Hay artistas que pintan paisajes. 

Otros retratan rostros. 

Algunos representan objetos. 

Inés Tolentino pinta algo mucho más difícil. 

Pinta aquello que no puede verse. 

La memoria. 

Después de conversar largamente con ella comprendí que su obra no nace frente al caballete. 

Comienza mucho antes. 

Empieza allí donde los recuerdos dejan de pertenecer únicamente a una persona para convertirse en la memoria de todos. 

Sería un error definir a Inés Tolentino únicamente como una extraordinaria pintora dominicana. 

Lo es. 

Pero esa definición resulta insuficiente. 

Coseré mi corazónal tuyo.

Su obra trasciende la pintura. 

En realidad, ha dedicado su vida a investigar cómo la memoria construye la identidad, cómo la historia habita los objetos cotidianos y cómo una imagen puede contener al mismo tiempo la intimidad de una mujer, la historia de un país y las preguntas universales de la condición humana. 

Quizá por eso sus cuadros nunca terminan donde concluye el lienzo. 

Continúan dentro del espectador. 

Conversar con Inés es descubrir que para algunos artistas crear no consiste en reproducir el mundo. 

Consiste en comprenderlo. 

Y mientras avanzaba nuestra conversación advertí otra certeza. 

Toda su pintura parece responder a una misma convicción. 

La belleza no existe para ocultar el dolor. 

Existe para hacerlo visible. 

Dos idiomas, dos culturas y una misma infancia 

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No me compares.

Le pregunté dónde comenzaba realmente su pintura. 

Pensé que hablaría de colores, de pinceles o de sus primeros dibujos. 

Su respuesta comenzó mucho antes. 

Comenzó en la infancia. 

"En la larga serie de sensaciones y sentimientos de la infancia, la pertenencia a dos mundos, culturas e idiomas fue determinante. Nací en Santo Domingo en 1962. En mi hogar se hablaba francés. Fuera de este núcleo se hablaba español. Pasaba del uno al otro automáticamente, pese a muchos modismos, gestos, horarios, costumbres y comidas que marcaban escenarios diferentes, sin oponerse." 

Mientras la escuchaba comprendí que aquella convivencia entre dos lenguas no era solamente una experiencia familiar. 

Era ya una manera de mirar el mundo. 

Aprender desde niña que pueden existir dos formas distintas de nombrar una misma realidad termina enseñando algo esencial. 

Que la identidad nunca es una sola. 

Siempre está hecha de encuentros. 

De cruces. 

De memorias compartidas. 

Quizá por eso, años más tarde, su pintura también terminaría habitando varios territorios simultáneamente. 

La República Dominicana y Francia. 

La historia y la intimidad. 

La razón y la emoción. 

Lo individual y lo colectivo. 

Cuando la historia entra en la infancia 

Juventud de abril, 2022.

Existen recuerdos que permanecen intactos durante toda la vida. 

No importa cuántos años transcurran. 

Regresan con la misma intensidad. 

Le pregunté cuál era el primero que conservaba. 

Su respuesta me conmovió profundamente. 

"Mi primer recuerdo data de abril de 1965. Mi madre lloraba en el andén del puerto porque partíamos a París en un portaaviones americano. En él los niños descubrimos heridos y malheridos. La UASD invadida por tanques, militares, bombas lacrimógenas y arrestos, siendo mis padres profesores, era sinónimo de miedo. La muerte de Sagrario Díaz me impactó terriblemente." 

Hay infancias marcadas por juguetes. 

Otras por canciones. 

La de Inés quedó atravesada por la historia. 

Aquella niña descubrió demasiado temprano que la belleza y la violencia podían convivir dentro de un mismo país. 

Tal vez por eso, muchos años después, su pintura nunca renunciaría a la belleza. 

Pero tampoco dejaría de interrogar el dolor. 

Una casa donde el arte era una forma natural de vivir 

Mientras avanzábamos en la conversación apareció otro elemento decisivo. 

La familia. 

No como refugio solamente. 

También como territorio de formación. 

"El arte fue un componente esencial de mi educación. Piano, música, libros y artes visuales estaban presentes en casa y en los viajes. En la familia materna, mis ascendentes, cercanos y lejanos, hicieron del arte su oficio seria y naturalmente." 

Hay hogares donde el arte constituye una excepción. 

En el suyo era parte de la vida cotidiana. 

No aparecía como un privilegio reservado para unos pocos. 

