditar sobre cuál es la atmosfera que me interesa crear.
Para mí, la voz narrativa tiene un peso fundamental y me gustaría que al escribir le llegara con mis relatos esa voz narrativa, que es algo que de alguna manera lo va a seguir siendo y lo va a seguir acompañando poco a poco a lo largo de las historias.
Eso es algo que no podría ser únicamente en el momento de sentarme a escribir, en el momento de redactar, sino que comienza mucho antes.
Yo tardo, incluso, a veces semanas o meses en conseguir sentarme a escribir, pero cuando finalmente lo hago para mí es un momento casi sagrado, es un momento extático, por decirlo de alguna manera. Está relacionado con el éxtasis porque creo que consigue casi una elevación espiritual que está vinculada con todas las artes y que muchas veces no se logra en el resto de ámbitos de nuestra vida.
Es un momento que es casi como si estuviera consagrado, ese momento tan particular en el que uno se sienta a crear algo con materiales que evidentemente ya existen desde antes, pero a los que conseguimos dar nuestra propia perspectiva o nuestra propia visión individual.
Por eso para mí es un momento tan tan tan importante y que me cuesta además hacerlo en lugares donde no me sienta cómoda. Yo, por ejemplo, escribo prácticamente siempre en mi habitación, en casa, al lado de la ventana que decías tú, y necesito un momento de calma, de paz.
Yo tampoco puedo escribir todos los días porque no encuentro esos instantes que siento que necesito para dedicarme completamente a la escritura sin tener ningún tipo de preocupación añadida.
Y, luego, por supuesto, creo que también la escritura se prolonga con el proceso de corrección. Yo nuevamente corrijo conforme voy escribiendo, por eso también soy bastante lenta. No creo en las prisas, hablando de literatura. Y si bien soy una persona muy nerviosa en todo el resto de ámbitos de mi vida, pero soy muy pausada y, además, procuro continuar siéndolo cuando estoy escribiendo. Porque sí intento corregir de manera simultánea al proceso de redacción, que creo que esto está vinculado con la poesía. Evidentemente.
Luego hay un proceso de corrección interior, pero procuro también que el momento en que uno está corrigiendo sea parejo o sea acorde en ese sentido al momento de la redacción.

¿Además de ser una persona tímida también es solitaria?
Si, soy una persona muy solitaria, muy tímida. A mí siempre, desde que soy muy pequeña, me ha costado relacionarme con los demás, tener amigos, y por eso yo siempre comento que, a lo mejor, cuando este tema del acoso escolar, que yo por desgracia recibí, no me gusta culpar por completo a los demás porque yo soy consciente de que tengo un carácter difícil en ese sentido. No soy una persona sociable. Creo que muchas personas realmente no lo somos.
De repente, nos encontramos expuestos en estas situaciones y tenemos que hacer este papel público. Pero sí, realmente soy una persona muy muy solitaria. Tengo pocos amigos, los que tengo me gusta conservarlos pues son importantes para mí. Y además, creo que es importante encontrar gente que se parezca, como creo que nosotros nos parecemos.
Pero sí que en verdad yo no soy una persona que necesite grupos grandes de amigos porque nunca me he sentido cómoda, la verdad, precisamente por eso de la timidez, la introversión. Yo tiendo mucho a la soledad, y además tengo la inmensa suerte de tener un grupo importante de seres queridos a mi alrededor con los que creo que tengo cubierta esa carencia afectiva que podría tener en otro sentido.
¿La soledad le ayuda a escribir?
Si, totalmente. La escritura es un acto solitario por mucho que luego exista esta faceta más social una vez que ya el libro se publica y que ya nos tenemos que exponer en todo lo que es el trabajo literario. Porque soy consciente de que actualmente es una parte importante del oficio defender la obra y tener este tipo de exposición pública.
Pero el trabajo de la escritura es muy solitario, uno no puede estar continuamente charlando con unos y con otros ni saliendo. Sería totalmente imposible escribir en ese sentido. Por eso yo creo que la gran mayoría de escritores son personas tímidas, introvertidas y solitarias, las tres cosas al mismo tiempo.
¿Cuál es la manera de defender la dignidad de las palabras en un mundo en que las redes y las nuevas tecnologías las está arrastrando por el lodazal?
Es complicado porque creo que estamos en un momento donde las humanidades en general están siendo absolutamente denostadas. Y pienso en los planes de estudio, por ejemplo, en España, porque yo soy profesora también de instituto.
Todo lo vinculado con las lenguas, con el latín, con el griego, con la filosofía, la historia, la historia del arte, la música, todo eso queda relegado a un segundo plano y parece como que no tuviera importancia.
Se habla mucho de utilidad, de lo práctico, de aquello que puede tener una solución fácil, y dejamos de lado completamente las humanidades.
Y nosotros pensamos, incluso, en los primeros humanistas que estudiaban precisamente eso, todas esas disciplinas que estaba comentando y creo que realmente son las que nos definen como seres humanos. Es decir, tenemos disciplinas evidentemente útiles, como pueden ser la ciencia, como pueden ser la tecnología, sin la que no podríamos vivir en nuestro día a día.
Pero a todo eso se le añade la capacidad que tiene el ser humano de trascender y de sobreponerse al mundo terrenal.
Yo creo firmemente que las artes y el estudio de los clásicos o de la música o de la filosofía nos permiten de alguna manera acceder a otro tipo de universo totalmente alejado de lo físico, de lo empírico, de lo pragmático, y si perdemos eso, o peor aún, si le perdemos el respeto a todo eso no sé qué es lo que queda de nosotros como especie, una especie donde prime lo utilitario, lo inmediato.
Creo que estamos llegando a una situación preocupante porque el hecho de pensar que todo aquello que nos identifica como seres humanos y que nos hace elevarnos de alguna manera por encima de los límites que de manera física nos han sido impuestos, todo eso sería una pérdida absoluta no únicamente a nivel personal, también a nivel colectivo.
¡Qué queda de nosotros si no queda la poesía, si no queda la música, si no queda el pensamiento! ¡Qué queda, en qué nos convertimos! ¿En autómatas?
Es verdad que es muy difícil defender la palabra escrita. Pero yo creo que puede hacerse poco a poco, evidentemente, y con las dificultades añadidas en el contexto actual en el que nos encontramos.
Quizás lo mejor sería volver a lo básico, empezar desde las escuelas, desde que los niños son pequeños, en este momento en el que todavía su capacidad de entender el mundo está formándose. Y si uno comienza desde esa raíz nueva, desde los hogares, defendiendo la importancia que tienen las humanidades, cuando uno va creciendo esa relación con la realidad, creo que es totalmente diferente.
¿El mundo está a punto de quedarse sin poesía?
No lo sé, la verdad. Creo que todavía hay una resistencia importante de poetas. Por ejemplo, aquí está la compañera Raquel Lanseros, que es una poeta excepcional donde las haya, en la lengua española. Y creo que sí, que todavía existe ese núcleo de resistencia y que no se ha agotado porque pienso en mis contemporáneos en España.
Y hay muchos autores a lo mejor con veintitantos años, con treinta y pocos que tienen esos autores, bastante jóvenes que están escribiendo poesía y que están recuperando la importancia de los clásicos, pero también temas un poco más vanguardistas.
Ellos consiguen también sintetizar la tradición y la modernidad, están revitalizando una vez más todo este acervo cultural, que para mí es un tesoro. Todo lo que está vinculado con la poesía es un tesoro que no se puede perder.
Si bien es cierto que de cara al mundo y de manera general las humanidades y la poesía en concreto parece que se está perdiendo, creo que siempre existe y siempre existirá esa resistencia que siempre es necesaria.
¿La belleza es una premisa de la literatura?
Totalmente. Para mí el impulso estético es una de las bases de la literatura. Yo creo que sin esa búsqueda de la belleza no podría ni siquiera escribir. Y entiendo la belleza no como algo necesariamente edulcorado o a la manera en que solemos entender la belleza, una belleza en minúscula, sino que a mí me gusta entender la belleza como un concepto, como una idea, como una aspiración realmente. Que creo que es el objetivo que todos perseguimos como creadores.
Encuentro muchas veces la belleza, tanto en las zonas de luz -recuperando lo que decíamos al principio de la Alcaravea– como en las zonas de sombra.
En los textos de este libro, los relatos de Alcaravea, la mayoría de las situaciones son complicadas, dramáticas y a veces, incluso trágicas. Situaciones de violencia, de abandono, de desamparo, de soledad, que creo que comparten absolutamente todos mis personajes, porque de alguna manera me representan también a mí de manera más personal.
Y creo que en todo este contexto quizás más oscuro sigue existiendo la belleza. Y en los momentos de más dureza creo que nos presentamos de una manera mucho más pura ante los demás. Es como si consiguiéramos desnudarnos emocional y espiritualmente, como si todo ese filtro social que tenemos continuamente y de manera cotidiana desapareciera en los momentos de particular dureza en nuestra vida.