Era una forma natural de comprender el mundo. 

Quizá por eso nunca habla de la pintura como una profesión. 

Habla de ella como quien habla de un lenguaje aprendido desde la infancia. 

Los maestros que permanecen 

A los catorce años ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes. 

Más tarde continuó su formación en la Escuela de Arte de APEC. 

Le pregunté qué permanece vivo de aquellos años. 

No dudó un instante. 

"Tres profesores siguen presentes como guías: Cándido Bidó, Gaspar Mario Cruz y doña Soucy de Pellerano. Amor, respeto y pasión por el oficio." 

La respuesta es breve. 

Pero contiene toda una filosofía. 

No menciona técnicas. 

Ni premios. 

Ni estilos. 

Habla del oficio. 

Y del respeto hacia él. 

Pienso entonces que quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que atraviesan toda su trayectoria. 

Antes que artistas, aquellos maestros formaron una actitud frente a la creación. 

Una ética. 

Una disciplina. 

Una manera de entender que el talento, por sí solo, nunca basta. 

La Sorbona: aprender a pensar el arte 

Después llegó París. 

Y con ella, una transformación decisiva. 

Le pedí que resumiera lo que significó estudiar en la Universidad París I Panthéon-Sorbonne. 

Su respuesta posee el entusiasmo de quien todavía continúa descubriendo aquel universo. 

"La Sorbona fue un festival de materias, de conocimientos insospechados, de aperturas al mundo, a todos los mundos. Mis profesores eran apasionados y apasionantes. Exigentes también. Aprendí entonces que el arte es una manera de aprehender el mundo, de ser y de estar en él." 

Hace una breve pausa. 

Y añade una idea fundamental. 

"La universidad estructuró mi pensamiento. Mis orígenes, mi cultura, mis creencias, la distancia y autores esenciales contribuyeron a perfilar mi identidad artística. Las cátedras de Estética me enseñaron la importancia esencial del arte para los filósofos occidentales. La Etnoantropología me curó del etnocentrismo y me sumergió en las culturas y civilizaciones africanas." 

Mientras la escuchaba comprendí que París no sustituyó a Santo Domingo. 

Lo iluminó desde otra perspectiva. 

La distancia le permitió mirar con mayor profundidad aquello que había dejado atrás. 

Y esa distancia terminaría convirtiéndose en una de las grandes fuerzas de su pintura. 

Porque el exilio, incluso cuando es voluntario, también educa la mirada. 

La primera exposición y el nacimiento de una voz 

Le pregunté si existe una obra que considere el verdadero nacimiento de la artista que es hoy. 

Su respuesta fue inmediata. 

"La primera exhibición, en diciembre de 1985, titulada 25 retratos para un paisaje, contenía elementos aún presentes en mi trabajo actual: multiplicidad de lenguajes plásticos, permanencia de la memoria, de la historia y de las historias individuales con el ser humano como centro." 

Y sonríe al recordar un detalle. 

"Uno de aquellos dibujos en técnica mixta llevaba un título que todavía me emociona: Habrá que preparar habichuelas dulces." 

En esa frase ya estaba todo. 

La memoria. 

La cultura. 

La cotidianidad convertida en símbolo. 

La historia transformada en lenguaje plástico. 

Cuando una vocación encuentra su confirmación 

Antes de concluir esta primera parte quise saber cuándo tuvo la certeza definitiva de que sería artista. 

La respuesta nos lleva nuevamente a la adolescencia. 

"A los dieciséis años recibí el Premio Royal Bank of Canada con la serie Los siete plátanos capitales. La decisión de ser artista se confirmó con ese empujón." 

No habla del premio como una conquista. 

Habla de él como una confirmación. 

Porque, en realidad, la vocación ya existía. 

El reconocimiento simplemente le recordó que iba por el camino correcto. 

(Continuará…) 

En la segunda parte entraremos en el corazón del universo creativo de Inés Tolentino. 

Descubriremos cómo la memoria se convierte en pintura, por qué el exilio fortaleció su identidad dominicana, de qué manera transforma objetos cotidianos en símbolos y cómo la belleza, lejos de ocultar el dolor, puede convertirse en una de las formas más profundas de comprender al ser humano. 

Como ella misma afirma: 

"Una cosa es lo bonito y otra la belleza." 

Y quizá en esa diferencia se encuentre una de las claves más luminosas de toda su obra

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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