Y ahí encontraríamos muchas veces la belleza, porque la belleza no tiene que ser algo necesariamente positivo, sino que existe en la crudeza, existe en la crueldad, existe en el dolor. Creo que en la misma imagen de una rosa inevitablemente aparecen las espinas. Normalmente hablamos de las rosas como si fuera algo relacionado con la suavidad, con esa belleza muchas veces vulgar. Pero también las espinas son parte de la belleza.
La belleza no tiene que ser únicamente positiva, sino que también reside en muchas partes, en muchos otros ángulos de la realidad.
A mí me gustaría que mis cuentos fueran como un rosa, es decir, que tuvieran esa capacidad luminosa, esa capacidad estética, pero que al mismo tiempo tuvieran las espinas y que estas espinas no fueran necesariamente excluyentes. Es decir, que puedan ser perfectamente complementarias con la idea de belleza que defiendo.
La rosa tiene pétalos y tiene espinas, por tanto, es una metáfora del equilibrio del mundo
Si. Es el equilibrio, porque además ya lo defendían los clásicos y es importante defenderlo en estos tiempos radicales que vivimos.
Tomo esta frase del último cuento de Alcaravea: “Por mí pasaron sin dejar huellas y se la devuelvo hecha pregunta. ¿Qué huellas le ha dejado en el alma escribir la historia de los otros?
Yo creo que escribir es algo que inevitablemente marca y te deja una huella, además indeleble, en el alma, que yo creo que no consigue borrarse nunca, en toda la vida. Si yo no hubiera escrito yo no me sentiría completa, ni a nivel profesional ni a nivel personal.
Como te comentaba antes, yo comencé escribiendo de una manera catártica, para conseguir purgar todo ese dolor que yo había conseguido durante mucho tiempo, que no había podido comunicar de otra manera.
Entonces, simplemente, si nos quedáramos ahí, si yo no hubiera escrito hubiera terminado siendo otra persona. Otra persona que está mucho más marcada por la adversidad, con una visión quizás mucho más negativa del mundo. Porque para mí la escritura es equilibro, es la capacidad que uno tiene de reflexionar y de racionalizar, aunque siempre con un componente emocional fuerte, toda la experiencia vital que nos hace ser como somos finalmente.
Para mí la escritura es algo imprescindible. Yo creo que si no hubiera escrito no habría sido nunca la persona que soy hoy. Yo intento ser una persona lo más resiliente posible. Es verdad que me cuesta mucho porque tiendo al pesimismo, la verdad, al realismo y al pesimismo. Pero creo que la escritura, con esa capacidad purgativa que tiene, y también con la virtud que yo creo que posee, que es la empatía, la compasión, la de ponerse en la piel de lo otros, consigue que uno relativice, de una manera mucho más evidente, todo lo que a uno le sucede a lo largo de la vida.
Yo creo que le debemos mucho, nosotros como escritores, a todas aquellas personas que nos han precedido, y yo pienso que realmente sin todo este bagaje, sin toda esa literatura tanto oral como escrita, nunca habría podido llegar a convertirme en la persona que soy. Habría sido otra persona, no sé si mejor o peor, pero de cualquier manera habría sido diferente.
¿Usted escribe a mano?
Si, siempre escribí a mano. Tengo una letra horrible. Además, escribo sin márgenes y sin punto.
¿Usted tiene una relación sentimental con el papel?
Si, totalmente. Tan sentimental que cada vez que abro un libro lo huelo. Y no únicamente la primera vez, sino todas las veces que lo estoy leyendo me le acerco porque necesito aspirar ese olor maravillo que tiene el papel, ya sea un libro nuevo, ya sea un libro antiguo. Pero de verdad que me fascina. Y creo que es muy importante también defender ese papel que tiene un libro, no únicamente a nivel conceptual, sino también como artefacto estético.
Ahora que estamos hablando de la belleza de la estética es importante que el libro como objeto no termine de perderse, en un mundo que cada vez es más común la lectura on line, los e-book. No concibo leer de esa manera. Lo he intentado alguna vez, pero me cuesta mucho trabajo.
Es que la belleza que existe en el libro y en pasar las páginas, y también como se va quedando poco a poco en la memoria, como se va dejando ese pozo que se va sedimentando. Creo que eso no existe en la lectura on line.
*Entrevista realizada en la Feria del Libro de Santo Domingo 2026
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